viernes, 20 de noviembre de 2009

Las miradas fugaces (25)

Sandro –el muchacho de America, el Gitano, nuestro Elvis Prisley -, el fabuloso cantante y poeta argentino que con sus canciones marco las vidas de millones de hispanoamericanos atraviesa el momento mas crucial de su vida,
Afectado por las secuelas del tabaquismo, el autor de Paris ante ti y Como lo hice yo, entre muchísimos temas de incomparable calidad, va en la tarde de hoy al quirófano después de un larguísimo calvario.
Durante muchos, muchos anos fui fumador y ahora también soy paciente de EPOC. La capacidad de mis pulmones se ha reducido y subir unas escaleras es para mi un verdadero problema.
Pero el daño que el tabaco hizo al muchacho de America no tiene comparación. Su capacidad pulmonar respiratoria se ha reducido a un 6 por ciento y precisa de un trasplante cardiopulmonar, una operación que los propios médicos han calificado como extremadamente delicada, que ha de practicársele cuando en Argentina sean las 7 de la noche, o de la tarde.
Por la magia del cable he visto a millares de personas que se ubicaron en las aceras de las calles de Mendoza para ovacionar a este magnifico artista. Y asi lo hicieron cuandopasaba la ambulancia que lo trasladaba al hospital en un gesto ciertamente muy conmovedor.
Yo que siempre he sido su ciego seguidor, elevo mis plegarias por la salud de Sandro en esta hora terrible pero también de esperanza.
Por ahora quedan pendientes los acentos para la proxima factura, y la esperanza de que el gigante se levante y supere su situacion, porque realmente no hay ni ha habido muchos como el.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Sin tetas no hay paraíso (Las miradas fugaces 24)


La novela del colombiano Gustavo Bolívar Moreno como literatura no es gran cosa ni nada del otro mundo, pero indiscutiblemente es un best seller en toda América Latina, y en España ha alcanzado numerosas ediciones.
El tema es magnífico:
A sus trece años, Catalina empezó a asociar la prosperidad de las niñas de su barrio con el tamaño de las tetas. Pues quienes las tenían pequeñas, como ella, tenían que resignarse a vivir en medio de las necesidades y a estudiar o trabajar de meseras en algún restaurante de la ciudad. En cambio, quienes las tenían grandes como Yésica o Paola, se paseaban orondas por la vida, en lujosas camionetas, vestidas con trajes costosos y efectuando compras suntuosas que terminaron haciéndola agonizar de envidia. Por eso se propuso, como única meta en su vida, conseguir, a como diera lugar y cometiendo todo tipo de errores, el dinero para mandarse a implantar un par de tetas de silicona, capaces de no caber en las manos abiertas de hombre alguno. Pero nunca pensó que, contrario a lo que ella creía, sus soñadas prótesis no se iban a convertir en el cielo de su felicidad y en el instrumento de su enriquecimiento sino, en su tragedia personal y su infierno.
Los hechos que narra la novela parecen surrealistas pero corresponden a una realidad gemela con las que ha revelado recientemente Las Prepago, el libro donde Carolina Duarte (madame Rochy), una vieja maipiola disfrazada de relacionista pública, servía de intermediaria entre actrices, reinas de belleza, modelos y muchachas de la televisión que vendían sus encantos a narcotraficantes, empresarios, políticos, ministros y militares sin el menor pudor.
Las confesiones de madame Rochy han estremecido, pero no sorprendido, a la sociedad colombiana.
Jorge Franco Ramos (un escritor brillante y de verdad) publicó hace algunos años una novela corta pero extraordinaria, Rosario Tijeras, en la que desnuda el pandemónium del narcotráfico. Después hizo lo mismo, pero con menos fortuna y magia aunque más espesor, el español Arturo Pérez Reverte con La reina del sur.
Lo que se dice en esas obras es realmente insignificante en comparación con la realidad de ese submundo, donde todo tiene precio y es mejor ser ciego, sordo y mudo.
La novela no está para revelar verdades, pues para eso están el periódico y los informativos. La novela tiene que inventar sus verdades y hacer de la ficción algo más real que la propia realidad.
Entre esos libros que he citado me deleita mucho la gracia, la técnica y la poesía de Rosario Tijeras, en su totalidad. Jorge Franco Ramos es un escritor de pies a cabeza y sabe cómo se escribe una buena novela.
Las prepago tiene el sabor de la crónica y el chisme, el aura del misterio que se ha perdido y el de la novedad de lo que se ha sospechado.
No es prensa rosa ni del corazón, es que estamos llegando a donde íbamos.
Quien no lo crea que le pregunte a la bella Sobeyda Cara de Ángel.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Madame Rochy y Las Prepago







