martes, 23 de junio de 2009

Ejercicio 1

El sueño del colibrí
Martes 23 de junio

Tengo entendido que ésta, noche de San Juan cuando las aguas reciben a los cuerpos nocturnos, es la noche más corta del año. Hace apenas horas se produjo la más larga, la que da la bienvenida al verano a pesar de que en el trópico hace ya tiempo que el verano ha sacado la lengua.
Noche es noche. Es júbilo y tristezas calladas. Alegrías a veces fugaces como las apariciones del colibrí, y ya se sabe que el ave diminuta es, más que ave, inapresable flor viva que vuela y asombra.
Desde niño me enloquecen los colibríes y aun puedo pasar horas muertas inamovible en el balcón o dentro de mi estudio espiando aquel que todas las mañanas busca vida en la flor.
Los colibríes conforman la poca magia que todavía nos queda en un mundo incalificable con sus virtudes y sus maldiciones.
Muchas veces me pregunto ¿cómo, de qué manera se inventó al colibrí?
Pero realmente no quiero saberlo.
Es mejor el misterio que envuelve a lo sagrado.
Saberlo sería morir, quedar apresado entre las patas del ángel, disminuirse o renunciar a la gloria mezquina e intransferible que ha sido concedida a los mortales.
Retrocediendo, tratando de poner las cosas en orden, renunciando a la magia del azar, es hora ya de ir al balcón o de esclavizarme en el alféizar no vaya a ser que venga el colibrí y yo me lo pierda.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Las miradas fugaces (18)

Las flores oscuras

de Nadia Anjuman



Nadia Anjuman, una bella mujer y una magnífica poeta afgana, fue asesinada a palos por su marido, allá en las oscuridades decimonónicas y malditas donde la opresión en contra de la mujer es más que criminal. Entraba ella a la plenitud de la juventud.
Llamarle bestia a quien asesinó a la madre de su hijo de cinco meses de edad sería ofender a los animales. El pecado de Nadia Anjuman fue simplemente haber leído a algunos autores occidentales, como Shakespeare o Dostovyeski, escritores supuestamente malditos.
En ese mismo Afganistán hace poco que Shakira desató todos los demonios del mundo simplemente porque “enseñó demasiado piel”, y una televisora fue amonestada debido a que se atrevió a transmitir algunas de las imágenes de la efervescente colombiana, aun cuando en sus bailes se evocan las danzas árabes. Entonces alguien escribió que el mundo estaba arrodillado ante las caderas de la atractiva artista.
En esa totalidad donde todos los mundos se encuentran, con el perdón slogan del centro de arte santiagués, he encontrado un poema de Nadia Anjuman, un texto muy breve pero de una gran transparencia, que reproduzco a continuación.

Una poema de Nadia Anjoman

traduccion de Andres Alfaro

No tengo ganas de abrir la boca
¿De qué debo cantar?
Yo, quien está odiado por la vida,
No hay diferencia de cantar o no cantar.
¿Por qué debo hablar de la dulzura?
Cuando siento yo tanta amargura.
Oh, el festín del opresor
Me tocó la boca.
No tengo ni un compañero en esta vida
¿Para quién puedo estar dulce?
No hay diferencia de hablar, reír, Morir, ser.
Yo con mi soledad agotada
Con dolor y tristeza.
Nací para nada.
La boca se debe precintar.
Oh mi corazón, ya sabes que es la primavera
Y el momento para celebrar.
¿Qué debo hacer con un ala atrapado?
Que no me deja volar.
He estado callada por demasiado tiempo
Pero nunca me olvido la melodía,
Porque cada momento cuchicheo yo
Las canciones de mi corazón
Que me acuerdan del
Día que voy a romper la jaula.
Volar de esta soledad
Y cantar como un melancólico.
No soy un débil árbol de álamo
Que cualquier viento va a sacudir.
Soy una mujer afgana,
Así que sólo tiene sentido para gemir.
Este breve poema dice más que todos los libros de historia y de ensayos que puedan escribirse tratando aquella verguenza.
Nadia Anjuman estaba próximo a cumplir veinticinco años cuando fue salvajemente asesinada.

lunes, 27 de abril de 2009

Las miradas fugaces (18)

