sábado, 15 de agosto de 2009

Las miradas fugaces (21)


Si la memoria no me traiciona

Después de cinco años de labor en el servicio exterior dominicano, regreso a casa. En cada país donde estuve dejo amigos, muchos de los cuales se han vuelto entrañables. En mí están calles y nombres porque en cada ciudad me sentí como en mi país, aunque de regreso a la casa o al hotel, sintiera la espantosa soledad que se adueña de nosotros cada noche, después de cada recepción, cada sábado y cada domingo, cuando nos levantamos y sabemos que no estaremos en la oficina y miramos hacia un lado, posible al alcance de la mano, el teléfono casi muerto, entonces hacemos un gesto de desdén y entramos a la red a leer cuanto periódico o revista encontremos.
Ese tiempo fue más que suficiente para entender un poco más las incertidumbres que padece el ser humano, las mezquindades, los abismos en los cuales uno a veces se hunde sin darse cuenta. La vida es afán y agonía, y la distancia es como el viento, según el estribillo de la canción italiana. Fui paria y transeúnte detenido ante los escaparates mirando con asombro, invocando un gesto de ternura; quise ser juglar pero apenas fui un hombre que, para no dejarse destrozar por la nostalgia, se esclavizó ante el televisor siguiendo cada episodio en que mi equipo de béisbol favorito, los Yanquis de Nueva York, caía o salía airoso. Confieso que algunas eventualidades anímicas me impidieron concentrarse, como debía ser, en mi labor intelectual. Mañanas enteras pasé frente al computador, abierto en Word, sin encontrar la palabra adecuada. Cada texto es una mirada y cada mirada un paisaje.
Amigos y amigas que conocí y traté durante ese breve ejercicio, les prometo no olvidar porque olvidar es traición y crimen. De manera permanente estarán vivos en mis afectos, si la memoria me lo permite.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Las miradas fugaces (20)






Lucecita Benitez

La extraordinaria cantante puertorriqueña, recibió hace pocos momentos el permiso para residir de manera permanente en esta media isla privilegiada por la naturaleza y desgraciada por la voluntad de los hombres.
De esta manera la magnífica intérprete de la Nueva Ola se une a Julio Iglesia y a Danny Rivera, quienes hace ya tiempo residen en nuestro país.
La información me alegra, pues soy fans de Lucecita, que junto a Chucho Avellanet y la inolvidable Carmita Jiménez, conforma el trío de mayor calidad en la historia de la música portorriqueña.
De ella amo su vozarrón bien administrado y su ética profesional, y es capaz de enloquecer a cualquiera cuando interpreta esos boleros inolvidables. De doña Carmita admiré siempre su temperamento tierno y apacible, y considero que Chucho, aún después de los 60 años, conserva la voz magnífica transmitiendo sentimientos como solo las estrellas como él pueden hacerlo.
Recibo con júbilo la información y celebro su presencia entre nosotros.

martes, 4 de agosto de 2009

Las miradas fugaces (19)

Entre Managua y Villa Juana
Luna que se quiebra sobre las tinieblas
de mi soledad...