Carolina Duarte, mejor conocida en su país como Madame Rochy, es una vieja proxeneta colombiana que acaba de hacer unas confesiones espeluznantes, pero no sorprendentes, estremeciendo a la sociedad colombiana con revelaciones muy singulares.
Las Prepago se titula el libro que contiene las revelaciones, una especie de memorias dictadas a un reconocido periodista suramericano y publicado por la prestigiosa Editorial Oveja Negra.
Si decimos Las prepago, en apariencia no nos referimos a nada en particular. Pero ¿cuáles y quiénes y por qué son llamadas así?
Madame Rochy es mujer que indudablemente tuvo tiempos de gloria en su cuerpo, e hizo fortuna con un negocio de abastecimiento (maipiolas se les llama en mi país) de mujeres jóvenes y bellas. Reinas de belleza, actrices, modelos, presentadoras de televisión, fueron administradas por ella, que vendía sus cuerpos a determinados grupos de poder.
Prominentes miembros de la alta sociedad colombiana, paramilitares, ministros, narcotraficantes, empresarios, militares, gobernadores y hasta un elegante ex presidente de los Estados Unidos fueron clientes de esa promotora sexual de altos vuelos, que decía ser propietaria de una oficina de relaciones públicas y se desplazaba en limosina con chofer y guardaespaldas.
Todos sus clientes eran poderosos.
Todos pagaban muy altas sumas de dinero por pasar una noche, o algunas horas, en compañía de actrices, modelos, reinas de belleza y presentadoras de televisión, todas codiciadas.
Todas dicen que lo hacían por dinero, y vendían sus cuerpos con plena conciencia de lo que estaban haciendo.
Pero las prepago no sólo existen en Colombia; están en todo el mundo. Se encuentran en los salones de los grandes hoteles, en las recepciones, en las exposiciones pictóricas, en las grandes multinacionales, en el deporte y en la farándula, están como Dios en todas partes.
Se las encuentra en una cafetería del bajo Manhattan o en Newark, en Washington o en los Campos Elíseos, en Madrid o en Barcelona, en cualquier lugar de centro o Suramérica, lo mismo en Marruecos o en Princeton. Muchas veces son extranjeras y se hacen pasar por estudiantes o empresarias, en los casinos o
Son prepago también las que entran camufladas a los hoteles para extranjeros en La Habana, que lo hacen hasta por un bluyin bien desteñido o por un par de dólares.
Aquí también abundan.
Se distinguen por las tetas abundantes y firmes, aunque danzantes; el nalgatorio firme pero también danzante, la pronunciada palidez que refleja los fracasos que no pueden ocultar las risas estentóreas y tintineantes, el perfume que va dejando un rastro ni el afelpado sonido de los tacos.
Algunas veces parecen vírgenes por la pronunciada mansedumbre de sus miradas y el hablar discreto. O parecen demonios que les deben a las once mil vírgenes y deben pagar el alquiler, el Mercedes o el BM, la camioneta (yipeta) del año muchas veces con el tanque de combustibles en la reserva.
Aparentan ser delicadas y discretas, y habitualmente son hermosas. ¿Quién no quisiera reinventar la vida entre unos muslos jóvenes y fragantes? ¿Quién no quisiera ahogarse en unos pechos con el Samsara de Guerlain en las narices?
Aquí fueron llamadas megadivas y hasta se cuenta que un muy popular bolerista mexicano fue premiado con una de las más populares y deseadas megadivas, ahora medio retirada.
Eso se cuenta en la farándula, y la farándula es como el corazón: no miente. Y aun tiene el poder de hacer verdad lo que dice.
Cierto es que Las prepago está derrumbando altares en Colombia y Madame Rochy ha pasado del rumor a la afirmación.
Univisión, el popular canal de televisión ya ha difundido en Primer Impacto dos sabrosas entrevistas con la Madame, y ha dicho que un poderoso narcotraficante pagó medio millón de dólares por pasar una noche en compañía de una reconocida modelo y actriz colombiana.
Ya lo expresó una de las Prepago: si ayer lo dí por amor, por qué no darlo ahora por medio millón de dólares.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Las miradas fugaces 23




Anthony Quenn y Melina Mercouri

Hubo nostalgia. Remembranzas fueron cuando, sin proponérmelo, mientras hurgaba en la Red, encontré el alucinante final de Zorba el Griego, cuando Anthony Quinn baila tan famosa danza y empiezan a aparecer los créditos del filme. No recuerdo realmente por qué llegué a ese portal, pero tengo aun viva la emoción que sentí mirando el video de mi muy querida Melina Mercouri, con el mismo cigarrillo que ¿la llevó a la muerte? en un hospital de New York me parece que en el año 1990. Melina cantaba y bailaba con esa gracia indescriptible el tema de Nunca en domingo.
En esta noche de miércoles, vísperas del feriado de la virgen de Las Mercedes, cuando, torturado por la falta de fluido eléctrico, escribo en mi estudio, todavía me engrifo rememorando a esa Melina Mercouri tan llena de vida, hermosa, bailando el tema de Nunca en domingo, a pesar de que cuando la película salió yo era realmente un niño.
Ese día, llevado por la nostalgia, recordé el Nathalie de los Hermanos Arriagada, que es punto de referencia de nuestra guerra de abril de 1965, y ya a propósito, busqué los temas musicales de El graduado, Taxi Driver, Gritos y susurros, La vida íntima de un estudiante, El verano del 42, Al maestro con cariño, El último tango en Paris, etc., etc. Estaba yo mezclado con todos esos recuerdos, que fueron martillándome, hasta que la tarde se me escapó sin darme cuenta en este mismo estudio en el que muchas veces he regresado a otros tiempos como aquellos memorables en mi Villa Juana del alma, donde me hice hombre de manos con la poesía. Hablo de aquella Villa Juana, la otra, la que ya apenas existe en la memoria de unos cuantos entre los que me cuento, no de la Villa Juana de ahora, porque a pesar del esfuerzo de algunos el vicio y la corrupción, en todas sus vertientes, han alcanzado ya una expresión sin precedentes.
Soy de Villa Juana (patria chica de la bachata, aunque no me gusta para nada) y cuando el presidente Joaquín Balaguer, dentro de su vasto programa de construcción –que fue la característica principal de sus décadas de gobierno- empezó a construir lo que ha querido continuar un ilustre hijo de Villa Juana, el doctor Leonel Fernández, actual presidente de la República, escribí un largo texto de poesía que, en su momento, llamé La tristísima destrucción de Villa Juana.
Quede claro que la obra del doctor Balaguer no tiene precedentes y él, desde su solemne dignidad, sigue siendo el muerto no enterrado, Aquél, el único cadáver que tiene guardaespaldas allá en el Cristo Redentor. ¡Cosas veredes, Sancho!
Es miércoles, como he dicho, vísperas del asueto de la virgen de Las Mercedes (y también del más fatídico golpe de Estado, que nos hizo retroceder décadas enteras, allá, en el año 1963) –y probablemente de un asueto que podría ser hasta el lunes porque en este país se hace lo que llamamos “puente”, es decir, si el jueves es feriado nos perdemos y no aparecemos hasta el lunes. Es parte de nuestra “cultura”.
Mientras, doy fe de mi piel apegada a la memoria de Melina Mercouri, de todo lo que he sentido en estos días, cuando el calor ha sido más terrible que nunca y las distancias se han vuelto incalculables.

