viernes, 28 de agosto de 2009

Las miradas fugaces (22)






Las miradas fugaces (22)



La calurosa tarde de este viernes 28 de agosto parece extinguirse. Los minutos caen al alma como si fuesen puñaladas, las ilusiones se desmoronan y en el sopor del crepúsculo hay una multitud de recuerdos variopintos que van adueñándose de uno, hasta terminar abismado. Hace falta el rumor de ese mar que parece sucio, hace falta la piel que tocaste en algún lejano lugar, la mirada tierna de la muchacha del puerto, la voz de extraño acento, la lluvia finísima que iba cayendo cuando cruzaste la calle defendiendo la vida y sus principios.
Desde las primeras horas de la mañana no hay fluido eléctrico. El niño ha salido y estás solo. Almorzaste en tu cuarto, y aunque ya no fumas pediste una taza de café.
La muchacha del servicio te preparó el café y lo tomaste casi amargo, pues hipertensión y azúcar no van bien.
Aumenta el calor a medida en que se aproxima la noche, parece una ironía pero es real. Te desperezas y contemplas ese balcón que tanto amas. Hay pocos ruidos y eso es bueno. Puedes escuchar la radio estereofónica y su música suave. Pero has entristecido, hace días que te sientes triste. Algo lejano pero muy próximo te está latiendo y sientes que fosforecen tus mundos con esas criaturas interiores que todo lo revelan.
Si fumaras estaría frente a ti el cenicero abarrotado de colillas y el cuerpo tan hediondo como en aquellos años.
Lo cierto es que te sientes demasiado triste. A veces el silencio es mortal, piensas. Hacía años que no te sentías tan triste. Y te niegas a oír esos boleros con los que antes enloquecías. También has disminuido el alcohol. Pero estás demasiado triste. No llamas a nadie aunque te quedas contemplando el teléfono. Tampoco nadie te llama, pero si alguien llamara seguro que te negarías a abrir el Motorola que sientes tibio sobre tus piernas para responder, aunque sea tu misma madre. Olvidar sería magnífico, pero eso ya no es posible. Porque aunque estás en tu adorado balcón, frente a un mar en apariencia apacible, siempre te has negado a ser feliz. ¿Qué otra cosa es la felicidad sino un vivir olvidado de todo, sin esas ataduras de la memoria, sin esa piel que te persigue, sin esas manos, sin aquel regazo tan tierno?
Oyes pasos en la escalera, pero son pasos sordos, como acolchados, como si fuesen los pasos del dolor, el gesto del asombro, ese no saber nunca nada; y, de repente, sin que te expliques por qué, sientes ese mechón de pelo ceniciento tan fragante, y recuerdas las palabras que ahora escuchas, las mismas que te dijeron cuando te miraban fijamente a los ojos, cuando te advertían de ciertas actitudes que también recuerdas.
Ya es noche, prima noche y es menos caluroso el tiempo. Frente a ti lo que de sol ha quedado es una pequeña bola rojiza, bermellón, con destellos amarillos, y ese cielo imponente parece un fresco indefinible. De hecho es una obra de arte, una magnífica obra de arte. Has llegado a esa conclusión después que….es mejor no decir, piensas, no revelar algunas cosas y dejar que suceda lo que tiene que suceder. Un olvido, un suicidio, una puñalada dentro de un cuerpo buscando lo que no se le ha perdido.
Hace poco, en otro país, te preguntabas algunas cosas que ahora pareces confirmar. Es la vida, te dices, una mierda muy preciada por la que tantos se han inmolado. Solo muere quien de veras ama la vida, aquel para quien fue inventada la fiesta. Entonces, como todas las tardes, buscas uno o varios libros y regresas a tu balcón con el rostro adusto y la mirada medio perdida. Abres y cierras algunos libros mientras sostienes otros sobre las piernas. Quien inventó la fiesta inventó la muerte, el mismo que ha creado la vida. Pero el tiempo se muerde la cola. Aún no ha regresado el fluido eléctrico, esa misma ausencia que anoche te mantuvo despierto hasta bien entrada la madrugada. Mierda, coño, te dices, nos han jodido estos malditos políticos que solo saben asaltar al erario público y ahogar al pueblo con impuestos.
Es mejor oír algo de Britney o de La Toya, pero sucede lo de siempre, lo que en su primera juventud Neruda dijo como sólo él podía decirlo:
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Estás triste, demasiado triste. Alguna ilusión se ha deshojado dentro de ti, alguna de aquellas violetas, algún recuerdo se ha desmoronado para ahogarte en sus espesuras.
Es viernes aún y es mejor oír algo de Britney.