domingo, 5 de agosto de 2012

Un recuerdo de Altemar Dutra


Hay  tiempos (por no decir días, mañanas, tardes o noches) en los que el verbo evocar se conjuga en todas las acepciones posibles.
     Durante los  primeros años de la década de los 70, siendo un mozalbete tímido y espigado, quien escribe  ya laboraba como locutor. Había debutado en la gloriosa Radio Reloj Emisoras Unidas del siempre bien recordado doctor Pedro Julio Santana (Pimpín), uno de los seres humanos más dignos que  he conocido, un hombre alto y delgado, siempre de impecable chacabana blanca, que llegaba a los estudios de la Arzobispo Meriño 30, casi siempre al atardecer. Mi horario era, en principio de 4 a 7 de la noche, y después de 7 a 10, hora en que las radioemisoras del país tocaban el himno nacional para cerrar hasta las 5 o 6 de la mañana del día siguiente, una costumbre que solo rompía la  Radio Tricolor de Hugo Hernández Llaverías ahí en los 1410 khz de A. M. Por eso se identificaba como La reina de la madrugada.
      Pues bien. Aun era yo estudiante de la secundaria y Miguel A.  Hernández, entonces el único comentarista de artes y espectáculos del país, hizo que yo le acompañara en su programa Artes y Espectáculos en el Aire, que se transmitía de lunes a viernes por Radio Ahora, división de radio de Publicaciones ¡Ahora!, fundada por el doctor Rafael Molina Morillo, fundador también del primer periódico vespertino y, otra vez, el único: El Nacional de ¡Ahora!
        Era un adolescente de voz grave y no fueron pocas las  veces en las que muchas radioyentes pidieron al único columnista de espectáculos de entonces, Miguel A. Hernández, que publicara mi fotografía porque no podían creer que yo era tan joven con una voz de ese calibre. Salía corriendo del colegio donde estudiaba la secundaria para llegar a tiempo, a Radio ¡Ahora! Terminado el programa corría hacia la casa para ducharme, comer y salir casi de inmediato a Radio Reloj Emisoras Unidas. Además, inventaba tiempo para entrevistar a algunos artistas que visitaban al  país,  entrevistas que  transmitía en el programa radial y que, luego, ya en mis comienzos como periodista en El Nacional eran publicadas.
     En aquellos tiempos, en labores propias de lo que ya era mi oficio, fui a los estudios de la antigua Radio Televisión Dominicana (Canal 4) para entrevistar a Altemar Dutra, quien actuaba entonces en El  show del mediodía. La voz de Altemar Dutra siempre me ha gustado, y sigue gustándome casi con el mismo fervor. Aquella era una tarde calurosa y salimos en carrera, como se decía entonces a los vehículos abordados en exclusiva, sin montar otros pasajeros, como los taxis de ahora. ¿Dije taxi? Pues no solamente lo dije, sino que escribí la palabra y el ordenador no la puso en rojo, lo que indica que es palabra ya aceptada en este castellano tímido que se niega a quedar rezagado en la urgencia de los tiempos. Taxi era entonces una palabra muy extraña en este país, pero ahora es palabra común por lo que al escribirla ya no se usan las cursivas.
     Esa tarde Altemar Dutra era un hombre medio cabizbajo, de estatura mediana y algo pasado de libras, vestía camisa clara de mangas cortas. Tomamos el vehículo y nos quedamos en la cuestecita de la Sarasota para caminar hasta El Embajador, nuestro clásico hotel 5 estrellas que aun permanece hirsuto con su habitaciones mirando hacia el  mar Caribe.  No recuerdo con exactitud lo que hablamos durante aquel encuentro, pero ha quedado grabada en mí aquella sonrisa tan triste, el hombre de gestos casi tímidos, quizás  atormentando por algún recuerdo infeliz, o quién sabe si por  algún sentimiento de culpa, que entre todas las cosas es lo que más infeliz hace a los seres humanos.
     Esta tarde de jueves, 26 de Julio, oigo una vez más al carioca que, de verdad, canta con sangre en la garganta, como diría mi fraterno Anthony Ríos. Una voz que, empalagando, llega al  alma como todo auténtico  cantor. Llega hondo, demasiado hondo. Como muy pocos, con ese español estropeado por aquel cuya lengua es el portugués. Mientras fluye la tarde calurosa y espero a quien no ha quedado de  llegar, evoco y oigo a  Altemar Dutra, aquí, cobijado en mi balcón. Las 06: 23 de la tarde y aún quema el  sol, y aún despierta en la piel el recuerdo de otra piel, un nombre,  una fragancia que sentimos no ya en los 70 sino en los  90 o en los principios del  siglo, cuando creíamos que realmente el mundo nos pertenecía y no era esta sentina de farsantes y simuladores que se meten hasta por el hoyo de una aguja.
      Si ahora evoco a Altemar Dutra con regocijo y con una cierta tristeza casi ingenua, es porque al escucharlo desentierra raíces  en mis reinos interiores y en los de cualquier mortal que, igual que yo, se dispone a contemplar el ocaso y empinar el codo. Y es porque La pretendida y Qué quieres tú de mí hace ya décadas que son himnos populares de esos que motivan y ayudan a vivir y a morir cada vez que se levanta la copa que ahora levanto.
     Siempre me ha gustado esta hora. T.  S.  Eliot, feliz autor de La tierra baldía, le ha llamado hora violeta. Esta hora en que recuerdo a Altemar y apertrechado en mi balcón estudio compruebo cuán oscuro es el mar, como en el formidable poema de Miguel Alfonseca, pero con la diferencia de que las guerra de ahora es muy diferente de aquella que  cantó con envidiable lirismo el poeta de san Carlos. La de ahora es la peor de todas las guerras porque es guerra del corazón. Del corazón que enceguece por la pasión y, ebrio, procede a multiplicar sus errores.
     Soy amante del bolero, aunque lo sé alienante. Algo me dice que es memoria y es deseo, fatalidad y compases que arden y matan. Poesía popular que desnuda deseos reprimidos. Sigo escuchando esas voces portentosas que aun me conmueven. Felipe Pirela, Tito Rodríguez, Leo Marini, Marco Antonio Muñiz, Roberto Ledesma, Olga Guillot  y mi siempre amada Blanca Rosa Gil, la muñequita que cantaba.  Y qué puedo decir de Alfredo Sadel, si es mi buque insignia, aquel a quien escucho en todo momento y circunstancia, lamentando ese otoño en New York, cuando sentado en el segundo piso de la casa de mi amigo César de la Cruz, en For Washingthon con 88 Avenue,  después de unos tragos fabulosos que serían seguidos de suculento sancocho de tres carnes, bollitos de plátanos guayaos,  fritos verdes y envidiables rodajas de aguacate del país, me tocó al hombro convocándome al balcón. Una vez allí, me echó un brazo por la  espalda y,  señalando hacia abajo, me dijo: Mira quién está ahí, yo lo miré ignorante de lo que me hablaba y no me dio tiempo para más  nada porque me dejó caer la  frase muy seguro de lo que me decía: Es tu ídolo, Alfredo Sadel. Lo miré  incrédulo mientras lo miraba mientras comprobaba que era él, el tenor de Venezuela, uno de mis ídolos, probablemente el que vuela más alto en mi corazón, el muñeco de Caracas, quien estaba allí, una medio oscura tarde de una primavera agonizante. No bajé a saludarlo porque nunca me ha interesado conocer ni tratar en persona a celebridades que admiró. Prefiero que permanezcan intactos  en mi corazón. En mi fresca primera juventud  lo había visto cuando vino a actuar en la ópera Carmen en el Teatro Nacional, pero no fue en ese momento que nació mi afición por él. Fue años después, cuando movido por la  vida y los amores, me adentré en este mundo.
    Hoy la tarde ha querido que yo recuerde a Altemar Dutra y a Sadel, dos artistas monumentales. Dutra cantaba con el alma y con esa tristeza casi indígena hasta que murió en Queens durante los años 80. Sadel era capaz  de cantar la ópera Carmen con el mismo encanto que cantaba Como llora una estrella o ese Nocturnal que tan hondo me llega cuando lo escucho. Aquel señor de sonrisa casi ingenua  y modales muy educados no nació para respetar ni temerle a tonos musicales. Su portentosa voz sigue llevándonos a ese muy alto paraíso al que solo quienes son auténticos de verdad pueden  llegar.
     Yo los recuerdo y los celebro, escuchándolos. Soy su fans.  Pero ya es noche.  Noche joven y tibia. Y yo  estoy  en mi media isla. Escucho y veo los helicópteros que cruzan. Cláxones imprudentes. Voces y gritos de mozalbetes. Vendedores con megáfonos que ponen al desnudo la infeliz pronunciación de nuestra gente. Son recuerdos que regresan. Nombres y formas de cuerpos que siempre retornan. Fragancias de  encajes y colores de batas que dejan ver. Ruidos ligeros de neceser abriéndose. Una voz delicada. Memoria de piel que despierta cuando menos uno lo espera. Aquellos instantes efímeros pero tan eternos son como estas calles mojadas en noches de domingo, convertidas en espejos infelices y tercos. Tiempos que todo lo devuelven y regresan como si nos estrujara un periódico en plena cara al sorprendernos en la antesala del consultorio  del dentista..
     Están muertas estas calles que ahora veo. Reposa en el tramo el ejemplar de Neruda o esa novela de mi fraterno Alfredo Bryce Echenique. Ese jodido LP del Indio Duarte, esa mierda del poeta Quijada de Asno y el lugar donde alguna vez estuvo un opúsculo del hombre más envidioso del  mundo, como le llamó Marcio Veloz Maggiolo, por si señas faltan, nuestro escritor vivo más alto, actual coloso de  la literatura dominicana. Este bendito balcón me condena porque me y me convoca para enseñarme que la vida no es lo que muchos carajo creen en este país de escritores sin obra, poetas sin poesía, novelistas sin novelas, cantantes gagos y medialenguas, y políticos barcinos.
     Siguen irremisiblemente muertas estas calles mojadas convertidas  en espejos  que devuelven tantas y tantas cosas y a las que siempre pido, como si se tratara de una estrella fugaz,  que me devuelvan ese instante feroz, efímero y eterno en que la muchacha en quien ahora pienso me miró a los ojos tomándome las manos, como en rigurosa ceremonia eclesiástica,  eternizando en mi boca esa ferocidad que hay en las  mujeres cuando ciertamente se enamoran. Es noche y recuerdo a la trigueña espigada y delgada que alguna vez fue mi desvelo. Me conmueven algunas palabras que décadas después sigo escuchando y no sé si preguntarte a Sadel  o a Altemar, si entrar a Facebook o a Twiter para saber dónde está, si es que aún está, y preguntarle por qué, por qué todo se deshizo  de manera tal que la piel apenas recuerda.
     El amor es verdadero amor solo cuando se desea y perdura en el recuerdo.