viernes, 28 de agosto de 2009

Las miradas fugaces (22)






Las miradas fugaces (22)



La calurosa tarde de este viernes 28 de agosto parece extinguirse. Los minutos caen al alma como si fuesen puñaladas, las ilusiones se desmoronan y en el sopor del crepúsculo hay una multitud de recuerdos variopintos que van adueñándose de uno, hasta terminar abismado. Hace falta el rumor de ese mar que parece sucio, hace falta la piel que tocaste en algún lejano lugar, la mirada tierna de la muchacha del puerto, la voz de extraño acento, la lluvia finísima que iba cayendo cuando cruzaste la calle defendiendo la vida y sus principios.
Desde las primeras horas de la mañana no hay fluido eléctrico. El niño ha salido y estás solo. Almorzaste en tu cuarto, y aunque ya no fumas pediste una taza de café.
La muchacha del servicio te preparó el café y lo tomaste casi amargo, pues hipertensión y azúcar no van bien.
Aumenta el calor a medida en que se aproxima la noche, parece una ironía pero es real. Te desperezas y contemplas ese balcón que tanto amas. Hay pocos ruidos y eso es bueno. Puedes escuchar la radio estereofónica y su música suave. Pero has entristecido, hace días que te sientes triste. Algo lejano pero muy próximo te está latiendo y sientes que fosforecen tus mundos con esas criaturas interiores que todo lo revelan.
Si fumaras estaría frente a ti el cenicero abarrotado de colillas y el cuerpo tan hediondo como en aquellos años.
Lo cierto es que te sientes demasiado triste. A veces el silencio es mortal, piensas. Hacía años que no te sentías tan triste. Y te niegas a oír esos boleros con los que antes enloquecías. También has disminuido el alcohol. Pero estás demasiado triste. No llamas a nadie aunque te quedas contemplando el teléfono. Tampoco nadie te llama, pero si alguien llamara seguro que te negarías a abrir el Motorola que sientes tibio sobre tus piernas para responder, aunque sea tu misma madre. Olvidar sería magnífico, pero eso ya no es posible. Porque aunque estás en tu adorado balcón, frente a un mar en apariencia apacible, siempre te has negado a ser feliz. ¿Qué otra cosa es la felicidad sino un vivir olvidado de todo, sin esas ataduras de la memoria, sin esa piel que te persigue, sin esas manos, sin aquel regazo tan tierno?
Oyes pasos en la escalera, pero son pasos sordos, como acolchados, como si fuesen los pasos del dolor, el gesto del asombro, ese no saber nunca nada; y, de repente, sin que te expliques por qué, sientes ese mechón de pelo ceniciento tan fragante, y recuerdas las palabras que ahora escuchas, las mismas que te dijeron cuando te miraban fijamente a los ojos, cuando te advertían de ciertas actitudes que también recuerdas.
Ya es noche, prima noche y es menos caluroso el tiempo. Frente a ti lo que de sol ha quedado es una pequeña bola rojiza, bermellón, con destellos amarillos, y ese cielo imponente parece un fresco indefinible. De hecho es una obra de arte, una magnífica obra de arte. Has llegado a esa conclusión después que….es mejor no decir, piensas, no revelar algunas cosas y dejar que suceda lo que tiene que suceder. Un olvido, un suicidio, una puñalada dentro de un cuerpo buscando lo que no se le ha perdido.
Hace poco, en otro país, te preguntabas algunas cosas que ahora pareces confirmar. Es la vida, te dices, una mierda muy preciada por la que tantos se han inmolado. Solo muere quien de veras ama la vida, aquel para quien fue inventada la fiesta. Entonces, como todas las tardes, buscas uno o varios libros y regresas a tu balcón con el rostro adusto y la mirada medio perdida. Abres y cierras algunos libros mientras sostienes otros sobre las piernas. Quien inventó la fiesta inventó la muerte, el mismo que ha creado la vida. Pero el tiempo se muerde la cola. Aún no ha regresado el fluido eléctrico, esa misma ausencia que anoche te mantuvo despierto hasta bien entrada la madrugada. Mierda, coño, te dices, nos han jodido estos malditos políticos que solo saben asaltar al erario público y ahogar al pueblo con impuestos.
Es mejor oír algo de Britney o de La Toya, pero sucede lo de siempre, lo que en su primera juventud Neruda dijo como sólo él podía decirlo:
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Estás triste, demasiado triste. Alguna ilusión se ha deshojado dentro de ti, alguna de aquellas violetas, algún recuerdo se ha desmoronado para ahogarte en sus espesuras.
Es viernes aún y es mejor oír algo de Britney.

