lunes, 8 de diciembre de 2008

Radhamés Reyes-Vásquez Premio Centenario Joaquín Balaguer




Dr. Joaquín Balaguer quien gobernó al país durante 22 años. Se publica íntegro el ensayo con el cual el escritor Radhamés Reyes-Vásquez obtuvo el Premio Centenario Joaquín Balaguer







RADHAMÉS REYES VÁSQUEZ
EL PENSAMIENTO POLÍTICOY LA OBRA DE JOAQUÍN BALAGUER
(Un legado histórico, material y espiritualen un contexto de modernidad)


La historia, que es la madre de la sabiduría, es la hija del desengaño.
El filósofo en el poder termina casi siempre en el patíbulo o como tirano coronado.
OCTAVIO PAZ
EL OGRO FILANTRÓPICO

Cuando una realidad humana ha cumplido su historia, ha naufragado y ha muerto, las olas la escupen en las costas de la retórica, donde, cadá­ver, pervive largamente. La retórica es el cemen­terio de las realidades humanas; cuando más, su hospital de inválidos. A la realidad sobrevive su nombre que, aun siendo solo palabra, es, al fin y al cabo, nada menos que palabra y conserva siempre algo de su poder mágico.

JOSÉ ORTEGA Y GASSET
LA REBELIÓN DE LAS MASAS


EL GLADIADORY SU CIRCUNSTANCIA HISTÓRICA

Hablar de Joaquín Balaguer es hablar de muchos hombres, como expresó Jorge Luis Borges refi­riéndose al escritor venezolano Arturo Uslar Pietro, uno de los cerebros mejor amueblados del siglo pasado en Améri­ca Latina. Hablar de Balaguer es, asimismo, hablar de una isla, una nación, una actitud vital, un modelo que han se­guido incluso muchos de sus más firmes adversarios, pero jamás ni siquiera con una virtud aproximada. Fue el más importante e influyente hombre público que hubo en el país durante el pasado siglo y, como ningún otro político dominicano, construyó su historia y su destino enfrentan­do, siempre victorioso, todas las adversidades de la reali­dad. Me equivoco si hablo en pasado: Balaguer no es un fantasma que recorre nuestra historia, sino una presencia constante y viva cuyos procedimientos políticos han sido determinantes en la vida nacional durante más de medio siglo. Se le recuerda como un oráculo y una conciencia crí­tica que, cuando se declaró ciego, sordo y mudo, no hizo más que imponer un particular discurso, un lenguaje, una manera de ver la realidad. Estas páginas son una tentativa de comprender y situar, en apretadas palabras, el pensa­miento y la obra de esa institución, ese prócer visionario, el hombre que de manera más lúcida percibió la realidad dominicana y las necesidades de nuestra sociedad.
Federico Henríquez Gratereaux, en un libro magnífico,
Un ciclón en una botella /Notas para una teoría de la sociedad dominicana afirma:

ha sido Balaguer el constructor de todas las presas, puentes, carreteras, canales, avenidas de que dispone el país. Las obras de infraestructura que ya tiene la República Dominicana no las hay en ninguna isla de las Antillas.

Por su parte, R. A. Font-Bernard, recio intelectual y uno de los más profundos conocedores y estudiosos de la obra y la vida de Balaguer, ha dicho de manera tajante: "Bala­guer no ama ni odia". Con estas pocas palabras se define, de alguna manera, el ser humano, el ente social y el "animal político" que constituyó este hombre aparentemente frío e inconmovible. La historia es la realidad del hombre y las so­ciedades, como los hombres, se definen por su historia, por lo que hicieron sus antepasados y por lo que piensan los ac­tores del presente. Entre vida, historia y destino hay mucha tela que cortar y pocas cosas que corregir.
Somos un país rico y eminentemente agrícola, dicen y repiten los abundantes comentaristas que, desde la radio y la televisión, empiezan a bombardearnos apenas empieza el día. Pero omiten que en este país los ingenieros agróno­mos se han visto obligados a emigrar y no son pocos los que están como choferes de taxis cuando no permanecen ha­ciendo oscuros negocios en alguna esquina de los Estados Unidos y otros países. Regresando a Henríquez Gratereaux, éste afirma que aquí:
Hay locutores gagos, pianistas a los que les faltan dedos, bailarines cojos, cantantes roncos o con un hili­11o de voz. Nos habituamos a verlos actuar y no formu­lamos la más leve protesta. Por eso continúan cantan­do, bailando, tocando, hablando.
Muchas de sus consideraciones no están muy distantes de algunas sostenidas por el doctor Francisco Moscoso Puello en su Cartas a Evelina que, a pesar de los reiterados exce­sos, ponen al desnudo importantes aspectos de la sociedad dominicana.
Él, que se definió como "un instrumento del destino", fue un triunfante gladiador que se mantuvo ajustado al mol­de determinado por las circunstancias del país y de su tiem­po, de la historia y de su vida, y sobre sus hombros recayó, por muchas décadas, la responsabilidad de administrar a un país como el nuestro, con características muy especiales.