En memoria de monseñor Oscar Robles Toledano
Fui amigo de monseñor Oscar Robles Toledano, un dominicano con una inteligencia y una visión nada común, y lo recuerdo con mucho respeto y admiración. Su carácter apacible y su brillante formación intelectual (una cultura realmente excepcional) me convirtieron en su habitual compañero de caminatas vespertinas alrededor de su bella casa en los kilómetros de la autopista 30 de Mayo.
Me hice su lector cuando escribía para el periódico El Caribe, y hasta el más ingenuo sabía que ese P. R. Thompson que enviaba esas cartas de prosa memorable y juicios extraordinariamente lúcidos era el magnífico purpurado y anacoreta de vida discreta.
Si en algo pecó mi extinto amigo fue en dedicar su vida fértil a la renovación constante de sus conocimientos y en mantenerse informado de todo acontecimiento importante, dentro o fuera del país.
Todo lo vio con una mirada crítica y las puertas de su casa estuvieron siempre abiertas. No fue nada soberbio y sé la indignación que se produjo en él cuando el entonces presidente Joaquín Balaguer dijo en un discurso público que era él (monseñor Robles) el hombre que más daño le había hecho a sus gobiernos.
Aunque no olvidaba nada, no fue un hombre rencoroso, sino íntegro; y se negó a juntarse con ciertos especímenes de esos que andan por ahí presumiendo y mintiendo. En las tardes, cuando salíamos a caminar, se armaba de caramelos y esa mirada escrutadora e insistente como ninguna era una constante en un hombre indudablemente sabio y valiente cuya actitud vital le hizo blanco de comentarios no bien intencionados.
Ante cualquier pregunta respondía al instante porque en él todo conocimiento se mantenía con frescura como si las cosas hubiesen sucedido ayer, o anteayer, o tal vez ahora mismo.
Aprendí tantas cosas a su lado, cuando caminábamos o cuando no salía de la casa por algún motivo. Quien apenas le vio de lejos y no pudo conocerle, podría pensar que era un hombre abismado en sí mismo, como un artista que se ha propuesto alcanzar la obra maestra que ha de eternizarlo.
Siempre lo recuerdo con mucho amor -¡siempre!-, pero ahora que estoy lejos de mi país, acabo de enterarme que en la Feria Internacional de Libro que actualmente se celebra allá, se pondrá en circulación un libro que supuestamente contiene las memorias de Jhonny Abbes, criminal indescriptible de marca mayor, que, según se ha dicho, desnuda a varios periodistas entre los que están Oscar Robles Toledano y el doctor Ornes.
Lamento que esa obra no haya salido cuando monseñor Robles aun vivía, o cuando Germán Emilio Ornes también estaba vivo.
Ni Robles Toledano ni Ornes eran cobardes ni ignorantes. Fueron ciudadanos e intelectuales de una visión crítica de los acontecimientos y, por eso, indudablemente, tenían lectores, críticos y alabarderos. Fueron verdaderos abanderados de la libertad y auténticos estilistas en su manera de comunicar, o significar, conceptos y creencias.
Nadie debe inventar cosas ni escupir sobre los huesos de nadie, aunque este fuere, hipotéticamente, el peor de los enemigos.
El padre Robles Toledano fue un ciudadano ejemplar a quien el país debe muchos buenos servicios, que quizás evitaron catástrofes.

viernes, 17 de abril de 2009

Las miradas fugaces (17)