Las miradas fugaces (22)

Las miradas fugaces (22)

La calurosa tarde de este viernes 28 de agosto parece extinguirse. Los minutos caen al alma como si fuesen puñaladas, las ilusiones se desmoronan y en el sopor del crepúsculo hay una multitud de recuerdos variopintos que van adueñándose de uno, hasta terminar abismado. Hace falta el rumor de ese mar que parece sucio, hace falta la piel que tocaste en algún lejano lugar, la mirada tierna de la muchacha del puerto, la voz de extraño acento, la lluvia finísima que iba cayendo cuando cruzaste la calle defendiendo la vida y sus principios.
Desde las primeras horas de la mañana no hay fluido eléctrico. El niño ha salido y estás solo. Almorzaste en tu cuarto, y aunque ya no fumas pediste una taza de café.
La muchacha del servicio te preparó el café y lo tomaste casi amargo, pues hipertensión y azúcar no van bien.
Aumenta el calor a medida en que se aproxima la noche, parece una ironía pero es real. Te desperezas y contemplas ese balcón que tanto amas. Hay pocos ruidos y eso es bueno. Puedes escuchar la radio estereofónica y su música suave. Pero has entristecido, hace días que te sientes triste. Algo lejano pero muy próximo te está latiendo y sientes que fosforecen tus mundos con esas criaturas interiores que todo lo revelan.
Si fumaras estaría frente a ti el cenicero abarrotado de colillas y el cuerpo tan hediondo como en aquellos años.
Lo cierto es que te sientes demasiado triste. A veces el silencio es mortal, piensas. Hacía años que no te sentías tan triste. Y te niegas a oír esos boleros con los que antes enloquecías. También has disminuido el alcohol. Pero estás demasiado triste. No llamas a nadie aunque te quedas contemplando el teléfono. Tampoco nadie te llamas, pero si algo llamara seguro que te negarías a abrir el Motorola que sientes tibio sobre tus piernas. Olvidar sería magnífico, pero en este momento no es posible. Porque aunque estás en tu adorado balcón, frente a un mar en apariencia apacible, siempre te has negado a ser feliz. ¿Qué otra cosa es la felicidad sino un vivir olvidado de todo, sin esas ataduras de la memoria, sin esa piel que te persigue, sin esas manos, sin aquel regazo tan tierno?
Oyes pasos en la escalera, pero son pasos sordos, como acolchados, como si fuesen los pasos del dolor, el gesto del asombro, ese no saber nunca nada; y, de repente, sin que te expliques por qué, sientes ese mechón de pelo ceniciento tan fragante, y recuerdas las palabras que ahora escuchas, las mismas que te dijeron cuando te miraban fijamente a los ojos, cuando te advertían de ciertas actitudes que también recuerdas.
Ya es noche, prima noche y es menos caluroso el tiempo. Frente a ti lo que de sol ha quedado es una pequeña bola rojiza, bermellón, con destellos amarillos, y ese cielo imponente parece un fresco indefinible. De hecho es una obra de arte, una magnífica obra de arte. Has llegado a esa conclusión después que….es mejor no decir, piensas, no revelar algunas cosas y dejar que suceda lo que tiene que suceder. Un olvido, un suicidio, una puñalada dentro de un cuerpo buscando lo que no se le ha perdido.
Hace poco, en otro país, te preguntabas algunas cosas que ahora pareces confirmar. Es la vida, te dices, una mierda muy preciada por la que tantos se han inmolado. Solo muere quien de veras ama la vida, aquel para quien fue inventada la fiesta. Entonces, como todas las tardes, buscan uno o varios libros y regresas a tu balcón con el rostro adusto y la mirada medio perdida. Abres y cierras algunos libros mientras sostienes otros sobre las piernas. Quien inventó la fiesta inventó la muerte, el mismo que ha creado la vida. Pero el tiempo se muerde la cola. Aún no ha regresado el fluido eléctrico, esa misma ausencia que anoche te mantuvo despierto hasta bien entrada la madrugada. Mierda, coño, te dices, nos han jodido estos malditos políticos que solo saben asaltar al erario público y ahogar al pueblo con impuestos.
Es mejor oír algo de Britney o La Toya, pero sucede lo de siempre, lo que en su primera juventud Neruda dijo como sólo él podía decirlo:
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Estás triste, demasiado triste. Alguna ilusión se ha deshojado dentro de ti, alguna de aquellas violetas, algún recuerdo se ha desmoronado para ahogarte en sus espesuras.
Es viernes aún y es mejor oír algo de Britney Spears
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lunes, 24 de agosto de 2009