domingo, 29 de julio de 2012

EN MEMORIA DE MI PADRE

EN MEMORIA DE MI PADRE
(Un texto del año 1977)

De ti no tengo, padre, ni la habitual fotografía
colgada en la pared.
Apenas el antiguo mecedor donde la abuela
duerme su siesta entre fantasmas. Ni siquiera
el apellido tan sonoro. Sólo tus ojos tan tímidos
y color café, tan precisos para atrapar el mar, la gaviota. el musgo
o el colibrí.
No remuevo, padre, tus cenizas. Dios libre
remover tus huesos. No te recrimino ni reclamo.
Demasiado es esta lluvia que me devuelve
tu efímera presencia. Como los árboles que ascienden
en su apacible homenaje a los muertos
que aún no han muerto.
Creces en la tierra que me devuelve tu nombre,
en la espiga danzante y en el olor de la madera.
En los insólitos espejos de las despedidas. Es bastante
asombro para una infancia que aun no llega.
Y ya tienes nietos, padre.
Unas manos peremnes en las mías.
Un lucero que no puedo definir.
Tantos infelices recuerdos.
Habrás sentido ya mis lágrimas calladas.
Estarás desvelado como las mareas
ajeno al chillido de las gaviotas.
Permanecerás en la constelación de Sagitario.
En la tibieza de la mañana. Engendrado.
Chispas surgiendo entre semillas y sonidos. Inquietas
algas,
pedazos de noches. Caballos jubilosos. Tenue luz. Demonio
envejecido sobre el pecho.
Confusión en la otra mano.
Las flores que sobre tu nicho no han crecido.
A propósito, ¿tienes nicho, padre?
Es mejor recordar el silabario abierto todavía en los pupitres.
las palabras que creímos inmortales
danzando tan opronto han sido liberadas.
Aquel árbol donde hizo escuela el dominó.
Donde me dijiste Soy tu padre.
No.
Es mejor delirar y ser el que no he sido.
Pues he conocido ya la muerte.
La vi muchas veces detenida entre tus párpados. La vi
en harapos. La presentí
desnuda como bella mujer.
La recuerdo en los follajes y en el musgo. La recuerdo
como te recuerdo.
Yo soy esta ciudad destruída. Tú eres la aldea callada.
Yo te doy las antiguas palabras y las manos. Te entrego
los navíos. te devuelvo la marea. Te devuelvo tu cielo y esta lluvia.
Los relámpagos y la marea.
Tú te llamas viento, noche o tempestad.
Siempre...Siempre eres, padre, estas palabras.

sábado, 22 de octubre de 2011

El dulce sonido de las campanitas del cristal de la alegria...

Aunque hace un calor terrible, ya se sienten los aires de fin de año. De manera que la Navidad ahora deja sentir su proximidad por los aires que exhala el tiempo. No es que me extrañe por esto, sino que hasta hace pocos años las navidades empezaban por la radio. Si no lo cree, recuerde aquel anuncio extraordinario, como solo un profesional al estilo de Freddy Ortiz podía hacerlo. Todos los años la Navidad comienza con el dulce sonido de las campanitas del cristal de la alegría. Ese es el texto del viejo comercial de Anís Confites, campanita del cristal de la alegría, de Pedro Justo Carrión. En principios, cuando don René del Risco Aponte (padre de René del Risco Bermúdez) escribió el texto, éste terminaba de esta manera, Anís confite sabe a besos de mujer. Después, a medida que el negocio de la publicidad fue creciendo y modernizándose en el país, el anís confite empezó a venderse como un producto para hombre y mujer. Campanitas del cristal de la alegría.