Managua es un horno y un espejo en el que se reflejan las máscaras del júbilo. Hermosas muchachas pasan sonrientes, cuerpos enfundados en esos vaqueros que bien merecen, de parte de las féminas, un monumento, porque disimulan tanto como muestran y recogen.
Ya es de noche y aun estoy en esta ciudad caliente, donde flora y fauna son únicas, y se baila y se bebe como en toda liturgia pagana; pero realmente estoy allá, en Villa Juana, el barrio donde crecí.
Recuerdo una muchacha, una cabellera y una bachata próxima que nunca me ha entusiasmado. Evoco aquellos labios y mis dedos en el bosque fragante del cabello, interrumpiendo esa mansedumbre, ahí donde la noche es bronca y el día peligroso como dijo el inmortal René del Risco Bermúdez cuando, a mis quince años, requerí su mecenazgo y él correspondió con esa sonrisa tan suya con que solía entender las cosas.
Camino por las calles estrechas donde se juega dominó y se bebe. Veo las luces débiles bajo una lluvia pertinaz y me detengo bajo algún alero. Es demasiado triste la manera en que cae esta lluvia, que aquí jamás ha cesado. Oigo los pasos de mi madre en la cocina. Se ha despertado muy temprano para preparar el desayuno, mientras tintinean los utensilios de cocina, y el aroma enloquecedor del café fresco y embriagante inunda la casa, poco antes de que empiece el programa México en la canción, porque mi amiga y excelente locutora Luisa María Martínez ya ha dado la hora y empiezan a oírse los violines del mariachi. En la Voz del Trópico siempre es ayer, y a cada instante lo compruebo.
Pero es tarde aquí. Managua es pura locura bajo la lluvia y hoy han desfilado por las céntricas calles los más hermosos ejemplares de caballería. Yo los veo, aunque realmente estoy ausente. Cruzo ahora una calle de la zona norte de mi ciudad capital. Hay pelotas de béisbol rebotando de las paredes. Hay caballitos de plástico compitiendo en el agua de los acantilados, y es que a pocas cuadras está el Perla Antillana, el memorable hipódromo de Pedrito y Dicayagua, cuya estatua es el más alto monumento ecuestre levantado a ejemplar alguno.
Todavía estamos en la pubertad o vamos entrando a una adolescencia que marcará nuestras vidas.
Somos los muchachos del barrio y aun desconocemos lo que nos guarda el destino. Somos ingenuos y parecemos pendejos.
Apenas el tiempo, si es que pasa, podrá decir o revelar esas magias que atribuimos al destino.
Este sábado es la fiesta hípica, tradición de primer orden entre los pinoleros. Me lo dice la piel. Me lo repite el viento y hasta quienes pasan bachateando. Ellos también tienen sus obsesiones, sus secretos, sus problemas íntimos. Algunos toman pastillas para conciliar el sueño, se afeitan y se sientan correctamente a la mesa. Uno es mucho, y dos es multitud, dicen.
Mientras, yo sigo aquí porque de allá nunca he salido. Sigo cantando, soñando, escribiendo, muriendo a cada instante. Vuelvo a oír la voz de mi madre y a sentir los olores de los alimentos que prepara amorosamente.
Pienso en el colibrí y en las libélulas (caballitos del diablo), en las mariposas y en los algarrobos, en las mascotas que tuve y en lo que no tuve. Y toda distancia disminuye. Es día de Reyes y amanece, me levanto y busco debajo de la cama donde, ilusionado, la noche anterior puse un recipiente con agua y un par de cigarrillos negros, y ahí está el juguete que siempre tuve, lo recojo y se lo enseño a madre. Ella me mira con esa húmeda tristeza que siempre hubo en sus ojos.
Hoy es ayer, y jamás ha pasado.
" Luna que se quiebra sobre las tinieblas
de mi soledad..."

domingo, 19 de julio de 2009

La Revolución Sandinista 30 años después

Managua, 19 de Julio de 2009.- Ayer sábado se celebró aquí el Día Nacional de la Alegría porque un día como ayer el dictador Anastasio Somoza salió huyendo del país en un avión que lo depositó en Miami después de mucha resistencia, como lo que realmente significaba: una dictadura podrida como son todas las dictaduras y, talvez, el fin de una serie de abusos y tropelías. Los dictadores manejaron a estos países como si fuesen fincas privadas.
Hacía ya varios días que en las calles de esta caótica ciudad empezaron a flamear las banderas del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), en las oficinas públicas y en vehículos de todo tipo las he visto. El rojo y el negro, como banderas, dejan en nosotros, los dominicanos, recuerdos imperecederos de uno de los más dignos y enaltecedores de todos los movimientos políticos del siglo pasado, el Movimiento Revolucionario 14 de Junio, conocido con la sigla de de 1J4 e integrado por un puñado de valientes jóvenes que ofrendaron sus vidas con el propósito de que nuestro país ingresara al repertorio de naciones democráticas del continente, pero que fueron fulminados por los esbirros de la tiranía que nos subyugó durante más de 30 años.
Las autoridades nicaragüenses anunciaron por todo lo alto, y con suficiente anticipación, los festejos del 30 aniversario de la revolución sandinista, cuando el país se encuentra gobernado por Daniel Ortega, uno de los héroes de la inolvidable epopeya.
Este domingo 19 de julio Nicaragua festejó con una multitudinaria concentración en la Plaza de la Fe, o de la Revolución, el 30 aniversario de la victoriosa hazaña, y a pesar de la austeridad mañana lunes 20 ha sido declarado día no laborable y, todavía, en las calles de esta ciudad se sienten los efectos de la conmemoración.
El nicaragüense es un pueblo laborioso en búsqueda de oportunidades para su crecimiento, un país con una flora magnífica y una fauna envidiable. Cuando estoy en mi casa de Santo Domingo extraño en las madrugadas el canto de tantas aves, desde el crepúsculo del amanecer hasta el de la tarde. Las mismas aves que me despiertan cada mañana junto al rumor de la fronda, cuando Radhamés Alfredo ha cambiado de cama con la anatomía de sus 9 años recién cumplidos y sus indefinibles ternuras.
Este es un pueblo orgulloso de sus victorias y unas banderas flameando como en lo mejor de aquellos tiempos definen sus sueños.
Saludo con entereza esta fiesta en la han sido castigados los acontecimientos de Honduras, cuando en la madrugada de Tegucigalpa un presidente electo por el pueblo fue asaltado y sacado del país en ropas de dormir. Conmemoro a Sandino y a Gregorio Urbano Gilbert, dominicano este último que supo esgrimir la espada en contra de las injusticias.
Este 30 Aniversario de la Revolución Sandinista quedará, de alguna manera, grabado en mi memoria hasta que la fragilidad y el destino lo permitan.