Truman Capote 25 años después de su muerte



Truman Capote 25 años después


Este martes 25 de agosto se cumplen veinticinco años de la muerte de Truman Capote, escritor y diletante brillante, maestro de la ironía y adicto a las drogas. Murió despreciado por la llamada alta sociedad que, en principio, le aceptó y celebró su vida. Hacía ya tiempo que se había alcoholizado y vivía deprimido y abismado. Fue un dandy chismoso, fumador, bebedor y maricón empedernido, dotado de genio para escribir novelas como A sangre fría y Desayuno en Tiffanys , y textos de la categoría de Un recuerdo navideño y Música para camaleones.
Siempre he pensado que hay algunos vasos comunicantes entre la vida de Truman y la de otro gran norteamericano, F. Scott Fitzgerald. Ambos fueron escritores y dejaron páginas memorables, fueron viciosos y terminaron convertidos en enigmas. El autor de El Gran Gatsby tuvo una vida más breve y su estrella se apagó cuando estaba en plena flor de la juventud. A sus veintitrés años inició una carrera literaria que se consagró desde su primera novela, A este lado del paraíso, y alcanzó la cima con El Gran Gatsby.
Con motivo de esta fecha luctuosa reproduzco algunas reseñas aparecidas en diferentes medios.
Truman Capote quizás sea uno de los personajes más pintorescos y mediáticos de la literatura de todos los tiempos. Irresistible para la mujeres y los hombres, conversador genial como lo había sido Oscar Wilde en las reuniones de su tiempo, el autor de Desayuno en Tiffany's sabía convertirse en el centro de atención ni bien cruzaba las puertas de alguna fiesta. El jet set de su época se peleaba por invitarlo a sus cenas, terreno habitual para que Capote pudiera enterarse de las historias y chismes que años más tarde formarían parte de su libro-infierno: Plegarias atendidas. Una vez que salió el libro que le dio renombre internacional, A sangre fría, y que se convertiría casi instantáneamente en un éxito de ventas, Capote decidió brindar una fiesta. Quería acaparar la atención de Nueva York. Quería un show. Capote alquiló uno de los salones del Hotel Plaza y se dedicó a preparar su fiesta de máscaras en riguroso blanco y negro en homenaje a su amiga Katherine Graham, jefa de la familia propietaria de Newsweek y The Washington Post. La fecha sería el 28 de noviembre de 1966. Durante meses pensó en el evento, y en los invitados de la lista. Debía ser exclusiva. Entendía que ser significaba pertenecer y por esta razón los elegidos sólo fueron 500: desde Frank Sinatra hasta Andy Warhol. La escritora Carson McCullers, sulfurada por no haber recibido invitación, le dijo a su primo que ella también podría

El extravagante Truman Capote cautiva 25 años después de su muerte
Los Ángeles (EEUU), 24 ago (EFE).- Padre del denominado "nuevo periodismo" en EEUU, el extravagante Truman Capote continúa cautivando 25 años después de su muerte, que se cumplen mañana, gracias a su genial obra y a una vida tan excéntrica como destructiva.
Emocionalmente inestable desde su infancia, el prestigioso escritor terminó por ser víctima de su propia afición por novelar hechos y personajes reales, un estilo que le llevó al éxito profesional pero le hundió personalmente.
Capote murió a los 59 años en Los Ángeles el 25 de agosto de 1984 después de largos episodios de abusos de drogas y depresión, un estado en el que se sumió después de tocar el techo de su carrera y ser repudiado por la alta sociedad neoyorquina a la que tanto anheló pertenecer.
Hijo de unos padres que le ningunearon, nació el 30 de septiembre de 1924 en Nueva Orleans y se crió con sus primos en Alabama.
Su nombre original, Truman Streckfus Persons, mutaría a Truman García Capote en 1935 cuando su padrastro, Joseph García Capote, aceptó adoptarlo como hijo propio.
Dos años antes, Lillie Mae, madre que le abandonó con sus parientes cuando era pequeño y se fue a vivir a Nueva York, se hizo con la custodia única del prometedor escritor, que abandonó el sur del país para mudarse a la ciudad de los rascacielos.
El cambio permitió a Capote dar el primer paso hacia su ansiado sueño de aristocracia y perseguir un trabajo en la prestigiosa revista The New Yorker, donde consiguió entrar en 1941.
Excéntrico, de particular forma de expresarse, abierta homosexualidad y gran don de gentes, Capote supo ganarse poco a poco el afecto de personalidades de la alta sociedad, quienes le abrieron la puerta de sus casas.
Tiranteces con unos colegas de profesión terminaron por forzar su salida de The New Yorker en 1944.
Libre de ataduras halló acomodo con colaboraciones en publicaciones con un público más afín a sus textos y comenzó a labrarse una fama que ya no le abandonaría.
Su primer libro saldría cuatro años más tarde, "Other Voices, Other Rooms" ("Otras voces, otros ámbitos"), en el que sacó punta a su agudo sentido de la provocación con una historia en la que un joven se enamora de un travesti.
En 1949 vería la luz "Tree of Night and Other Stories" ("Un árbol de noche y otras historias"), un compendio de relatos cortos que escribió para varias revistas y en 1951 saldría su segunda novela "The Grass Harp" ("El arpa de hierba").
Capote hizo guiones para el cine en una década muy productiva que tendría como colofón el estreno de una de sus novelas más conocidas "Breakfast at Tiffany's" ("Desayuno en Tyffany's" o "Desayuno con diamantes", 1958), popularizada posteriormente en la gran pantalla por la película homónima ganadora de dos Óscar protagonizada por Audrey Hepburn.
Un año después tendrían lugar los cruentos asesinatos de la familia Clutter en Holcomb, un pueblo de Kansas, en los que Capote vio el argumento perfecto para la que sería su obra maestra.
El escritor, acompañado por Harper Lee, su amiga de la infancia y ganadora de un Pulitzer por "To Kill a Mockingbird" ("Matar a un ruiseñor", 1960), se tomó seis años para recopilar la información sobre los sucesos de Holcomb mediante entrevistas a los vecinos de la zona que le fueron dando las pistas que necesitaba para esclarecer lo ocurrido.
Un trabajo que llamó "In Cold Blood" ("A sangre fría") y arrasó en las librerías en 1966 con una técnica literaria en la que un narrador omnisciente reconstruía los hechos del homicidio tal y como ocurrieron.
Esta forma de relatar calificada como "novela de testimonio" supuso una novedad en aquel momento y le valió el título de padre del nuevo periodismo estadounidense.
"A sangre fría" supuso la cima de su carrera profesional y el reconocimiento de la aristocracia de Manhattan que congregó en la famosa fiesta Black and White Ball, que él mismo organizó en el hotel Plaza y fue el culmen de su vida social.
Sin embargo, el incisivo escritor terminaría por ganarse la animadversión de sus amigos ricos y famosos cuando optó por publicar textos ficticios basados en personajes reales de la alta sociedad neoyorquina.
El interés por Capote recobró nuevos bríos en 2005 con el estreno del filme biográfico "Capote" por el que Philip Seymour Hoffman obtuvo el Óscar por la mejor interpretación masculina protagonista.