Vienen estos recuerdos porque ya es costumbre que en mi casa se instale el arbolito de Navidad durante los días finales de octubre. Y hace pocas horas que en la sala de mi hogar se ha instalado uno de los más significativos símbolos de la navidad. El arbolito.


No hay que decir que es un tiempo muy especial el que se aproxima. En Navidad hay de todo y tiempo para todo. Desde la chercha del aguinaldo hasta el propio momento de compartir, recordar, entristecerse, aislarse o meterse en la multitud. Regresan nombres y rostros, fugacidades que aun ignoramos que son eternas. Remordimientos y cuestionamientos. Tiempos para llamar o visitar a esas personas que amamos aunque les dedicamos poco tiempo. Y escribo, precisamente, mientras oigo, en el balcón de mis sueños y mis delirios, algunas de esas canciones tradicionales de la época. Y es el recién fallecido Luis Aguilé, autor de una de esas canciones emblemáticas, quien toca mis oídos con Ven a mi casa esta Navidad…


Con el arbolito montado y, de fondo, esa música que despierta tantos sentimientos dormidos, en mi humilde hogar ha empezado la época navideña. Feliz, es mi hijo quien me lo hace saber, y no hago más que transmitir a mis lectores esta realidad porque ya las tristezas, los júbilos y las nostalgias van despertando.

viernes, 7 de octubre de 2011

Algunos apuntes y las lluvias de la otra Villa Juana


Cuando recuerdo mi infancia, siempre llueve. Pero llueve en lugares que, ciertamente no puedo recordar aunque sé que estuve allí. Sé que llueve en los patios no muy grandes de alguna casa cuyo lugar nunca he podido definir. Y si llueve en el recuerdo no tan glorioso de mi infancia, llueve también en mi corazón, como llueve en las calles de Villa Juana; no esta Villa Juana sino la otra, esa que ahora existe apenas en la memoria de algunos de los que allí crecimos.


No recuerdo con exactitud un paisaje de Sobre héroes y tumbas en el que Ernesto Sabato habla de esa hora misteriosa del ocaso, cuando el día se aleja y se aproxima la noche. Sé que solo Sabato podría decir lo que dijo. Lo que he olvidado pero que duerme en algún lugar de mi alma, donde están esas mismas lluvias que ahora oigo y veo. Una pequeña galería, una mecedora de caoba en la que aún mamá duerme su siesta entre fantasmas en aquellos soliloquios que empezaban en la cocina, mientras preparaba los alimentos, y que luego continuaban en un rincón del comedor. Mamá se ha ido, fue en junio del 98, pero sigo oyéndola y aún la veo, precisamente a esas horas, en el corredor donde nunca estuvo. Pero sé que está conmigo. Estás siempre junto a mí, cuando duermo o mientras almuerzo o escribo, cuando camino o me detengo en el alfeizar porque siento que la vida me pesa, en fin, en cada minuto de mi existencia. Son esas cosas extrañas que nos suceden cada día.


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En estos momentos del día, cuando preparo mi escocés para instalarme en mi balcón-estudio, mientras escucho algunas de las canciones populares que han servido de fondo a esta vida a la que trato siempre de sacarle el jugo, me pregunto muchas cosas. A ver si alguien me dice en qué momento Luisa Maria Guell se tragóo el ruiseñor que siempre canta cuando ella canta. Cómo y dónde se metió en el alma de Neruda para que en su primera juventud pudiera escribir aquellos inolvidables e irrepetibles 20 poemas de amor. Qué dijo Borges cuando dijo que el peor pecado que puede cometer un hombre es engendrar un hijo y condenarlo a esta vida espantosa. Necesito que alguien, algún teórico de esos que andan por Ciudad Nueva destruyendo reputaciones y talentos, que venga y me diga qué dijo García Lorca cuando se refirió a un horizonte de perros vagabundos. O me descifre, en buen lunfardo, eso mismo, sí, lo del pucho de la vida apretado entre los labios…


El nobel Octavio Paz en su inmenso Piedra de sol habló de la copa de sangre del verdugo y de un sauce de cristal, un chopo de agua, un caminar de río que se curva, avanza, retrocede, da un rodeo y llega siempre. ¿Verdad que es esplendoroso? Quien quiera desmentirme no está vivo, es ajeno a este mundo y pernocta en siglos anteriores. César Vallejo, peruano tan universal como el mismísimo Mario Vargas Llosa, escribió con tinta de diamante: Me moriré en Paris con aguacero / un día del cual tengo ya el recuerdo. Siempre llovía en la vida y en la memoria de Vallejo, en la dura soledad de su breve existencia, en sus páginas. Porque Vallejo no escribió con tinta sino con el alma, con esas lágrimas que laceran de tanta eternidad contenida en sí misma.


Que venga alguien, algún escritorzuelo de esos de esquina con supuesto pasado izquierdista, esos que se creen dueños únicos de la verdad y que fueron a escondidas a conocer la filosofía del vivir que tenían las muchachas de Herminia cuando la noche despuntaba y la madrugada parecía no probable, allá, Máximo Gómez arriba, para después hacer parada técnica donde Blanquiní y enfrentarse, ya insinuados en el cielo los primeros destellos del sol, al humeante plato de mondongo o de cocido que el divino tesoro reclamaba. O acaso ¿no fue Rubén, uno de los latinos más universales, quien en glorioso acento expresó el dolor de la próxima edad: Juventud, divino tesoro, ya te vas para no volver / cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer.


Que venga uno de esos mediocres que apenas leen las solapas de los libros para después mentir y tenga el valor de decirme lo contrario. Sí, ¡coño! Mienten y engañan hablando disparates y pendejadas diciendo que han leído cuando no han leído nada. Los que en su vida privada nunca han sido honestos y pretenden dar lecciones de honestidad. Que vengan aquellos que han leído hasta a Betún de Griffin. ¡Que comparezcan si es que son auténticos! Que demuestren que es verdad la verdad que dicen tener en los puños. Demuestren que jamás mintieron al Partido ni fueron vividores precisamente a costa del Partido que dijeron representar junto a los humildes, los del montón salidos. Aquel pendejo, analfabeto y oportunista, que ha hecho de su vida un buitre porque ha vivido de la memoria de un familiar irremediablemente ya cadáver, quien fue demasiado auténtico en su corta existencia.


Concluyo ahora porque en mi corazón vuelve a llover y no acepto esos chantajes en un país lleno de novelistas que nunca han escrito una novela, poetas sin poesía, escritores analfabetos e intelectuales brutos. Prefiero recordar que llueve en los patios de mi infancia y en las calles de la otra Villa Juana. Llueve en los labios del dipsómano que vive en el hondo interior de aquella cuartería. Llueve. Sé que llueve. Siento la lluvia y la oigo caer porque me la trae la voz de Fausto Rey. Pero en Villa Juana ya no hay pendejos ni maricones. Los últimos murieron se fueron en la primavera del 65.




domingo, 21 de agosto de 2011


Estas lluvias, estos ocasos…



Llueve intensamente y anegadas están algunas calles.