miércoles, 8 de julio de 2009

La muerte en el combate (1972)

Reproduzco, intacto, mi texto de juventud La muerte en el combate, opúsculo con el que realmente empieza mi vida de escritor, a los 17 años, y que fue publicado por la Editora Cultural Dominicana.

La muerte en el combate

Siempre será dulce la muerte en el combate,
morir con los ojos abiertos
caer como hojarasca entre un grupo de camaradas,
siempre sera dulce morir de tarde,
frente al mar
oyendo los tambores del combate.

Esta ciudad fue centro, principio y fin
de la jornada.
Escenario de los combates nocturnos,
de las matanzas, de los malos entrendidos,
de las rafagas quebrando ramas en los aalmendros.
Los dias transcurrian lentos como paloma
de alas rotas
sobre la multitud,
nos conocimos una mañana de marzo,
realmente gris y fastidiosa.

Tocamos tambores y sirena,
y el fuego se hizo orden, vigencia y permanencia.
cortamos espigas y corrimos levantando banderas,
disparando.

Yo no violé tu cuerpo,
nadie hubiera logrado tocarnos
nadie tuvo tu estatura
a no ser que yo tuve entre las manos
la mansedumbre de tus cabellos.

Entonces no hubieramos ido al combate,
no moririamos junto a los demas,
ni estaría contandote esta historia
sucedida en un país amargo.

Yo no estaría mirándote fijamente
a los ojos.
Contornos de árboles y de espigas
fuimos,
de puertas entreabiertas,
caminantes perdidos en el absurdo de la
noche,
amantes del mar y las gaviotas
ruídos de fusiles fuimos ,
conocedores del plomo y de pólvora.
Músicos, comerciantes, poetas.

En esta ciudad nos conocimos,
tocamos el cuerpo de los muertos y
los pájaros
y morimos apretujados en multitudes.
El mundo entero crecía entre nosotros
y en nosotros, el corazón de las gaviotas.
Luego la voz de la guerra apareció
rompiendo los cristales,
y estuvimos allí, entre las ametralladoras,
defraudados en aquel mundo agridulce como la vida.
Y estuvimos viviendo el exterminio
arrancando de cada árbol una hoja
y presentando cartas a la muerte...
Las cenizas de nuestros muertos
permanecen en nosotros .

El humo chamuscaba las paredes,
dejaba cierta amargura en la mirada.
No hemos olvidado los combates que
libramos en las madrugas de marzo,
las vidrieras rotas,
el fuego quemando las manos del combatiente
como arcilla recién sacada del horno.

Levántese, comandante, con su silencio nos aflige.
No venimos de la noche,
estuvimos junto a usted
en medio del espanto y las balas,
cuando la muerte rondaba la ciudad
y las ametralladoras cantaban
en los días de un verano
caluroso y gris.
Debe recordarlo comandante,
éramos pequeños y delgados
en aquella ardiente estancia
de palabras muertas,
donde los muertos y los vivos eran iguales
y la esperanza alegró por un momento
el corazón de nosotros : su corazón
comandante
ahora abrevia sus latidos
que no le alcanzan para levantar la voz.
Avancen, muchachos ...avancen
tenemos que tomar la ciudad
Felo esta herido.
Los crepúsculos eran lentos como días.
Ciudad nueva, era grande y triste
y el mar crecía en el corazón de las
muchachas.

¿Cómo olvidar la guerra en la que tantos calleron,
las matanzas, las explosiones,
el fuego quemando los cabellos,
los compañeros sin enterrar?
No había tiempo.
No había tiempo para detenerse
a contemplar las mujeres de rostros
indiferentres.
No había tiempo comandante
cuando su voz cansada ordenaba disparar
sólo se veían la bocas de los fusiles
en los callejones,
alguien gritaba: no disparen ...no disparen.
Entonces sabíamos que allí había uno
de nosotros, atrincherado...
Debe recordarlo comandante, los días
sin comida...avanzando ...
tomando metro a metro la ciudad...
las noches de lluvia...las amenazas del enemigo
los invasores muertos...
Ahora le parecerán extrañas estas cosas.
y si cuando llegue a su morada, comandante,
encuentra alguien más justo que nosotros
pida paz para esta tierra...
cuéntele de esta lucha sangrienta y agria
de sus hombres, de sus obreros,
de las pobres y tristes lavanderas
resuma la historia,
cuéntele de nosotros, comandante
y diremos presente.

