lunes, 8 de diciembre de 2008

De Antologías (2) El crepúsculo de Ezra Pound


Reyes-Vásquez en su antiguo Despacho de la Embajada
de la República Dominicana en Costa Rica
RADHAMÉS REYES VÁSQUEZ


Nació en Monte Plata el 9 de diciembre. Pertenece a la Generación de Postguerra. Ha publicado varios libros de poesías que lo sitúan en un puesto especial en el panorama de nuestra literatura, por la ductibilidad de su acento, que despliega con naturalidad una gama de inquietudes entre las que se hallan la antipoesía, y un verso cincelado a la manera de Luis Cernuda, siempre mirando hacia el ideal de la poesía inglesa. De ahí el acierto de su poema más importante de sus inicios, «El crepúsculo de Ezra Pound». Obtiene en 1985 el Premio Biblioteca Nacional de Poesía con Las memorias del deseo, y en 1986 el Premio Anual de Poesía. Realiza una abundante labor periodística en diferentes órganos del país.

OBRAS PUBLICADAS:
La muerte en el combate (1973), Sobre el tiempo presente (1974), Las memorias del deseo (1985), Si puedes tú con Dios hablar (1992), El bolero, memoria histórica del corazón (1994).





EL CREPÚSCULO DE EZRA POUND

He aquí la patria que nunca conoció.
He aquí los matorrales, las montañas,
El riachuelo dividiendo caminos,
los ojos perdidos en inmensa polvareda,
la dura piedra y la mirada gris.

Usted no puede irse,
no puede marcharse tan callado
como pájaro que abandona la rama
de tanto esperar.

Ezra Pound,
burgués,
traidor,
amigo mío,
alguien ha cortado su canosa barba.

Ahora tiene suficiente paz.
No puede ver los crepúsculos caer
desde algún asiento del parque,
no puede confundirse entre las gentes,
ni dejar el corazón en una esquina.

Gesticule.
El mar es azul aun sin su presencia.
Avance y calle.
Demasiado se habla de usted en los periódicos.

Muera interminablemente.

No se juega con los pájaros si necesitan libertad.

He aquí la voz del viento
trepando paredes y derribando cocoteros,
las manos húmedas sobre las piernas y
el corazón callado.
Ezra Pound,
multifacético;
de pequeños ojos luminosos
siempre mirando para el mar.
Aquí están las lavanderas,
los insatisfechos, los recién casados.

Viejo caminante, amigo mío, no estreché su mano.

No deje su bandera en esta tierra,
no deje su chaqueta.
Un pueblo que no es el suyo pregunta por usted:

¿Por cuáles caminos andará?
¿Cuál pájaro impide el crecimiento de la flor?

Apenas divisamos el sol entre la niebla
y yo temo a su voz en las soledades.
Vamos pisando hojas por un camino largo,


celebrando la llegada de la tarde


con un crepúsculo gris en la floresta.


Y usted no puede compartirlo.

Nos acercamos un poco más hacia la muerte.

Traté de conocerle y de que me entendiera.
Como hojas rodaron mis palabras


sin que tocaran sus oídos.
Estuve en su país y usted no estaba allí.

¿En cuál ciudad estaría perdido?
¿Cuáles palomas verían sus ojos?

Suicídese en su morada
lento caminante de la tarde,
estatua de hondos ojos debajo de la tierra.

Que allá llegue el viento y desorganice sus cabellos.
Allá lleguen los burgueses y los pobres,
los injustos, los afligidos de corazón,
los desvalidos y los desamparados.
(Que su nombre quede sobre usted, Ezra Pound.)

Maldiga la vida que amamos,
el licor que despreciamos,
maldiga a los pueblos que odian.


Maldiga a los indiferentes,
maldiga a los usureros.
Los que quedamos se lo pedimos.

Su cuerpo se hace más delgado,
la lluvia empaña sus músculos,
la pradera es verde y bella.

Solamente estuvo de pasada en esta tierra,


siga su camino
de madrugada y de tarde, extraño extranjero
de hermanos sin gracia y sin conciencia.

Los árboles y los niños
aún siguen creciendo.