Durante los días anteriores al asueto de Semana Santa escribí: Siempre que uno está solo y lejos dice cosas sin importancia.
Me parece que cuando dije tal cosa estaba yo en Santo Domingo, escribiendo desde mi balcón, contemplando el mar no muy distante, asombrado por los colores tenues del ocaso e imaginando no sé cuáles diabluras.
Ahora escribo desde una
habitación de hotel en la infernal y caótica Managua; afuera la temperatura está muy cerca de los 40 grados c.
Mi visión no ha cambiado y pienso que cuando uno está solo y lejos de casa le suceden, realmente, cosas tan graves que solo la ecuanimidad puede evitar que se conviertan en tragedia.
Y eso fue lo que me sucedió ayer a plena luz del día.
Todo en esta vida es disparate y la cumbancha continúa aunque no ande uno con un perico ripiao ni bachateando con la murga. Me armo apenas con el recuerdo de las personas que amo aunque estén físicamente distantes.
Solo lamento haber perdido la fotografía de mi hijo menor, la que estaba grabada en mi teléfono celular y la otra, la que atesoraba en un rincón de mi cartera y que me acompañó durante tantos años.
Lamento haber visto de frente y padecer en carne propia la mezquindad de la vida humana, sus pequeñas y peligrosas miserias y la manera en que el desprecio convierte a estas víctimas en ciegos verdugos.
Lo que me sucedió ayer es palpable expresión de la descomposición social. Pero qué puede uno hacer que no sea conservar la vida y dejar que la moneda ruede a conveniencia del azar o el destino.
Después del mediodía me refugié en mi habitación armado de un escocés y pensé largamente en la vida y en la muerte.
Pensé en mi país y en esas horas del ocaso que tanto aprecio.
Me escruté a mí mismo y me celebré lo mismo que el poeta; pensé en mi hijo de casi nueve años y derramé alguna lágrima sobre los huesos de mi madre.
Me detuve a escrutar las pequeñas miserias, las agresiones y los asesinatos que se comenten por asuntos sin importancia.
Me serví una y otra vez del escocés a las rocas escuchando algo de Britney Spears, casi harto ya de la constante amargura del bolero. Me conecté a la red y vi a Lolita Flores topless aunque con la pechera decaída, vi a Pamela Anderson y el rostro refrescante de mirada triste de Julia Robert. Me detuve en los labios de alguna mucha amada hace ya décadas en el campus de la universidad estatal de mi país mientras el sol parecía ahogar derretido sobre tan discretos álamos. Pero sobre todo, me detuve en mí mismo y, como me sucede muchas veces, regresé a algún pecho amado, un pubis cuya fragancia aun vive en mi olfato.
Jamás se renuncia a la vida ni a los recuerdos; pero tampoco a la muerte.

PD.
Acabo de recibir llamada de Matías Alcántara, el magnífico poeta del amor y la dulzura, aquel prócer que aun en los días más lluviosos y terribles de la guerra de 1965 robó tiempo al tiempo y al fragor de las batallas, para escribir los más hermosos sonetos de amor. Está frente al televisor, me dice, y Gary Sheffield acaba de ingresar a un selecto club de atletas que han disparado 500 o más cuadrangulares. Me alegro bastante, pero mi simpatía siempre está con los Yanquis de Nueva York.



Seguimos orando por la salud de Sandro, El Muchacho de América, El Gitano, porque aparezcan los órganos y porque el trasplante sea todo un éxito. Que Dios lumine su vida y se haga Su voluntad.


jueves, 2 de abril de 2009

Sandro, los poetas no mueren jamás


Sandro de América, nuestro Elvis Presley, el poeta que con su canto de amor y desamor todavía vive en la voz y el alma de millones de hispanoamericanos, atraviesa en estos momentos por una terrible realidad como consecuencia de la irreversible estela de daños que la adicción al cigarrillo produce al ser humano.
El corazón que tanto amor sintió requiere ahora un sustituto, y lo mismo sucede con los pulmones que el humo y la nicotina devastaron.
Yo que fui un fumador empedernido y que apenas puedo subir las escaleras de mi casa, he sentido en carne propio las consecuencias de una irracionalidad, una locura a la que nos entregamos desde la juventud.
Inmediatamente uno empieza con esa práctica tan nociva, va dejando en múltiples zonas del cuerpo daños realmente irreversibles.
Las enfermedades producidas por tan mortal hábito van en crecimiento alarmante y a su nómina de muertes sin respetar edades ni condición social, se suman diariamente cifras muy significativas.
Es doloroso ver como el cigarrillo va diezmando vidas útiles de seres inteligentes y laboriosos, honrados y socialmente responsables; pero tan irresponsables con nuestras propias vidas y con quienes realmente nos necesitan.
Son los hijos que quedan huérfanos, las viudas y los verdaderos amigos quienes experimentan el dolor de esas pérdidas, y de nada ha valido, en ningún país del mundo, reiterar las advertencias de las consecuencias del mal hábito.
Una tarde, mientras estaba encerrado en mi estudio, entre humaredas asesinas, sentí asco y pena de mí, de mi aliento, de mis ropas, de mis manos, las mismas que acarician y escriben para celebrar la vida, porque realmente apestaba.
Hacía ya tiempo que, cuando subía las escaleras de mi casa, me sentía impotente y llegaba a la puerta asfixiándome, hasta que una noche en que yo fumaba sentado en el balcón, mi hijo menor se acercó y me dejó caer, como balde de agua fría, como puñalada necesaria o como sentencia de un inapelable desafío, mirándome a la cara, dijo:
-No sigas fumando, papi; no quiero quedarme sin papá-.
Algunos años han pasado y ahora mi niño asoma a los nueve. El sabor y el hedor de la nicotina han desaparecido, y de alguna manera mi salud ha mejorado. Me siento comprometido conmigo y con mi familia, y mi hijo es el mejor vigilante. Jamás he vuelto ni pienso fumar, y me entristece mucho cuando pienso en lo que le sucede a Sandro en tiempos en que son necesarios repertorios tan vitales como los suyos.
Sandro es un poeta y un magnífico intérprete que ha escrito verdaderas joyas musicales como Quiero llenarme de ti, París ante ti, Las manos, Penumbras, Una muchacha y una guitarra, etc.
Ojala el destino pueda levantarlo de donde ahora está y que él pueda rebasar esa desgracia tan dolorosa.
Los poetas nunca mueren, sobre todo los del calibre de Sandro, nuestro Elvis Presley, el muchacho de América, el hombre-energía que, como muy pocos, ha sabido cantarle al amor y llegar al alma de los enamorados..