25 años sin Truman
Enfant terrible de las letras, forjador del nuevo periodismo y tan ácido como brillante, Truman Capote sigue siendo, a un cuarto de siglo de su muerte y 85 de su nacimiento, uno de los grandes mitos de su tiempo.
Foto: Especial
Considerado, lo mismo con envidia que con admiración, como un auténtico camaleón de los géneros literarios, Truman Streckfuss Capote era un hombre brillante, severamente neurótico y un escritor versátil, cuya obra incluye verdaderos y raros diamantes como el misceláneo Música para camaleones, libros que hicieron historia como A sangre fría (1965), novela-reportaje que entrecruzó para siempre los caminos de la ficción y el periodismo.
Arrogante, precoz, petulante, narcisista irredento y narrador incomparable, Capote (1924-1984) se hizo notar desde su infancia solitaria y difícil compartida en hogares rotos, con una madre alcohólica y suicida. Su universo literario se construyó, según propia confesión, en la soledad de aquella infancia que retrataría en su formidable novela debut Otras voces, otros ámbitos, publicada en 1948; aunque ya desde antes había publicado en la revista Mademoiselle un inquietante relato titulado Miriam, con el que obtendría el premio O’ Henry y la crítica lo descubrió.
Luego la industria editorial se pondría a sus pies y en el cine encontraría una manera de tocar las estrellas, con sus trabajos como guionista a las órdenes de John Huston o Jack Clayton y con las adaptaciones de Desayuno con diamantes (Blake Edwards la llevó al cine en 1961, convirtiendo a Audrey Hepburn en figura icónica) o bien A sangre fría, llevada al cine por Richard Brooks en 1967.
Las muchas caras de Truman
Ángel taimado –tal y como él mismo se describía al hablar de su infancia, en la que ya se había asumido completamente homosexual–, el futuro monstruo sagrado comenzó a escribir con el nombre de Truman Streckfus Persons. Pero, al cambiar su madre de marido, incorporó el apellido Capote cedido por su padrastro de origen cubano.
Joe Capote era un hombre generoso que buscó dar estabilidad al niño pero sin embargo Nina, que poseía belleza y engreimiento, se convirtió en una ebria suicida. No fue buena con Truman; ella hubiera deseado un hijo musculoso y no un mariconcito (como solía llamarlo a voces delante de la gente). Su verdadero padre fue un fracasado estafador que logró sacar provecho de su hijo en cuanto éste se volvió un escritor reconocido.
Aquella crianza infernal regresaría a Truman en su lecho de muerte. Necesitaba amor, y el que le proporcionaban sus amantes no le bastaba.
Su carrera estuvo marcada por una parábola trágica: el éxito llegó pronto y fue excesivo, por lo que la proverbial caída fue brutal.
A principios de 1970, Capote era una ya víctima del descontento general que acabaría con su vida en pocos años: el alcohol y la droga, la insatisfacción y el bloqueo le impedían volver a ser aquel joven que aprendió cuanto pudo de su primer amante, el académico Newton Arvin, y que sacaba partido de la infantil belleza de su flequillo rubio, visto en sus primeras fotos publicitarias.
Tru era burbujeante, ingenioso y mordaz y fue adoptado como mascota por la beautiful people, damas de sociedad de lo más chic a las que bautizó como sus ‘cisnes’; y a las que luego destriparía públicamente en su cruel relato La Côte Basque 1965, un fragmento explosivo de su inconclusa mágnum opus póstuma Plegarias atendidas.
Su pareja más perdurable fue Jack Dunphy, un solitario escritor que había estado casado anteriormente con una mujer y a quien no le importaba, aparentemente, que Capote fluctuase entre pasar tiempo con él y la gran vida.
En los años 60, en casa de Cecil Beaton, en Londres, conoció a la Reina Madre, quien, según todas las referencias, quedó “encantada” con él.
Su afecto más intenso estaba reservado a Barbara Babe Cushing, también conocida como Mrs. William S. Paley, que fue su mecenas, su amiga y su confidente, hasta que la traicionó.
Ahora bien, que el exceso de caviar y de champagne no estropearan su forma de escribir es algo que habla en su favor, su dedicación era de una seriedad casi flaubertiana. La necesidad de producir una obra de trascendencia lo llevaría, en noviembre de 1959, a investigar el asesinato en masa de una familia en Kansas y a producir, en el llamado “nuevo periodismo” el volumen In cold blood (A sangre fría), un curioso híbrido al que se consideró una obra maestra innovadora.
En 1966, con el pretexto de honrar a Katharine Graham, la dueña del Washington Post, Tru fue el anfitrión de un legendario baile blanco y negro, considerada la fiesta más sonada de la década en el hotel Plaza de Nueva York.
La danza de la decadencia
El Capote rey de la alta sociedad comenzó a eclipsar al escritor. Soñaba con romper su bloqueo con el éxito dudoso que le proporcionaría escribir algo tan grande como la suprema novela de Proust. Así, su En busca del tiempo perdido se iba a llamar Answered prayers, de lo cual publicó un avance en la revista Esquire en 1975. Al hacerlo provocó un escándalo, así como un espectáculo pirotécnico de indignación, horror, vilipendio y, finalmente, ostracismo. El suicidio social sería el primer paso hacia su muy acariciada autodestrucción.
La última fase de su desastrosa carrera estuvo plagada no sólo de resentimientos, sino de estúpidos actos de venganza: tipos contratados para darle una paliza en la calle, insultos y humillaciones... entraba y salía del hospital. Iba allí, lo secaban bien y, apenas unas horas después, volvía a estar ahogado en vodka. Haciendo esfuerzos sobrehumanos por recobrar su talento perdido, acabó un deslumbrante volumen de historias y bocetos llamado Music for Chameleons (Música para camaleones).
Su enemistad con Gore Vidal fue legendaria y desagradable. Gore tendría una edad de oro distinguida donde en la Truman había demasiado rencor y envidia.