Llueve como si lo que estuviese cayendo no fuera agua sino eternidades en las que las ausencias y algunos amores que creímos muertos definitivamente retornan, mientras mi hermano gemelo sigue solo en su balcón, talvez perdido en inconfesables lejanías.


Hace ya siglos que aquí llueve, como ayer en Centroamérica. Los teléfonos están mudos, y ni falta que hacen. Los muebles y los cuadros solemnemente enmarcados lucen pálidos, contagiados por la inútil tristeza de estas horas. Los electrodomésticos también han muerto. No se les ve brillo alguno y ni siquiera tintinean. Son horas lentísimas, por cierto. Pero horas tan vivas como las sombras del bolero aquel que aquí todos conocen como Cuando tu te hayas ido.


Para el escrutinio interior nada es tan apropiado como la lluvia a estas horas indefinibles, el ocaso llamado por T. S. Eliot, el gran poeta ingles, como la hora violeta. Nostalgias que van y vienen, nostalgias de todas las épocas y circunstancias.


Llueve tanto que apenas puedo ver el mar insinuarse y que en tiempos normales aprecio con todo su esplendor desde el balcón estudio donde escribo y leo, es decir, el único lugar donde realmente existo. Es un estudio pequeño y ya no acepta mas libros en sus paredes, entre y unos pocos recuerdos. Influenciado no se por quien, alguna vez escribí en la puerta una frase, una expresión ajena, aunque ignoro si la soñé, si la leí o si me la dijeron. Como es tan hermosa y premonitoria la escribo a continuación.


El poeta trabaja.


Por favor, no lo despierten.


Sé que alguien me leerá, sé que alguien, alguna vez, pronunciará un panegírico ante mi cuerpo inerte. Sé que alguien pronunciará mi nombre con labios trémulos. Querrán ponerle mi nombre a alguna calle o una escuela, a un recinto sin libros ni lectores que llamarán biblioteca. Sé que ha de ser así, pero aun llueve y la más sentida lluvia no es esta que cae sino la que no se ve porque desciende por los abismos del alma, aquellos que solo uno conoce sin ser el cuchillo en la auyana. Mientras sigo contemplando esta lluvia que ya es plena eternidad.


Ya es casi la noche y yo no tengo palabras para recordar ni siquiera el ayer que ya es este presente. Ya el maestro inolvidable, Octavio Paz, quien le quedó grande al Nobel, dibujo este tiempo. El presente es perpetuo.





jueves, 11 de agosto de 2011

La noche sin Xóchilth



La memoria de la piel



o el escozor de los amores perdidos





Es un caluroso jueves de octubre o noviembre, y estoy lejos, demasiado lejos. Las calles de Managua están anegadas. Desde la prima noche estamos en Galerías Santo Domingo. Nos instalamos en un pequeño bar desde donde hemos visto los cielos arder y saltamos abrazándonos buscando protegernos porque el trueno casi rompe los tímpanos. Parece que la noche se ha unido a otros elementos para que este encuentro no sea solo el de dos personas que se han conocido y empiezan a tratarse, sino que sea noche verdaderamente inolvidable y que la piel siempre recuerde. Horas después la lluvia persiste. Muy pocos han podido salir hasta el parqueo para abordar los automóviles. En el bar hay trovadores, mariscos sabrosos y vino suficiente por si esta lluvia durara una eternidad. Este es el país de la dama que me honra con su presencia y me otorga el privilegio indefinible de contemplar la privilegiada arquitectura de su cuerpo. Cuando se lo digo, promete regalarme este país que tantas riquezas naturales tiene. Es noche desmesuradamente inolvidable aquí, en La Vereda Tropical. A veces me pregunto qué hacer con tantas indefinibles ternuras, esta joven mano en la mía, estos labios que ya se han encontrado. Beso en el regazo. Picadas de ojos. Reconocimientos del tacto trémulo. La piel jamás olvida y la mirada no traiciona. Ayer nos creímos eternos, pero ya sabemos que somos transitorios porque contemplamos esta lluvia generosa.



En principio decidí llamarle Olga o Laura, pero después le llamé Xóchilth, cuando supe que esta palabra náhuatl significa reina de las flores. Ella misma es gardenia, azalea y azucena. Estamos juntos y no nos conocemos todavía, aunque algo dice que seremos inolvidables porque nos ata el gladiolo o el lirio que he puesto en sus manos.



No se por qué ahora, cuando contemplo el mar desde el balcón de mi estudio en Santo Domingo, su recuerdo vuelve con tanta fortaleza. Es 30 de junio, aquí se celebra el Dia del Maestro y ha pasado un torrencial pero breve aguacero mientras se disminuye la tarde calida y nublada. He intentado leer los diarios o algunos de los libros pendientes. He bebido café después del almuerzo y, luego, algunas copas de un tinto delicioso, no tanto como el que degustamos la noche en que temblamos mientras la muchacha esbelta y de largo vestido rojo fucsia entonaba aquella balada que luego convertimos en nuestro himno: Dónde estará mi primavera, versión de Myriam Hernández, la despampanante chilena que ahora se propone regresar a Santo Domingo en su ya acostumbrado concierto de todos los años.



Mis recuerdos de Managua, Nicaragua, están muy vivos y en muchas tardes me devuelven hacia aquellos bosques y los follajes constantes. La Vereda tropical o Donde estará mi primavera. Dos gardenias, el apartahotel Los Balcones, el restaurante María Bonita y sus memorables mediodías, los mariscos de Colonial Los Robles al salir de Literato, la más moderna tienda de libros de allí. Las caminatas por Metrocentro, Plaza Inter o Galerías Santo Domingo. Los atardeceres en los que religiosamente me hice asiduo a un programa musical, Hit Colection, con el hit parade de los años 70 y los 80 realizado por un locutor que, quien no esté consciente, bien puede creer que es el mismísimo Teo Veras.



Muy pocas ciudades han quedado en mí como aquella en la que me fueron develadas muchas cosas que hasta entonces ignoraba. Conservo su invierno de lluvias constantes desde Mayo a Diciembre. La muy triste sonrisa de su gente, la nica que vi un día y después desapareció y que luego supe se perdió en Costa Rica. Recuerdo su sonrisa de ángel y la tristeza de su mirada. Recuerdo constantemente a una muchacha en un bar mirando con esa nostalgia tan milenaria que tienen los indígenas mientras yo apuraba mi trago de Johnnie Walker o mi Chivas. Si el hombre es lo que recuerda, en este anochecer soy el que allí contempló, detrás de una puerta de cristal, lluvias larguísimas esperando que la muchacha llamada Laura o Xótchilt se acordara de este mortal o que, como la Maga de Rayuela o la mismísima Virgen de la Altagracia, llegara a rescatarme de aquella soledad incalificable a la que estaba sometido.