Tomemos una cerveza, Ezra Pound, extiéndame su mano,
miremos el crepúsculo,
vayamos a otro lugar para esperar
la muerte verdadera.

Yo le vi pasar por esta esquina.
Con sus cabellos de árbol, triste
y mortecina mirada en ojos de lagartijo inofensivo.

Ya no le miran asombrados los amantes,
ni Venecia se acuesta con las palomas
delante de sus ojos.

¿Qué será de usted, Ezra Pound,
introvertido,
fascista,
poeta...?
De blanca, canosa barba y límpida piel.
El día se le acuesta en las paredes
y le sorprende en los aleros con una multitud de recuerdos.

No tema.
Millares de razas y apellidos
se confunden en su pueblo.
No derrame sus lágrimas.
Usted será polvo gris, amarillento,
palabra inquisitiva, eterna quietud en su ladera,
crepúsculo muriendo sobre el parque.

Y no vendrá el olvido.
¡No vendrá la muerte verdadera...!




(Tomado de la obra Dos siglos de Literatura Dominicana.
Selección, prólogo y notas de Manuel Rueda.
Colección sesquicentenario de la Independencia Nacional.)










Antologías (1)


Radhamés Reyes-Vásquez. Nació en Monte Plata. Poeta y ensayista. Obtuvo el Premio de Poesía Biblioteca Nacional 1985 por Las memorias de] deseo; y en dos ocasiones el Premio Nacional de Poesía: en 1993 por Si puedes tú con Dios hablar, y en 1997 con Boutique de la memoria. Ha publicado los libros de poemas El imperio del grito (1969), La muerte en el combate (1973), El ángel caído a los infiernos (1973), Sobre el tiempo presente (1975), Antipoemas: textos 1975 (1975) Las memorias del deseo (1985), El nombre del amor (1988), Si puedes tú con Dios hablar (1992), El hombre deshabitado (1998), boutique de la memoria (1999). Publicó tam­bién el libro de ensayos El bolero: memoria histórica del corazón (1994) y
Parece que fue ayer (memorias, 2000).





CIUDAD INHABITABLE




Habito esta ciudad y siento que mi vida se disuelve en un grano de anís.
La recorro con mis ojos.

Sólo hallo transeúntes pálidos y pensativos,
autos veloces, muchachas de piel reseca y pantorrillas doradas.
La ciudad es un hechizo de manos y bromelias,
olores y frutas de pulpa indecible.
Habito esta ciudad como se habita un cuerpo,

como se huye de un espejo inaccesible donde el tacto recuerda

un labio trasnochado,
y toca en la memoria lo fugaz que parpadea,

la ciega mansedumbre del crepúsculo.
Vivir es ir deshaciéndose en los días y dejar la sombra
sobre una leve cascada de nuez,
despoblarse avergonzado en los espejos
y en residuo de las horas mirar el lagarto sobre el cactus
terriblemente atado a su destino,
la tarde ocultándose en la aridez de los bejucos.
En tu presencia que me llena los ojos de resinas

y mariposas fúlgidas

que me hace recordarme en aguas y nenúfares,
en lo lívido de piedras jubilosas que transmigran
de lo inefable a lo común.
Aquí estoy vinculado a la materia que en grito es natural,
a la vida que es un árbol de laboriosa estirpe,
una lámpara de inagotable parpadeo.
Atado estoy a los espejos abisales de la nocturnidad.
Nada fluye si no el tiempo asido a la materia

porque voy buscándome sin término en lo preciso de la luz,

construyéndome otra vez en una hoja de trébol

o en lo permanente de mi voz.
No son los días sino yo mismo quien transcurre,

quien palpa la marea y se precipita perpetuándose.

El instante es una sed y una vigilia, un manantial de zumbido
y edades.
En los orígenes del vivir gozoso, perfeccionándose,

la muerte se dilata, el Uno diverso de la carne.
Lo eterno se aleja y se aproxima cuando llueve y un tacto
traza sus itinerarios en la piel.
El tiempo que somos no aparece en el verbo que
pronuncias.



(Tomado del libro La ciudad en nosotros, la ciudad en la poesía dominicana.
Selección, Notas y Prólogo de Soledad Alvarez.
Publicación de la Secretaria de Estado de Cultura.)