Su decadencia fue horripilante: se orinaba en el suelo, yacía borracho en rincones del Studio 54 y sus grandes amigos del jet set lo habían abandonado y algunos lo trataban más con piedad que con respeto. Deseaba la muerte y creía que las semillas de su deseo se habían sembrado durante su desgraciada infancia. Quizá tenía razón.
Al morir, como huésped en casa de su leal amiga Joanne Carson, en Palm Beach, Florida, el 25 de agosto de 1984 –a menos de un mes de cumplir 60 años–, Truman había llevado una vida fascinante aunque sobrecogedora, y una de las grandes verdades que dejó su paso por este mundo es que, a pesar de concentrarse intensamente en autodestruirse, sin Truman Capote la literatura contemporánea sería mucho más pobre y aburrida.
Truman Capote: ascenso y caída
A los 25 años de su muerte, la recuperación de sus cuentos completos alienta la evocación del más polémico de los autores norteamericanos.
Un 25 de agosto de 1984, Truman Capote cerró los ojos definitivamente. Había llegado a Los Ángeles, una ciudad que detestaba, dos días antes y a ciencia cierta los médicos no supieron establecer la causa de su muerte. Era todo y nada. Le faltaba solo un mes para cumplir 60 años, pero su aspecto parecía el de un anciano decrépito, después de décadas de machacarse la integridad a golpe de adicciones, en las que no faltaba el alcohol, las drogas y los fármacos.Fue el último acto de una carrera, no exclusivamente literaria, que empezó muy pronto y de una forma fulgurante cuando a los 23 años se dio a conocer como el wonderboy de la literatura norteamericana. Años más tarde, convertido en la mascota de la beautiful people neoyorquina, más personaje que persona, la publicación de A sangre fría hizo de él una estrella. A partir de ese cénit todo fue caída.Poco eco está teniendo en Estados Unidos el 25 aniversario de la muerte del escritor, aunque en España las librerías acojan la recuperación en bolsillo de sus Cuentos completos (Quinteto / Anagrama) y la reciente edición en catalán de Retrats (Angle Editorial). Además, aquí todavía no se ha apagado el eco de la capotemanía que cristalizó hace unos pocos años en dos películas biográficas, Capote e Historia de un crimen.El lado oscuroEl cine desveló sus aspectos más oscuros, su afilada lengua que no conocía fidelidades, su capacidad para acumular un catálogo de enemistades y una hipertrófica jactancia que lo animaba a decir sin sonrojarse que la novela que, presumiblemente, ocupó sus últimos años y no llegó a terminar, Plegarias atendidas, era la respuesta norteamericana a En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, nada menos.Pero más allá de esa personalidad contradictoria y por ello fascinante –como demuestra la muy recomendable biografía de Gerald Clarke–, Capote se tomó a sí mismo muy en serio como escritor desde que a los 21 años un inquietante cuento, Miriam, despertó el interés de la crítica. Solo dos años más tarde le consagró la publicación de Otras voces, otros ámbitos, un destilado literario de su propia infancia. «Nací en Nueva Orleans y fui hijo único –escribe en el prólogo de esa novela–. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 4 años. Fue un divorcio muy complicado con mucho rencor por ambas partes, y esa es la razón por la que pasé gran parte de mi niñez yendo de una a otra casa de parientes en Louisiana, Misisipí, y la Alabama rural. Los libros que leí por mi cuenta tuvieron una importancia mucho mayor que mi educación oficial, que fue una pérdida de tiempo y concluyó cuando cumplí 17 años». Esa edad aparentaba más o menos en la foto que, guapo y desafiantemente ambiguo, apareció en la contraportada de la novela publicada en 1948, en unos tiempos pocos propicios para demostrar en público el orgullo gay.Capote no vivió su homosexualidad como un problema. Maestro de la seducción, era capaz de cautivar a todo el mundo, pese a su voz afectada y aflautada (no hay más que echar un vistazo a una de sus entrevistas en Youtube para comprobarlo) . De hecho, le gustaba alardear de haber ganado para la causa homosexual a heterosexuales convencidos. Fue el caso de su relación mas duradera, el escritor Jack Dunphy, casado con la bailarina Joan McCracken, que más tarde se casaría con Bob Fosse.Rigor y frivolidadLa mayor paradoja de este hombre cargado de ellas fue su voluntad de conciliar su rigurosa vocacion literaria y su fascinación por la vida frívola. En los años 60 no hay autor que chupe mas cámara televisiva que él. Se codea con las divinas Marilyn Monroe –a la que retrata entre la fascinación y el descaro– y Jackie Kennedy e intenta convertir en actriz a su hermana, Lee Radziwill. Cuando el fragmento de Plegarías atendidas en la que la retrata sin misericordia se publica en la revista Esquire, ella le dará la espalda. No fue la única.El principio del fin se sitúa en 1959, cuando Capote lee en los diarios que en un pueblecito de Texas, la familia de un prospero granjero ha sido masacrada «a sangre fría». Se traslada al pueblo y, poniendo de nuevo en marcha su infalible máquina de seducir, se gana la confianza de todos sus habitantes. También la de los asesinos. El resto es sabido. En 1966 aparece elsuperventas que le convierte en un millonario pero también le corrompe sin remedio. Con los réditos de la novela organiza la legendaria fiesta en blanco y negro del Hotel Plaza, en Nueva York. Desde el punto de vista literario, lo que vino después solo fue un excelente puñado de bocetos, pero sin la ambición del pasado. Se enquista en la depresión y el resentimiento hacia los antiguos amigos y su decadencia es sobrecogedora. Clarke, su biógrafo, sostiene que si no hubiera impedido a su amiga Joanne Carson, en cuya casa murió, que pidiera ayuda médica, posiblemente se hubiera salvado aquella mañana. Pero no, Capote quería poner el punto final.