Recuerdo muchas cosas, como he dicho, de aquellos tiempos en la patria de Rubén Darío. Despierta mi piel y hasta se eriza con algunos de esos recuerdos. Pero no es solo la piel sino la mirada. La misma que conserva muy estelares momentos y, especialmente, recuerda una media mañana en el On the rum, mientras yo desayunaba, cuando la muchacha de pelo largo y bellísimo y pálido color me petrificó mirando cómo sus balcones danzaban. Es una danza que jamás he podido ni he querido olvidar. La recuerdo con inusitada frecuencia. Aun oigo sus pasos y veo su mirada, aquellos balcones y el vistazo que me echó mientras abordaba una vieja Toyota Prado que todavía veo desplazarse.



Ahora que ha transcurrido el tiempo, ahora que he repetido el gesto de manera muy constante, quiero que alguien me diga si esa muchacha es la misma que me acompaño esa noche extremadamente lluviosa en Plaza Santo Domingo o si es la misma que hace pocos minutos me ha enviado esa conmovedora fotografía en un correo electrónico que me resisto a borrar.



Nunca se borra lo que nos interesa, aquello por lo que podemos morir, sea esa Laura o la Xótchilt que todavía arde en la memoria de la piel y se remueve en el escozor de los amores perdidos.



Managua es una ciudad inolvidable y nosotros, sus hijos adoptivos lo sabemos.



Estoy en mi país, es ya noche e ignoro el destino de Xotchilt. No quiero saber dónde ni con quien está. Me basta saber que mi piel la recuerda como ella ni nadie jamás podrá saberlo.



Mientras, sigo aquí con mi Alfredo Sadel, mi escocés y aquellas memorias.


domingo, 19 de diciembre de 2010

En recuerdo de René del Risco Bermúdez


Este lunes 20 de diciembre se cumplen treinta y ocho años de la muerte de René del Risco y Bermúdez, el escritor de envidiable prosa y poesía que me lanzó cuando yo era apenas un niño apadrinado un opúsculo escrito a los quince años. Murió él en plena flor de la juventud, treinta y seis años, dejando un indudable legado en narrativa y poesía. Nadie puede cuestionar “El viento frío”,un poemario realmente memorable, aún hoy, tantos años después de aquella trágica madrugada del año 1972, René tiene lectores. Se lo tragó la misma ciudad que él tanto cantara, dijo entonces un importante vespertino ya desaparecido. René fue el cantor de la ciudad, el poeta del amor, el tardío romántico que a todos nos impregnó, el narrador que ha legado algunas páginas ciertamente inolvidables. Es el único escritor de cultos que tenemos. Junto al también fenecido Miguel Alfonseca constituye el dueto más importante de de poetas-narradores. Ambos partieron antes de echarse las palomas y nos dejaron, eran gorriones o colibríes porque sus vidas fueron tan fugaces. Este domingo, en vísperas del 38 aniversario de la partida de quien fue mi mentor, sólo quiero recordarlo con el mismo ensayo que fue publicado en el Listín Diario cuando se cumplieron los 22 años de muerte.

Ahora que aún perdura el recuerdo...
Evocación de René del Risco Bermúdez,
Treinta y ocho años después.