Radhamés Reyes-Vásquez Premio Centenario Joaquin Balaguer


Reyes-Vásquez recibe el Premio Centenario Joaquin Balaguer
de manos de Don Rafael Bello Andino
Palabras pronunciadas por Radhamés Reyes -Vásquez

en el acto de aceptación del Premio Joaquín Balaguer



En esta hora crepuscular, cuando el rosicler de los cielos y la tarde se confunden como si se hubiesen propuesto compactar en la memoria los hechos de las últi­mas décadas y la relación con sus protagonistas, conmueve profundamente recibir con mano trémula este premio con­vocado para resaltar los aportes que al país y a la democra­cia hizo el doctor Joaquín Balaguer, uno de los más ilustres dominicanos de todos los tiempos, piedra angular en la re­construcción de la República moderna, la que fue levantada después del derrumbe de la satrapía, cuando el protagonista de la Historia no era el hombre sino el futuro.
En esta casa que fue el templo de nuestro prócer moder­no, se puede afirmar que los tiempos en los que a éste le co­rrespondió gobernar son realmente incalificables. Cuando ya estén apaciguadas las pasiones y las sinrazones, no sólo ha­blarán los contemporáneos, sino los muros que, por iniciativa del presidente Balaguer, fueron edificados y sirvieron de pla­taforma a la reinvención de la democracia dominicana.
Quien intente calificar a este gladiador tan manso, pero tan feroz cuando defendía sus convicciones, tendrá que in­ventar las palabras como él inventó los procedimientos y el clima indispensable para legarnos un país con un verdadero crecimiento en todas las vertientes. Pero más que un país Balaguer nos entregó una nación y una patria bien definidas. Basta pensar y comprender la realidad sobre la que edificó a la República y detenernos en el país que nos legó. Sobre las cenizas cálidas de la destrucción y sobre la sangre caliente de héroes y aventureros, fue redefinida la nación a pesar de tantas adversidades, tanta ceguera política, tanto fanatismo y tantos extremismos desbocados.
El destino puso en las manos firmes de este hombre tan calumniado excepcionales responsabilidades que difícil­mente otro hubiese podido asumir con éxito. Sólo a Dios y a la Virgen de la Altagracia este país les ha pedido más que a Balaguer. Fue su temple, su integridad, su consagración, su superioridad sobre los hombres de su tiempo y sobre sus adversarios. Se confesó fervoroso creyente del destino y, aun consciente de los peligros y las adversidades, se dejó bañar sin naufragar por la ola de los tiempos, las murmuracio­nes y las eventualidades. Balaguer es la más actual y lúci­da de nuestras instituciones y se definió como "instrumento del destino". No fue rencoroso ni soberbio, se instaló en su tiempo y allí vivió, siempre sobre ascuas o brasas ardientes, pero jamás utilizó el denuedo como arma para su defensa. Cuando nadie creía en el destino dominicano, construyó un país y una democracia, y, de tan firmes que fueron sus con­vicciones, cambió con su obra la manera de vivir, y hasta de pensar, del grueso de los dominicanos.
Pero no todos los mortales logran ser insertados en esa circunstancia siempre cambiante que constituye la actuali­dad permanente. Ejemplo de mesura y de sobriedad, Joa­quín Balaguer fue como el día: una totalidad que contiene el amanecer y el mediodía, pero también la noche. Hizo menos pobre al pobre y habló en parábolas, pero sobre todo con hechos. No hipotecó al país ni debilitó a la moneda nacional. No fue accionista más que de la patria a la que nunca pasó factura, no tuvo empresas ni cuentas de banco, no dejó bie­nes materiales ni más riqueza que sus realizaciones y su pen­samiento. No fue un Dios ni quiso serlo, pero sí un patriarca fraguado en la eternidad del mármol y en la dominicanidad innegociable; no fue eterno pero sí inmortal, y por eso es nuestro mito más moderno y nuestro único enigma; su magia no ha muerto y se mantiene en sentido ascendente.
Este que ahora celebramos en el templo que fue su casa es un acto de fe y de recordación, más que de reconocimiento a sus aportes tan fundadores. Y si, como escribió Ortega y Gasset, un hombre se define mejor por sus ilusiones, entonces la verdadera estatura del hombre es la medida de su sueño.
En nombre de todos los participantes en el concurso ce­lebrado con motivo del centenario de su nacimiento, doy las gracias sinceras a la Fundación Joaquín Balaguer en la persona de su presidente Don Rafael Bello Andino, símbolo indudable de lealtad, todavía más allá de la muerte, conven­cido de que la Historia de la República Dominicana, inevita­blemente, hay que dividirla en Antes y Después de Balaguer.
Muchas gracias.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Domingo del Recuerdo