EL LABERINTO SOCIAL DOMINICANOY EL DILEMA DEL HOMBRE
DESPUÉS DE LA SATRAPÍA
El pensamiento político del doctor Joa­quín Balaguer, expresado en su dilatado ejercicio del poder y en sus obras de carácter literario, histórico, sociológico (y hasta en su poesía), es uno de los más coherentes que he­mos tenido. Como estadista y dirigente político, como es­critor e intelectual, no se parece a ningún otro; pero todos -incluidos sus más acérrimos contradictores- han querido parecerse a él, que ha sido la escuela, el punto de equilibrio y la referencia. Quienes desde la oposición intentaron degra­darlo, desde el gobierno pretendieron imitarlo, sin fortuna. Ha faltado estrategia, tacto, cordura, valor e inteligencia; ta­lento en otras palabras. Fina inteligencia. Balaguer que salió victorioso de todas las batallas, un príncipe que se resistió a los lujos y los halagos, y renunció personalmente a la riqueza material para convertirse en árbitro y eje central de nuestra sociedad. La sociedad dominicana posterior a Trujillo apos­taba a la democracia como fuente de la libertad reprimida por más de treinta años. En el país no se sabía con certeza, pero se sospechaba que el Estado moderno es una máquina que engendra héroes y antihéroes, protege la impunidad y la violencia, estimula y destruye modos y medios de produc­ción. El Partido -ese instrumento inevitable de la política­enmascara y descubre, hace ricos y pobres; es maquinaria de construcción pero también de destrucción. Muy pocos son los políticos y los partidos que han actuado apegados a una ideología. La mayoría han sido y son apenas circunstancias, y las circunstancias son eso mismo: accidente de tiempo, lu­gar, modo, etc., que está unido a la sustancia de algún hecho o dicho, de acuerdo al mataburros de la Real Academia.
En unas palabras que recuerdan al filósofo José Ortega y Gasset, el profesor Juan Bosch afirma que:

el hombre no es producto de sí mismo, de tales o cuales condiciones psicológicas, sino que es el producto de su sociedad porque ésta es la fuente de la psicología de la persona.