Yo que vivo vigilando memorias y recuerdos, evoco ahora -ahora que aún perdura el recuerdo, ahora que aún se mecen en un sueño el viejo puente del río y la Alameda-, a René del Risco Bermúdez, el más auténtico escritor dominicano de las últimas generaciones, más de veinticinco años después de su muerte. Pero cómo hablar de René del Risco y la simbiosis que fue su existir melancólico? Su deceso, atravesando el filo de la madrugada aquel 20 de diciembre del año 1972 frente al mar que tanto amó y cantó, fue un nacimiento, un resurgir de entre los huesos de la mismísima muerte que también cantó y vaticinó. René no moría en aquel viento frío, regresaba a sí mismo, se entregaba a la misma ciudad que nombraba insistentemente y que llevaba en lo más hondo de su corazón. Crecía hecho mito y canción, fugacidad eterna y especulación citadina. Quieto relámpago en la roja y huidiza luz de los atardeceres y el amanecer. La ciudad fue una de sus mayores constantes (por no decir obsesiones). Ciudad que vivió, en la que existió, murió y amo, pero también ciudad soñada y reconstruida en todos sus textos poéticos con afán de eternidad. Perolas fugacidades y los espejismos nunca mueren ni claudican, no caducan ni se corrompen: son eternidades hirientes y cotidianas. Toda vida fugaz es eterna, pues con la muerte de la vida breve se asume la realización de un sueño y de un destino individual marcado, en su caso particular, por la tragedia de un hombre que se sintió desterrado de la invencible luz de la esperanza. Se ingresa al mundo de lo eterno dejando atrás conflictos y preguntas que jamás hallarían respuestas. Viva llama parpadeante, flor creciendo, estrella bañada en alba; voracidad y magia, apetitos metafísicos. Como ese lucero que una antigua amante y yo mirábamos, o como los veleros que perseguíamos con la mirada, así es en mí el recuerdo de René del Risco Bermúdez: bocanada de eternidad, instante perpetuo en el corazón que sólo recuerda a quienes ama. Viento: luz, duradera luz y vivo lucero -alto y erguido como algunas de las muchachas que amábamos entonces- el recuerdo creciente de René del Risco -ya me dijeron que poeta y cumbanchero- se levanta luminoso e ilu¬minado como un camino que es una apertura que a su vez también es una esperanza y un destino posible. Alto lucero de ternura y madrugada j unto al mar. Frag¬mento de una constelación que flota tenue en la memo¬ria lacerada, herida e hiriente de nuestro tiempo, aroma pertinaz, agua destilada, presencia que crece en el co¬razón donde aún existe el mismo viento frío que nos hiela las palabras. Nada ha cambiado, desde entonces, en el corazón del hombre. Únicamente los colores de la ciudad, sus edificios, las vías modernas, los eleva¬dos, avenidas espaciosas por donde circulan petulan¬tes automóviles último modelo. Es el mismo tiempo, igual que sus penas y desvelos. Es aire nuestro que excede los límites, más allá de toda muerte eventual y posible, e instaura una dolorosa conciencia del tiempo y la desilusión. Y como Whitman, habla por nosotros, nos estremece revelándonos cosas que bullen en nues¬tros mundos interiores, aquéllas que llevamos dentro y, no obstante, pasan desapercibidas. El viento frío revela nuestros mundos interiores y nuestra desesperanza, la Amalgama de colores en la pelota, tribuna abierta a toda manifestación deportiva. Creíamos en la redención del hombre, en Dios sobre todas las co¬sas tanto como creemos ahora, en el hombre nuevo de que nos hablaba el Che Guevara, cuyas biografías leí¬mos en silencio pasando de mano en mano, de casa en casa mientras alguien declamaba Yanki, vuelve a tu casa de Abelardo Vicioso o el Versainograma a Santo Do¬mingo de Pablo Neruda. Y fue precisamente en esos días cuando descubrí en el librero de caoba que Raúl tenía en la habitación los Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda, La amada in¬móvil de Amado Nervo y algún libro de José Ángel Buesa. Estos libros constituyen mis primeras lecturas hasta que conocí a René del Risco Bermúdez, a quien había visto realizando con voz grave y donaire uno de los programas más versátiles y novedosos de la televi¬sión dominicana, Sábado de Ronda. Gracias a René, cuya muerte aún sigue doliéndome, pude romper el cerco, el muro de contención de los grupos culturales de entonces.
Luego Villa Juana viviría entre boleros y bachatas, pero sin doble sentido. Nuestro ámbito estaba lleno del Trío Los Panchos, Fernando Valadés, Felipe Pirela, Félix del Rosario y sus magos del Ritmo, El club del clan, el Bugalú, y el Pata-pata armonizaban con Mis esperanzas. Hay mar y noche suficiente /para rodear todos los muros, /para entrar, para tocar el borde los le¬chos, /para llegar a la garganta / de alguien que prefiera cantar.../ Tal vez la muerte nos hallará / en este mismo lugar como antes, / no sobre algún hom¬bro enrojecido. Nos hallará en los dinteles, /junto a las puertas, /limpiando los estantes, /preparando el amanecer, / los viajes repentinos.../ No será como aquella vez / cuando, sentada junto a mí, / tomabas las cosas de otro modo.../Ahora iremos reconociendo las esquinas, /los trabajos, /las vidrieras, /el diario caminar hacia otro tiempo.
Llama encendida, candil que parpadea, vértigo de abril y suave melancolía, René es el espejo y es, como un río subterráneo de aguas transparentes, raíz que sigue creciendo cada día, cada instante en que se pro¬duce una búsqueda interior, una mirada, una disquisición; es una voz que nos golpea y nos persi¬gue, en el ómnibus; en el taxi, en el olor a nafta, en los cinematógrafos, en las vidrieras de la calle El Conde y en los ojos de cada muchacha que pasa con jeans y espejuelos ahumados. En cada transeúnte del atarde¬cer -hora de T. S. Eliot-. Todavía, aún permanece allí, en El Sublime, -El Conde con 19 de Marzo- con cigarrillo elegantemente encendido ante una vaporosa taza de café a la hora violeta. Pues nadie, absolutamente nadie en la poesía dominicana ha adjetivado con tanto vigor y certeza como René del Risco Bermúdez, el que nos dio esa mirada interior tan necesaria, es de¬cir: nos enseñó a mirar hacia adentro de nosotros mis¬mos, a auscultamos. Nos dijo más, que los libros de historia y de sociología, lo que fuimos en ese momen¬to y nos mostró, asimismo, lo que quedó de nosotros, aquella llama triste que nos azotó un instante y que¬mó las manos de alguien, los cabellos de alguien. Miguel Alfonseca, su siamés ahora en la reencarna¬ción, nos reveló un instante de esperanza en el fragor de la guerra o después de los combates del 14 de ju¬nio, ahí vio la esperanza, pero una esperanza también frustrada como todas las cosas de este tiempo. Igual sucedería con La guerra y los cantos o con Este mar¬tes no mires al obelisco. Delicatessen y Los trajes blan¬cos han vuelto son capítulos de otra historia insertada habitualmente en una mismidad de espiral que siempre retorna como los versos de Piedra de sol que posee las solemnidades del calendario azteca en sus 584 ver¬sos como días.
Mi recuerdo de René del Risco, a tantos años de su muerte, es una llama y una nube transparente, bitá¬cora sobre la que dejo caer -como colibríes o gera¬nios- estas palabras muchas veces escritas por la pa¬sión y la gratitud. Es que él nos mostró la cara más dolorosa del tiempo, la cara irreducible de la muerte y la escisión social. Aún no cicatrizan muchas de sus heridas, aún el vaho, el mismo transeúnte esperando el mismo taxi, la llama que nos azotó un instante el cora¬zón en el auge pleno de las utopías, y hoy nosotros ya sin utopía. Entonces no existen razones para llorarlo en este nuevo aniversario luctuoso, pero sí hay mu¬chas razones para cantarlo, para recordar su poesía que siempre procuró la elevación de la condición hu¬mana. Siendo un poeta profundamente romántico y una consecuencia total de la historia, René del Risco se mantuvo siempre inmerso en la realidad aun cuando la inventara. No desdeñó del pasado ni naufragó en él. Poeta iluminadamente triste de la guerra y la postguerra, fiel a su destino más íntimo, y en su obra, en el fondo tan vivas como todas las angustias que la en¬gendraron -angustias de amor y de existencia- la muerte late aún como un inmediato fin inevitable, como obse¬sión late allí también el sueño del hombre. Porque con paciencia de hagiógrafo René se convirtió en el cronis¬ta más sincero de la postguerra, en el lugar obligado para la comprensión de esa realidad dura y difícil l, pes¬tilencia instalada en lo que no tiene nombre ni apellido, salvo la mirada humana. Y si la muerte es el fin de toda existencia, para vivir en el amor es necesario un chapu¬zón de soledad. Y es así que su muerte, mito o reali¬dad, para decirlo al modo de los poetas, no nos enmu¬dece, ni a él ni a nosotros. Siempre conversamos con él a través de su obra, siempre lo reencontramos; esa obra nos muestra un yo escondido que teníamos muti¬lado muy adentro, reprimido, y que habíamos deste¬rrado como quien desinfla pompas transparentes.


Los hombres de este tiempo, sobre todo los isle¬ños, no sabemos mirar, pero René nos mostró una mirada involutiva que deviene en pregunta sin respues¬ta y, no obstante, es un crecer hacia adentro para des¬pués proyectarnos hacia fuera. El espejo es el tiempo, el agua, la noche con sus bares enemigos, el atardecer de El Conde lleno de esbeltas muchachas como sus mismas luces de neón. En El viento frío todo sucede, en esa negación que es afirmación místico-ideológica. Allí, en el fondo de todo sedimento y de toda pregunta sin respuesta (como decía Cernuda) que es toda la obra, lo innombrable, lo irreductible, lo eterno-efímero que es el hombre, el poder de hechizo o seducción de su palabra aún imanta porque es el espejo en el que nos miramos cada día, el agua que bebemos, el aire, el cielo que contemplamos desde lejos, la estrella que miramos cuando despegamos los pies de esta tierra que es única e irrepetible. Porque El viento frío y En el barrio no hay banderas nos revelan lo que somos, lo que fuimos en esa circunstancia de historia inevitable de llanto, de revelación: pompa desinflada, religión del impío, máscara de seducción, el otro que existe a nues¬tro lado, junto a nosotros, ese que somos, esa indivi¬dualidad colectiva e insatisfecha, el yo íntimo y real que no dejamos fluir. Así es que todos, en alguna me¬dida, somos ese René del Risco que, frente al mar, se hundió en el tiempo indecible de la madrugada y, como los personajes de sus cuentos y sus poemas, dejó aquí su voz, sus cabellos, sus perfumes, sobre el filo de una madrugada obligadamente triste y sin remedio. Ese René romántico y combatiente, en lucha con sus con¬vicciones y las necesidades de un existir cuya proa no era de este mundo y que, a pesar de todas las especu¬laciones mal intencionadas o no, amaba la vida con demasiado amor como lo especifican los versos de José Ángel Valente que sirven de pórtico al único libro que publicó en vida. (Digo el único libro que publicó en vida porque he visto que, irresponsablemente, se citan dos libros que él anunció pero que no publicó. Se trata de Del júbilo a la sangre y El pino jubiloso. Quiero que alguien me muestre algún ejemplar o que, por lo menos, me cite los textos del libro anunciado. Esos libros no existen. Son libros que él soñó como esas obras en preparación que todos anunciamos). Todos, antes y después de abril, nos hemos sentido solos, traicionados vilmente, desilusionados con la vida de la que esperábamos tanto. Y tenemos cosas que no nos perdonamos y que no perdonamos. Ahora se aca¬ban aquellas palabras, / se harán ceniza del cora¬zón, /se quedarán para uno mismo...