Las miradas fugaces (7)

A juzgar por la proliferación de programas con música del ayer (que no es ningún ayer), puede afirmarse que el domingo es un día consagrado al recuerdo; pues ese día, desde el amanecer hasta la medianoche, la radio está abarrotada de melodías y voces que nos devuelven a un pasado muchas veces demasiado remoto.
Domingo del recuerdo, Domingo romántico y Contigo en la distancia son algunos de los programas que gozan de muy buena audiencia y, me parece, que tienen magnífica facturación en momentos en los que se han encarecido los costos de la radio y la televisión.
Como hombre de la radio que he sido toda mi vida vivo pendiente a cualquier movimiento de estos magníficos medios y me apena, sobremanera, la deficiencia de las últimas generaciones de locutores y el maltrato constante que implica el inadecuado uso de nuestro idioma.
Diariamente, y en todo momento, es una lástima oír la radio o detenerse frente a la llamada pantalla chica. No tarda un minuto sin que broten, como expediente acusatorio sobre las autoridades de siempre, el uso inadecuado del idioma castellano. Casimente y Noverdad son de los giros incorrectos más comunes incluso en locutores de mi generación, sin referirnos a la dicción también demasiado incorrecta ni a las frecuentes vulgaridades.
Hoy día se están diciendo por la radio palabras tan vulgares que ni siquiera en la intimidad lucen bien. Pero esto es lo que vende, dirán algunos propietarios de estaciones radiofónicas como si se estuviese afirmando que el dominicano es un pueblo vulgar, cosa que es mentira. Somos un pueblo que coexiste lejos de las vulgaridades, aunque el maleficio de algunas bachatas (género musical que detesto a pesar de que fue en mi barrio, Villa Juana, donde prácticamente ha nacido) pueda aparentar lo contrario.
Hay que crear con urgencia métodos que coadyuven a salvar nuestro idioma y que, consecuentemente, nos hagan sentir orgullosos de lo que somos: un pueblo con altas y bajas pero siempre en ascenso con todas las implicaciones de la modernidad y el desarraigo.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Juan Lockward


Las miradas fugaces (5)



Hace apenas un par de años que murió Juan Lockward, músico y poeta, amigo entrañable y ser humano dotado de calidades excepcionales. Entonces yo estaba fuera del país y la noticia me llegó una mañana cuando aún no me había levantado.
Como todas las noticias que anuncian muerte, ésta me entristeció por múltiples razones. Juan Lockward es autor de algunas de las canciones más hermosas que se han escrito en mi mediaisla, en el mejor castellano, siendo entre todas Dilema la más conocida (Que dilema tan grande / se presenta en mi vida…../Ella tiene otro hombre y yo otra mujer…/Ella dice que me ama con pasión desmedida / y yo la quiero con toda la fuerza de mi ser… Esta canción ha caminado por toda América Latina e distintas interpretaciones, la que hace el trío Los Panchos es la más conocida, pero la más sugerente y conmovedora es la que hace el mismo Juan Lockward, bautizado como El mago de la media voz.
Todavía yo era un adolescente cuando bien temprano en las mañanas veía a Don Juan, chacabana blanca y cigarrillo colgando de los labios, salir como una aparición por alguna esquina de la calle El Conde. Era un hombre alto y delgado, de acentuado semblante triste con una tierna y no menos triste sonrisa, que se hizo más triste cuando en la vorágine de los doce años del Dr. Balaguer, un hijo suyo –en la misma flor de la juventud- fue asesinado en la vieja y peligrosa zona norte de la ciudad.
Desde el exterior di seguimiento a los actos del amigo ya fallecido y no fueron pocos los elogios, pero solo Rafael Solano, el magnífico autor de Por amor, advirtió lo que era una verdad: vamos a preocuparnos ahora por la viuda, dijo Fello.
Ahora tengo noticias de que en la familia de Don Juan las cosas no andan bien en el aspecto económico. La casa ubicada en a Albert Thomas se cae a pedazos y la precariedad dificulta todo.
Juan Lockward es un monumento del arte. Hay que enarbolar, como bandera al viento, su recuerdo; pero en nombre de quien se ha ido, debemos hacer la vida menos complicada a los que quedan