Los retratos íntimos de Truman Capote
El mejor personaje creado por Truman Capote fue él mismo. Pequeño, rechoncho y mordaz, ejerció con pasión el oficio de escritor y con desparpajo el de una figura totalmente mediática, un socialité, amigo de Marilyn Monroe, Marlon Brando, Elizabeth Taylor y otros más, no desaprovechó nunca la oportunidad de ser el centro de atención, ya fuera por talento, sus opiniones o sus acciones.
Truman Capote nació en Nueva Orleans y comenzó a escribir a los ocho años de edad. A los 23 años publicó su primera novela Otras voces, otros ámbitos que tuvo gran éxito con la crítica y el público, y también, debido a una fotografía suya en la contraportada, que muchos calificaron de pecaminosa, significó el inicio de su notoriedad en el ámbito social. De ahí en adelante, Capote experimentó con todas las formas de escritura hasta llegar a su novela paradigmática A sangre fría, un género que él bautizaría como “la novela de no ficción”.
Capote jugó siempre con la ficción y la realidad, fue un agudo observador de la cotidianeidad y se esforzó siempre por trasladarla a la literatura en forma de cuentos, descripciones y diálogos. Su libro Música para camaleones es una colección de estos textos diversos, una obra en la que Truman Capote buscó “conseguir una prosa sencilla y limpia, como el arroyo de una montaña” y hacer del lector un testigo de una experiencia verdadera.
El libro se compone de tres secciones: la primera “Música para camaleones” es un conjunto de seis relatos cortos, un género en el que Capote se especializó desde el comienzo de su carrera. La segunda, “Ataúdes tallados a mano”, es una novela breve siguiendo el modelo de A sangre fría que narra la investigación sobre un asesino en serie. Finalmente, la tercera parte, “Conversaciones y retratos”, es un conjunto de escritos en los que Capote describe con precisión situaciones y personajes. En esta última parte está el texto “Una adorable criatura” sobre Marilyn Monroe y “Vueltas nocturnas” el cruel retrato que Capote realizó de sí mismo en el que declara: “Soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio”, una descripción que lo persiguió hasta su muerte.
En Música para camaleones, Truman Capote intentó volver a sus orígenes: la brevedad y la descripción. Cada pieza del libro es un esfuerzo por una escritura que solamente mostrara y en la que las opiniones del narrador desaparecieran por completo para no obstruir la percepción del lector. Sin embargo, Capote se sitúa siempre en el centro de la escena y esa es la diferencia fundamental con A sangre fría, y su narrador impersonal: la presencia ineludible de quien cuenta, pero sólo como un medio para transmitir los relatos.
Este libro fue la última obra completa publicada por Capote. Por años trabajó en lo que, según él, sería su novela definitiva: Plegarias atendidas, basada en sus cartas, diarios y conversaciones con gente de la alta sociedad. Música para camaleones, dijo “es el aperitivo de lo que podemos esperar de Plegarias atendidas, todos los personajes son reales, nada es inventado”.
Los libros de Truman Capote constituyen un mosaico de la sociedad de su época. En su literatura, y particularmente en Música para camaleones, tienen cabida todos los estratos sociales, tratados por igual por la mano de un escritor que abrió los ojos, escuchó todo y afiló la pluma, sin miedo y con fervor.