Cuando muchos de sus compañeros huyeron de sí mismos y pretendieron buscarse lejos, muy lejos de su propio ser —en otras ideologías o misticismos-, René del Risco se encontró a sí mismo, aunque destruido y con los pies sobre un mundo que se derrumbaba cada vez que buscaba una razón, un para qué, en el aura de su tiempo, alba cruel y despiadada, que nos entregó en un puñado de páginas que, a pesar de algunos matices monocordes, tienen la virtud de ser el reflejo de todos. Whitman sin Whitman. En esas páginas late la con¬ciencia de un fracaso. Absorto ante la realidad inevita¬ble (pero transfigurable), este petromacorisano cons¬truyó el fresco más vivo y lúcido, el más doloroso, con el flujo de una angustia vallejiana y existencial¬ ideológica que manaba del desconcierto. El viento frío jamás pretendió ser el obituario de abril, tampoco el inventario ni el resumen, pero sí tenemos que encarna su elegía y el espejo de una dolorosa realidad y el río que fluía del tan trágico destino de una generación in¬molada y traicionada, cuya sangre -con el correr del tiempo- ha sido usada como pancarta para engordar cuentas bancarias. En tanto, otros -enamorados de sí mismos y de sus actitudes- prefirieron callar. El autor de Ahora que vuelvo, Tom, y Se me fue poniendo tris¬te, Andrés, asumió con honestidad esa realidad que no supimos ver pero que él nos mostró con palabras me¬morables que son, vistas desde ahora, el último diálo¬go de una época consigo misma, de la realidad con el fracaso, de la ilusión con el fracaso, del hombre, en fin, con su yo interior en la noche iluminada de pala¬bras. El hombre de nuestro tiempo vive angustiado por el enigma social que sirve de escenario a su vida. El universo de la obra de René del Risco Bermúdez, complejo y difuso -aunque, oh, paradoja, transparen¬te- no es enteramente el hombre sino un hombre espe¬cífico, el hombre dominicano inmerso en una histórica circunstancia de engaño y ostracismo. Más que abril, las circunstancias trajeron la guerra y con ella, en prin¬cipio, la esperanza y, finalmente, la frustración. La at¬mósfera es de un cielo gris, muy gris, plomizo y que¬bradizo como ciertos espejos: viento frío y terrible, tormentoso y fascinante. No es en la ausencia, sino en el desinflamiento de la utopía donde reside el aliento de sus cuentos y poemas y de sus magníficos sonetos de amor, pues contrario a Marcel Proust, René no fue a la búsqueda del tiempo perdido sino que prefirió hur¬gar en el presente inmediato de posguerra-único tiem¬po real- sobre las tibias cenizas de los muertos, las mismas ausencias, entre los escombros y la sangre derramada, tibia aún. En el presente buscó al futuro y no lo halló; de ahí surgió la duda, el dilema, la mirada escrutadora que produce el derrumbe emocional, la ausencia de respuestas y proyectos. Eso sucedió a casi la totalidad de artistas que cifraron esperanzas en el fenómeno histórico. Terminada la guerra muy pocos insistieron en el quehacer literario y con calidad prácti¬camente rasante. Y es que las ilusiones tienen alas y vuelan cuando no se les apresa bien. El tiempo, devo¬rador de seres humanos y cosas múltiples, magnificado por la poesía, a veces las devuelve pero no siempre intactas, no siempre vírgenes.


Ese país que los muchachos de abril soñaron con paroxismo sólo existe en algunas de las páginas me¬morables de don Américo Lugo y, lamentablemente tampoco existe una conciencia histórica, sino de la ba¬chata y el perico ripiao; somos, como lo advirtió el propio don Américo, un pueblo simulador y penden¬ciero, atento siempre a la vida ajena e indiferente a nues¬tra propia realidad. No hemos entendido aún que la poesía no se escribe con sentimientos ni con ideas, ni con palabras, con el trabajo constante y cons¬ciente del orfebre, el poder que a las palabras otorga el conocimiento produce la ideología, pero éstas fraca¬san, caen o terminan tarde o temprano. Todos tene¬mos sentimiento, esa es la verdad, pero no todos so¬mos artistas o poetas, no todos sabemos conjugar esas fichas que son las palabras sobre ese tablero que es el papel en blanco. El hombre que se desenvuelve en ac¬tividades distintas y antagónicas al arte tiene tanto o más sentimiento que el propio artista, pero a diferencia de éste carece de la capacidad de percepción, de cu¬riosidad para descubrir. Este hombre no es artista y por eso no revela, no dice, no transfigura la realidad en arte. Un modo de vida es un existir que es una moral y un destino inevitable.