domingo, 23 de noviembre de 2008

Nicaragua en el corazón

Rubén Darío, el gran poeta
Las miradas fugaces (6)


Hace tres años que desempeño funciones diplomáticas en Nicaragua, país extraordinariamente hermoso como su gente, la que sonríe en las calles y en los centros comerciales, tierra de excelentes poetas. Pero en los últimos meses quebrantos de salud me han mantenido fuera de ese país, y aun así no he perdido el amor de su gente, la sonrisa de un niño ni el calor de sus noches bajo un cielo espléndido, o –¿por qué no?- el gesto de amor en la Ruta Maya o ante un gin tonic mientras espero en la Casa de los Mejía Godoy alguna canción que me devuelva a otros tiempos o me hunda en la realidad cuando, a media mañana del día siguiente, me enfrente a la lectura de los diarios dominicanos, y después a la pantalla en blanco antes de que los personajes de algún relato o de alguna novela vuelvan a desafiarme.
Pensarán que para alguien que vaya a trabajar en el cuerpo diplomático y que viva en Las Colinas Nicaragua no tiene el zumo amargo de una realidad que golpea, aunque alguien quiera hacerse el ciego o el sordo. Quien así piense se equivoca, Nicaragua es todo un sueño pero es, asimismo, una realidad visible y muy cruda, de esas que afectan a todos los latinoamericanos.
No vaya nadie a creer que la ausencia física me ha desconectado de aquel terruño. Todo lo contrario. Estos meses de ausencia me han metido más en ese país y en su gente. Cada mañana, antes de que regrese el colibrí que día por día viene a recoger el polen de la flor en la ventana del estudio donde escribo y leo, me paseo por los diarios nacionales y, ya conectado a la red, me voy a Periódicos del Mundo y caigo en Nicaragua, me detengo en El Nuevo Diario y en La Prensa, cosa que ya se ha vuelto costumbre en mi vida. Cuando fumaba pretendía escaparme en las volutas del Marlboro Light, pero ahora que-¡válgame Dios mío! - hace más de un año (después de un terrible susto que me declaró hipertenso) me he desprendido del tabaco y del café, lo hago junto al primer vaso de jugo de naranjas de los dos o tres que consumo diariamente, cuando no es el Ensure con tostadas y pistacho.
Es así como me mantengo dentro de un país que siento mío de alguna manera, que no me ha negado nada y que, probablemente, me ha devuelto algunas ilusiones. Me duele lo malo que le sucede y disfruto esos breves momentos de felicidad aunque venga en caramelo envenenado. Muchas veces creo que regreso del Hipa Hipa durante algún atardecer, y vuelvo a la Zona Hipo o al Pelícano Feliz reconstruyendo alguna felicidad mentida mientras un trovador interpreta viejos boleros y rancheras que, indefectiblemente, hablan de nuestras vidas.
En los 90 fue en México, D. F. donde viví inolvidables noches como las había vivido en las calles de San Juan en aquel Puerto Rico del alma; después ha sido en Caracas, en San José, en Antigua Guatemala, algunos días en La Habana. Pero desde hace tres años es en Managua. Desde entonces no me olvido, y ahora que me propongo regresar espero que la sangre de hermanos no vuelva a manchar las calles adoquinadas ni que en sus bosques tan frecuentes la muerte haga de las suyas.
En el alma de cada nicaraguense está el alma de Rubén Darío, y en cada sonrisa del niño o del adolescente toda la ternura, la infinita ternura que no miente.
Apuesto a la cordura.