Comandante, usted con su silencio nos aflige,
tome su bastón para decir presente.


Radhamés Reyes-Vásquez
Santo Domingo, marzo de 1972

martes, 23 de junio de 2009

Ejercicio 1

El sueño del colibrí
Martes 23 de junio

Tengo entendido que ésta, noche de San Juan cuando las aguas reciben a los cuerpos nocturnos, es la noche más corta del año. Hace apenas horas se produjo la más larga, la que da la bienvenida al verano a pesar de que en el trópico hace ya tiempo que el verano ha sacado la lengua.
Noche es noche. Es júbilo y tristezas calladas. Alegrías a veces fugaces como las apariciones del colibrí, y ya se sabe que el ave diminuta es, más que ave, inapresable flor viva que vuela y asombra.
Desde niño me enloquecen los colibríes y aun puedo pasar horas muertas inamovible en el balcón o dentro de mi estudio espiando aquel que todas las mañanas busca vida en la flor.
Los colibríes conforman la poca magia que todavía nos queda en un mundo incalificable con sus virtudes y sus maldiciones.
Muchas veces me pregunto ¿cómo, de qué manera se inventó al colibrí?
Pero realmente no quiero saberlo.
Es mejor el misterio que envuelve a lo sagrado.
Saberlo sería morir, quedar apresado entre las patas del ángel, disminuirse o renunciar a la gloria mezquina e intransferible que ha sido concedida a los mortales.
Retrocediendo, tratando de poner las cosas en orden, renunciando a la magia del azar, es hora ya de ir al balcón o de esclavizarme en el alféizar no vaya a ser que venga el colibrí y yo me lo pierda.

miércoles, 6 de mayo de 2009

Las miradas fugaces (18)

Las flores oscuras

de Nadia Anjuman



Nadia Anjuman, una bella mujer y una magnífica poeta afgana, fue asesinada a palos por su marido, allá en las oscuridades decimonónicas y malditas donde la opresión en contra de la mujer es más que criminal. Entraba ella a la plenitud de la juventud.
Llamarle bestia a quien asesinó a la madre de su hijo de cinco meses de edad sería ofender a los animales. El pecado de Nadia Anjuman fue simplemente haber leído a algunos autores occidentales, como Shakespeare o Dostovyeski, escritores supuestamente malditos.
En ese mismo Afganistán hace poco que Shakira desató todos los demonios del mundo simplemente porque “enseñó demasiado piel”, y una televisora fue amonestada debido a que se atrevió a transmitir algunas de las imágenes de la efervescente colombiana, aun cuando en sus bailes se evocan las danzas árabes. Entonces alguien escribió que el mundo estaba arrodillado ante las caderas de la atractiva artista.
En esa totalidad donde todos los mundos se encuentran, con el perdón slogan del centro de arte santiagués, he encontrado un poema de Nadia Anjuman, un texto muy breve pero de una gran transparencia, que reproduzco a continuación.

Una poema de Nadia Anjoman

traduccion de Andres Alfaro

No tengo ganas de abrir la boca
¿De qué debo cantar?
Yo, quien está odiado por la vida,
No hay diferencia de cantar o no cantar.
¿Por qué debo hablar de la dulzura?
Cuando siento yo tanta amargura.
Oh, el festín del opresor
Me tocó la boca.
No tengo ni un compañero en esta vida
¿Para quién puedo estar dulce?
No hay diferencia de hablar, reír, Morir, ser.
Yo con mi soledad agotada
Con dolor y tristeza.
Nací para nada.
La boca se debe precintar.
Oh mi corazón, ya sabes que es la primavera
Y el momento para celebrar.
¿Qué debo hacer con un ala atrapado?
Que no me deja volar.
He estado callada por demasiado tiempo
Pero nunca me olvido la melodía,
Porque cada momento cuchicheo yo
Las canciones de mi corazón
Que me acuerdan del
Día que voy a romper la jaula.
Volar de esta soledad
Y cantar como un melancólico.
No soy un débil árbol de álamo
Que cualquier viento va a sacudir.
Soy una mujer afgana,
Así que sólo tiene sentido para gemir.
Este breve poema dice más que todos los libros de historia y de ensayos que puedan escribirse tratando aquella verguenza.
Nadia Anjuman estaba próximo a cumplir veinticinco años cuando fue salvajemente asesinada.