lunes, 23 de marzo de 2009

Las miradas fugaces (16)








Esta primavera tiene la razón

Paul Éluard, el excelente poeta francés que vivió para amar y cantó al amor con la destreza de un finísimo renacentista, cierra uno de sus magníficos poemas con un verso excepcional: Esta primavera tiene la razón.
Me acuerdo ahora que mis obligaciones laborales, ya disminuidos algunos problemas de salud que me descubrieron hipertenso, me han devuelto a esta Managua de cuaresma inigualable por los altos grados de su calor y la humedad relativa.
La primavera ha llegado y ha sido como una anticipación demasiado tibia de un verano que, además, es permanente.
Es cierto que aquí existen pocos puntos de encuentro y que se carece de algunas ofertas de las que hay en otras ciudades, incluso en mi país.
Pero basta ir a una de sus dos principales plazas comerciales –Plaza Santo Domingo o Metrocentro- y fijarse en la expresión de los transeúntes o en esa belleza tan triste y pálida que hay en muchas jóvenes de las que andan con jeans que dejan el ombligo al aire, para saber que la tristeza de muchos latinoamericanos es tan auténtica que no sirve ni siquiera para mentir ni de máscara, porque nos desmienten las proclamadas alegrías y hasta el propio baile.
Sobre esto, hace varias décadas que el genio indiscutible de Octavio Paz detuvo su mirada escrutadora en un libro extraordinario como El laberinto de la soledad, obra magnífica que tan copiada ha sido (igual que España invertebrada de José Ortega y Gasset) por esos mequetrefes antihaitianos de mi país que defienden una matanza atroz a la que algunos de ellos no hubiesen sobrevivido como bien ha apuntado Pedro Conde, nuestro escritor más mordaz.
Los latinoamericanos somos como una pregunta sin respuesta, una negación permanente, un dejarse llevar por realidades que muchas veces son inventadas y que nos convierten en víctimas.
Managua es una ciudad acordonada por una envidiable naturaleza que incluye flores de colores siempre encendidos, bosques de espeso follaje y cielo mayormente espléndido; nada de esto impide que algunos días esta ciudad se convierta en un verdadero baño de sauna.
Pero es en Nicaragua donde se puede sentir mayor pasión por la poesía. Cada nicaragüense lleva por dentro un pequeño Rubén Darío.
No conozco otro país donde se rinda tanto culto a la poesía ni donde existan tantos poetas jóvenes como aquí.
Problemas de salud no me permitieron participar en el reciente festival que contó con la presencia de poetas de todo el mundo, pero pude seguir desde mi país todas las actividades.
No hay adjetivos para definir esta primavera, y tampoco esa es misión de estas cuartillas escritas por un hombre que está lejos de su país y que, como todo mortal, es embriagado por la nostalgia porque asoma a un balcón o se acoda en un alféizar desde donde ve extinguirse los últimos cielos rojizos o amarillos de un ocaso que inevitablemente ha dejado atrás al día para dar paso a la noche.
Cuando uno está lejos y entristece siempre dice cosas sin importancia.
Como ahora.
Sí, como ahora.
Esta primavera tiene la razón.