lunes, 17 de noviembre de 2008

Si puedes tú con Dios hablar

Espérame en la lluvia,
si regreso…


REWIND

Aquel amor, aquellos cuerpos suaves de muchachas tristes,
frágiles,
ligeras...
aquéllas pieles húmedas, dóciles,
aquéllas manos tibias: señoras de rocío y porcelana,
aquel río constelado en mi hombro.
Este jadeo de sombras sin furor: mástil quebradizo,
Luz de música fascinante, rubor de estrella incontenible,
Pasajero de la noche, delfín tras el navío danzante:
Esta fascinante ausencia de ser,
tumulto de pájaros en celeste hechicería,
niebla vaporosa, tristeza de mar
que ha conocido la sed en el verano,
musgo de mis días, dactiles_fluyendo
como espadas de mis noches
minuciosamente tristes: flor de insomnio,
débiles vínculos de amor y, muerte
Oh fertilidades de noviembre
sobre un pasto adormecido,
muchachas cuyos cuerpos he tocado!
Toda presencia es llama, destello:
abriendo muros de silencio.
Enciendan en mis manos las pasiones,
las cenizas de amores que se han ido,
las antorchas del deseo y el instinto.
Revélenme el secreto de la estrella
que en la arena deja huérfana su luz,
el lucero que en la piel es agua y río,
quimera llenando la ausencia donde existo.

Llena de inmensidades
cada semilla crece en mí.
El rumor del agua entierra voces,
contiene cuerpos leves,
pálidos musgoso júbilos del viento.

Contra el deseo incierto del crepúsculo
un golpe de olas me ha llamado.
Ciudades que existen por el humo
olvidan las promesas de aquel fuego,
las razones del instinto.

Tu cuerpo y la dulce tibieza de tus manos,
el lazo que en tu pelo era solsticio, llama
y leopardo: tu cabellera, río en mi casa derramado,
instante de estrella fugaz y, sin premura:
sortilegio del hechizo.

Aquellos muslos suaves, tibios en mis labios trémulos
todavía me hablan de un país distante
y de ciudades que cantan como el viento
anudado a los veleros,
aquellos labios dulces donde el mar
dejaba gestos pertinaces,
este deseo de sombras que conformo:
habitación donde me encuentro con el mundo
disfrazado de palabras,
gacelas consteladas y cardúmenes,
tímidas alondras perseguidas.

Manos que han tocado la núbil paz de un cuerpo
llevan lejos los bordes de mi mundo
hacía estivales catástrofes de insomnio.
Lugares donde hemos estado alguna vez
aúllan en nosotros, dejan sus linternas de agria luz.
Nombres que resuenan en la noche
fértiles como los amores y el rocío
devoran artesanías conyugales, piedras desprendidas,
te pueblan de vínculos y hablan como luciérnagas.

Nombres que vienen con sus lámparas,
prado y trébol, humaredas, gardenias
colgando de tus pechos:
brújulas de¡-navío en que me hundo.
En fin: nombres, cuerpos como diásporas
ardiendo entre mis manos
beben el agua ciega de mis ojos,
llamas de luz mojan sus sílabas, sollozan.

Inmóviles palabras me habrán dicho
que no vale la pena este silencio:
No se ahoga en el-agua aquel lucero.


Los hábitos comunes

PALABRAS PARA MAMA
DESDE UNA NOCHE DE INVIERNO SIN FONDO


Dejar la casa, madre,
después de tantos años, tantos deseos perdidos.
Saber que ya no volveremos a soñar juntos
en este balcón
desde donde he inventado la noche y el rocío.
Saber que Pedro, Antonio ni Ramón Andrés
traerán la primavera con sus risas
o que los alcatraces y golondrinas de este viernes
serán para otros ojos, otras manos débiles,
otros muchachos que como nosotros
podrán atrapar entre sus manos un lucero,
una gaviota constelada,
alguna estrella .fugaz en el solsticio.
Cambiar de casa -y en diciembre, madre-
dejar estos peldaños que conocen
mis pasos de memoria
y los de mis amores consentidos
y los de aquellos hijos míos
que aquí dejaron sus primeras. palabras.
Dejar estos árboles, estas margaritas
que tus manos con tanto amor sembraron
para mis ojos tiernos, estas paredes, madre...
Durante más de veinte años he crecido en esta casa
donde con amor cuecías nuestros alimentos
en un sabio monólogo de sombras, desmemorias y boleros,
estas habitaciones que son espejos de mi vida
y de la tuya, madre...
Dejar la casa como se dejan sombras y palabras,
cabellos e inmuebles olvidados.
Más de veinte años viviendo en está casa,
soñando la vida sin pesares...