Yo, que como los niños a veces no dudo, sino que afirmo o niego, escribo con el temblor de la emo¬ción que despierta en mí el recuerdo de aquellos años de adolescencia, cuando soñaba el poema y la posteri¬dad para adentramos en la utopía. ¡Cuánta ciudad, cuán¬tas fugacidades, cuántos amores y cuántas muchachas; cuánto vino derramado y cuánta vida profunda; cuán¬tos amores tan tibios, tan fértiles, tan vivos aún! Por eso, para René del Risco Bermúdez como para algu¬nas sectas religiosas no existen fronteras entre la vida y la muerte. Es el poeta de la desolación, aunque no a la manera de Cernuda, de las cosas abandonadas y las ilusiones perdidas -pero tampoco al modo de Pablo Neruda- ni (vaya cita) de Juan Sánchez Lamouth, pero también es la voz de la fatalidad, de lo telúrico. El viento frío es siempre, no importa el tiempo ni la dis¬tancia, la misma metáfora, la misma palabra reveladora y dolorosa que se pronuncia al levantarse o al atarde¬cer como en la medianoche. Basta haber caminado alguna vez por la calle El Conde, haber pasado por el Altar de la Patria durante el crepúsculo o haber oído, alguna vez, a Aníbal de Peña con sus himnos. Imposi¬ble entonces recordar con tristeza a René del Risco. Sólo he querido evocarlo, ya que en el árbol inexora¬ble del tiempo escribió su obra, lisa como un tatuaje sobre el mar, no sobre papel. Oigo con los ojos su palabra, su voz grave, baja, educada, dócil como piel de álamo. No existen razones para llorarlo, fue mi ami¬go y su memoria me enaltece; apostó a mí y me con¬denó al oficio. Bajo su tutela empecé a llenar cuartillas y en mi corazón su memoria es una fiesta y una cumbancha, su presencia un lucero alto y erguido en el cielo difícil de la poesía dominicana, como esas mu¬chachas que amábamos y como los amores furtivos en noches de violines y albas descreídas. Aún miro su mirada serena, inteligente, escrutadora, sus ademanes finos antes de la pregunta oportuna. Muchas veces, es cierto, lo vi ausente y con el ceño fruncido, lejos de sí mismo y de los demás, pero conversando con él mis¬mo. Es que René del Risco Bermúdez, alto momento de la poesía dominicana, escuchaba preguntando en el silencio y con la mirada honda, triste, penetrante. Y como todo gran romántico era niebla que va desha¬ciéndose con la luz solar, un gran solitario que escribió algunas de las más hermosas canciones dominicanas y que fue precoz hasta en la muerte. Solo Enriquillo Sánchez lo recuerda y lo ha leído, mientras un pigmeo supuestamente marxista aún se muere de envidia como me dijo Mateo Morrison que se murió de envidia con el éxito de Viriato Sención con Los que falsificaron la firma de Dios. Se escucha el pensador pensante en prosas e ideas que ni siquiera Ortega y Gasset sostu¬vo. Sé, que ante el cadáver de René aquella mañana en la Protectora La Altagracia de la Avenida Bolívar, la madre de René exclamo ante todos: tenía que ser así, era demasiado la envidia. Yo me pregunto, ahora, si sabrá doña América Bermúdez que aun se trata de echar lodo sobre el nombre y la memoria del mayor de sus dos hijos, el más auténtico -repito- escritor dominica¬no de la segunda mitad del siglo XX.


Como pocos escritores dominicanos Del Risco y Bermúdez desnudó en su obra todo su mundo interior, todas sus nostalgias pueblerinas y su última realiza¬ción: la muerte. Su vida fue una triste fiesta, una pre¬gunta constante, un fluir de tiempo taciturno, aunque de espíritu ordenado y puntual que amaba su soledad como todo gran artista. Pero al mirar hacia atrás, al detenerse en el tiempo, colocó su pie descalzo sobre las cenizas calientes de la pólvora de abril y la sangre en vano derramada. Su fracaso fue nuestro fracaso, pero no así sus destellos. Ahora, ahora que aún per¬fuma el recuerdo, ahora que aún se mecen en un sue¬ño el viejo puente del río y la Alameda, ahora que no sabemos si es cierta la vida o si la muerte es real, y tampoco sabemos si existen o no existen las utopías; ahora, René, ahora que el país es el mismo y el mismo viento frío toca el corazón del hombre, tantos años después, no te recuerdo, converso contigo y con tu obra. Y sólo me queda recordar aquella llama que nos azotó el corazón, mirar el mar y evocar, el pino jubilo¬so, el otoño; sólo nos queda pensar que:
Si salimos ahora
Nos iremos a un parque a recordar.

Tantos años después es éste el mismo viento frío el mismo río esta vida
Este mecedor de mimbre esta repisa
Donde guardamos las pastillas para el sueño
este viento frío azotando el corazón del hombre.

Todo -René- a excepción del verbo todo es efímero y posible.

Sólo el viento engendra eternidad, solo el alba:
Miramos el ruido del otoño
entre los árboles Aún falta ternura falta ternura aún
y el ave vuela y en las nubes viajan pasiones presentidas y geranios

Aún parpadea la llama y hacia nosotros huyen soledades.
Aún, René, el mismo insomnio quebrando los espejos del amor

en el reino del fuego y de la duda. Puedo darte ahora lo que ofreciste y lo que dejaste: el poema.

P D.
Poco tiempo después de la muerte de René del Risco, con el mínimo apoyo de Publicitaria Retho, la Agencia que su talento le permitió fundar, yo organicé un recital de poemas dedicados a él. En el afiche, pieza de antología realizada por el extinto Mellizo, yo no incluí mi nombre. Era bellísimo y me consta que mu¬chos lo conservan enmarcado. Nombres de poetas y no poetas en alto contraste deslumbrante para un reci¬tal en el aula magna de la UASD. Un atardecer, en los pasillos de la entonces hermosa Facultad de Humani¬dades, Mateo Morrison me convocó para decirme que él tenía un amigo que escribía poesía y deseaba que se le incluyera en el recital. Le pedí que me llevara a ese amigo a mi casa materna. Era Tony Raful que, con el mecenazgo intelectual de otro amigo suyo había pu¬blicado hacía pocos días un libro de poemas titulado La poesía y el tiempo. Simultáneamente, Vicky, la viu¬da de René, también me había telefoneado para decir¬me que un primo de René había escrito un par de poe¬mas cortos al otro primo, brillante y nunca mezquino, que halló la muerte frente al Restauran La Parrilla de la avenida George Washington. Era Federico Jóvine Bermúdez que, al día siguiente de la llamada de Vicky, haría su debut como poeta en mi entonces hogar ma¬terno, mi hogar de siempre. Recuerdo que Raúl, ena¬morado entonces de su hoy extinta esposa, andaba con mi madre en visita a Baní y al regresar me castigó, por supuesto que de palabras, profundamente porque, según él, yo había hecho en el sagrado hogar un baca¬nal. Le mentí. Para realzar mi orgullo con él dije que yo había hecho una tertulia y que allí estaba, presti¬giando la casa, don Pedro Mir. El, Raúl, -hombre trans¬parente y vertical como el padre Vitalio Reyes-, como admiraba tanto a don Pedro, quedó en silencio. Por supuesto que él, como mi tutor o mi padre de crianza, no quería que yo fuera escritor y mucho menos poeta, aunque a esa hora del amanecer en que yo solía buscar entre sus papeles, después que él formó hogar, hallé muchos intentos, tanto en la poesía como en la prosa y recuerdo un título: Pescando. El, en sus años dora¬dos de estudiante único y brillante en el entonces Li¬ceo Presidente Trujillo (hoy Liceo Secundario Juan Pa¬blo Duarte) aparecía en cuadros de honor que todavía hoy Ligia Amada Melo viuda Cardona recuerda con emoción y, como ha de suponerse había ganado allí algún concurso literario. Uno de los premios obteni¬dos por él consistía en un ejemplar, me parece que dedicado por el autor, de un libro de poemas titulado Alabanza de la memoria, de la autoría de ese poeta andante y viajero que es, aun con poca fortuna, Rafael Lara Cintrón. Así, con punto y coma, se lo he contado al poeta de la Generación del 48. Estoy seguro de que Raúl, tan cauto como es, tan cuidadoso, tan conserva¬dor, tan apegado a sus recuerdos conserva como una joya el ejemplar.


La Joven poesía dominicana, hija única de la lla¬mada Promoción o Generación del 60 es un simula¬cro o un modismo de por sí insuficiente e inoperante. Pues existe en ella tanta falsedad, tanta simulación, tanta ignorancia que es mejor, como en efecto, sentirse excluido.