lunes, 2 de marzo de 2009

El amor y la muerte según Matías Alcántara




Un bello recuerdo del poeta Matías Alcántara

Como nadie muere a destiempo y las cosas nunca son como suceden, me quedaré aquí hasta la muerte. Eso fue lo que se dijo esa tarde Matías Alcántara, poeta del amor y prócer de la república de los que ingresaron a las filas del 1J4 o del MPD, cuando soñar era un grave delito y estrenarse un pantalón o una camisa un vicio pequeñoburgués.
Ese día había sido particularmente fresco. El colibrí vino temprano a buscar su alimenticia ración de polen y luego se fue dibujando en el aire esa indefinible arquitectura que solo las aves, por inescrutables designios, pueden hacer con tanta elegancia y precisión. Después del mediodía el poeta se sentó en el balcón como hacía habitualmente y, una vez más, comprobó que era bueno ver los pechos difusos de alguna muchacha mientras simulaba llenar el crucigrama. Como todavía fumaba estaba armado de la marlboro light y la caja de fósforos, consumió varias tazas de café veces y abandonó el lugar solo cuando se sintió apestoso de la nicotina que se reflejaba en su bigote y en las manos casi trémulas, además de dejarle un insoportable aliento.
Minutos después estaba acodado en el alféizar, y se dijo que la vida y la muerte no eran más que sinónimos utilizados habitualmente de manera incorrecta, y así quería abordarlo en la novela que pretendía concluir a fin de año, Los nietos de Machepa.
A eso de las seis se abismó contemplando el mar que, como sucede siempre que hay cielo espléndido, se veía cubierto por un límpido y brillante azul.
Realmente las cosas sucedieron antes pero después de Federico García Lorca y su Llanto por Ignacio Sánchez Mejías (sic) nada sucede a las cinco de la tarde.
Fue a las cinco de la tarde cuando el viento se llevó los algodones y un ataúd con ruedas es la cama. En esas terribles cinco de la tarde el poeta quiso comerse el cadáver que yacía en la arena, como Miguel Hernández con su Elegía. Lo mismo sucedió a Luis Cernuda y así se revela en su A un joven marino.
Es que del amor y el deseo hablan los poetas, probablemente los únicos autorizados a ejercer ese magisterio que anula las fronteras entre la realidad y el deseo.
Matías lo sabía. Yo que fui su cómplice niño puedo decirlo.
Y ahora que la tarde dominical reverencia su última emisión de muchachas y veo a Shakira contorneándose, recuerdo ese ocaso porque soy el único testigo. Hace ya más de treinta años.
El poeta no estaba sobrio ni ebrio y amaba la vida que parecía despuntar, estaba con los codos apoyados en el mismo alféizar que ha sido testigo de su vida, el lugar desde donde probablemente captaba sus mejores versos.
La tarde mortecina era radiante aún cuando el viejo bm azul dobló raudo y se detuvo enfrente. Él aspiró su cigarrillo y dejó que el humo ascendiera en volutas lentas hasta que el vehículo se detuvo y la muchacha con traje sastre se desmontó, un gesto de cabeza para recoger el mechón ceniciento que por momentos le impedía la mirada. El cigarrillo cayó al suelo y él oyó el taconeo de la muchacha ascendiendo las escaleras probablemente oscuras y poco limpias, porque así las imaginaba. Oyó cuando la muchacha abrió y cerró la puerta, luego se quedó esperando un evento tanto tiempo soñado y la muchacha asomó a la puerta de cristal grueso envuelta en una toalla color vino, que se precipitó al suelo y él pudo contemplar, en fugacidad eterna, aquellos pechos firmes y abundantes, y pensó quetodo era un regalo de Dios.
Tres décadas han pasado desde entonces; todavía oigo el taconeo en esas escaleras y siento la fragancia del jabón. Desde entonces Matías celebra la vida y yo lo contemplo solo para decirme que, a veces, no existe tiempo alguno.
Una muchacha desnuda, aunque sea en la memoria, es un verdadero regalo de Dio.