Aun estarán en aquella habitación
los tristes pasos lentos de mi abuelamadre,
pedazos de unos días que no podré reconstruir.
En mi pequeño cuarto estaré escribiendo
esta noche
como cuando tenía quince años,
mirando los astros junto al rumor del viento.
Talvez otro estará sentado bajo el mismo techo
donde yo escribía pensando en mis amores.

Allá estará el poema que mis ojos no escribieron
y una muchacha que se ahoga en luz de astros
dirá las palabras del instinto.

Cambiar de casa, madre, no es cambiar de traje...


Ahora que no tengo llaves
nadie me pregunta si almuerzo o si me baño,
si estoy triste o si vendrán los niños.
Nadie me pregunta...
Ahora que ni los maniquíes me dirigen la palabra,
penas como espadas de mi brotan, lirios
como días que sollozan...
Entristecido, musito unas palabras.

Ya no entrará aquel aire dulce por las persianas
abiertas, el verdor de los cipreses que yo amo.
Y estarán jugando en aquel barrio, entristecidos,
Ramón con su paciencia
y los niños que amando vi crecer desde un balcón.



LA MUSICA BROTA DE TUS OJOS

La música brota de tus ojos
y de tus pechos tenues emerge la pradera
vibrante, vaporosa, plena
como las circunstancias en que tu amor asumo.
Oscura, lívida te veo
tendida en la noche, abierta y sin reposo.
Por tus ojos cruzan los días que se han ido.
Te veo altísima y risueña en mi pobreza.
Vas caminando bajo una lluvia triste,
viene a mi el árbol que en tu viento es llama.
Termino en ti como lucero débil.
Tu estrella que en mí canta es ya nostalgia.
Llueven palabras de otros jóvenes,
Sombras furtivas llueven.
La mano incierta sobre tu cuerpo resbala.

CARACAS, 1990, A LA MUCHACHA QUE CONOCI
EN LA ESTACION DEL METRO

No supe su nombre ni su estirpe.
Sólo conocí sus ojos y sus piernas.
Estaba erguida como un lucero
junto al color salobre de la tarde
mirando su silueta en mi corbata.
Todo el cielo crecía en sus ojos,
todo el mar, todo el campo en noviembre.
En su piel el mundo era un axioma,
tatuaje sobre el pecho donde sollozaba
alguna estrella anochecida,
pechos como los del colibrí.
Éramos la ausencia de un olvido.



FIESTA CEREMONIAL

Inventamos la noche
con sus mástiles delgados
y el viento triste en los almendros.
Inventamos la noche con su lluvia
y el dejo de nostalgia enloquecida.
He podido tocar estrellas en el viento,
constelaciones anochecidas en tus pechos.
En un balcón cercano también otro
inventaba la noche con sílabas de olvido.
En tus senos dormían nubes y madréporas,
pueblos insurrectos que no sabía si brotaban
del humo o de la lluvia
o de unos labios tristemente hermosos.
Inventamos la noche y el navío, el lucero
sobre tus pechos tibios...
Me llenabas de música y de prado...


JUBILOSO RUMOR

Delicadas manos jóvenes,
último cielo que se escapa
en el temblor tristísimo de tu piel,
la estrella huye del, jubiloso rumor,
inaccecible soledad que mis sentidos puebla.
Quiero aquí tu cintura, tus pechos constelados,
la hoja que en su brillo sostiene
alguna nube o río, escarabajo o musgo,
y es espejo sideral de la mañana.
Despierta en mí, sombra, luna fúlgida
ligera sobre el césped.