En las crisis los pequeños hombres se desvanecen, pero los grandes crecen. En el lustro 1961-1966 nuestro di­lema no era el pasado, sino el futuro como forma de evitar la repetición del pasado oneroso. ¿Quién y cómo iba a re­fundar la república o ser cabeza de un grupo que asumiera esa responsabilidad? Soñábamos con la modernidad pero apenas la sospechábamos. No era el fin de la historia al que, décadas después, se ha referido Francis Fukuyama. La he­redad era un montón de piedras, unas tierras baldías, unas necesidades urgentes e impostergables, una tecnología ob­soleta para la industria manufacturera o para la produc­ción de azúcar. Otros vientos soplaban y los sueños mutilados renacían ahora con más ímpetus. El presente era un acto eminentemente histórico, un desafío que no exaltaba al hombre sino al futuro. El futuro era el protagonista de la Historia, era el tiempo de la crítica y de la disquisíción, pero también de la interrogante. "¿Quién?" fue una pregun­ta constante en el después inmediato de la dictadura y el alba de un nuevo tiempo. La crítica salía de la intimidad de las habitaciones y se expresaba en los medios de comunica­ción y en las manifestaciones públicas.
Las diversas voces se hicieron sentir de múltiples mane­ras como dice, con palabras diáfanas, José Rafael Lantigua. Para apaciguar los ánimos y evitar una desgracia colectiva era necesario convencer a los miembros de la familia Trujíllo para que salieran al exilio. Balaguer logró convencerlos y, de esta manera, compareció ante las cámaras de televisión, durante el mes de noviembre de 1961, en su calidad de pre­sidente provisional, para anunciar a la nación "el desplome definitivo de la dictadura".
Como el país no podía continuar aislado se propuso que la Organización de Estados Americanos (OEA) levantara las sanciones diplomáticas que habían sido puestas a la Re­pública Dominicana por los excesos del pasado inmediato. Hubo, como siempre, opositores que se proponían actuar en contra mientras éste pensaba en la nueva vida y las estructu­ras de producción que debían ser establecidas. Comprendió que en ese momento lo importante era la reconciliación na­cional y expresó, en el memorable discurso, que no era el mo­mento oportuno para responsabílizar a nadie de todo cuanto había sucedido. "No es hora de rendición de cuentas sino de liquidación de lo que ya no puede sostenerse". Suprimió el Partido Dominícano porque la apertura demandaba la orga­nización de nuevas fuerzas políticas y el nacimiento de un sistema plural. Esa misma noche empezaba a establecerse la nueva democracia dominicana y quedaban restituidos los derechos humanos, que hacía décadas estaban suprimidos. Había que desaparecer los aparatos de represión y procesar a los supuestos o reales autores de crímenes atroces, e inte­grar al país al concierto de las naciones con auténtica vocación democrática y afán de modernidad. Empezaban épocas de libertad, pero también de conflictos.
"La libertad", escribió Octavio Paz, "no es una filosofia y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos mono­sílabos: Sí o No. En su brevedad instantánea como la luz del relámpago, se dibuja el signo contradictorio de la naturaleza humana". En aquel tiempo -¡y siempre!- taba obligado a fundar el futuro. Los hijos del pasado, actores del presente, estaban irremisiblemente obligados a recons­truir el país y restaurar lo que nos habían arrebatado. Entre el púlpito de las confesiones y el balcón de las arengas existía realmente poca distancia. Por iniciativas del gobernante, cón­sonas con la actualidad, los partidos políticos con vocación democrática empezaban a actuar en un marco de libertades y respeto mutuo. De la crisis social había que ir a"la revolución sin sangre" para no caer en otro totalitarismo.
Recordemos las acciones del doctor Balaguer, en 1961, antes de retirarse del Consejo de Estado, como implantan­ do la simiente del porvenir. Eliminación en diciembre del impuesto de exportación al café y al cacao, y devolución del periódico El Caribe al doctor ornes tras una solicitud que en ese sentido iciera la Sociedad Interamericana de Prensa. Trae al país centenares de riciclos que fueron entregados a buhoneros y chiriperos ambulantes al tiempo cientos de utensilios domésticos a familiares pobres donaba que bajar los recios de los artículos de consumo básico. El propio Balaguer confirmó, años después, que la política se nutre de realidades. Entonces se hizo artífice de la más bri­llante y hermosa efeméride de la nueva vida dominicana.
Todo esto procuraba evitar un virtual estancamiento del sector agropecuario, que tenía que comprar insumos y hasta materia prima con divisas. Pero también tendría consecuencias positivas como el aumento de la mano de obra. Amaury Justo Duarte, en su libro Filosofía de la cri­sis y el salto tecnológico, afirma que en 4 años se asentaron más de 22 mil familias, pero ignora que fue poco después de concluido el gobierno de los 12 años que la industria agropecuaria dejó de ser la principal fuente de generación de divisas, y habrá que esperar el retorno del doctor Bala­guer en el año 1986 para la rehabilitación que este pujante eslabón del sistema productivo nacional. Datos estadís­ticos confirman que en 1978, cuando concluye el primer gobierno reformista, la industria agropecuaria empleaba el 45.3% de la población laboral económicamente activa. Después de Balaguer las necesidades del sistema aumen­taron y el gradual descuido de parte de las autoridades que no se interesan en ofrecer al sector créditos cómodos ha aumentado sus precariedades. Hay quienes afirman que la producción agropecuaria ya realmente no es nego­cio. El propio Justo Duarte subraya que la infraestructura agropecuaria es obsoleta e incapaz de satisfacer los reque­rimientos de calidad y abundancia del consumo masivo de la población. En ese momento muchos productores care­cen de caminos vecinales apropiados y de canales de riego y equipos adecuados, ante la indiferencia de gobernantes a quienes no les interesa en lo más mínimo todo cuanto sucede en detrimento de la Nación.
El 1 de junio de 1966 son realizadas las elecciones arbi­tradas por la Organización de Estados Americanos (OEA), personalidades y representantes de organismos interna­cionales. El país ni la comunidad internacional se asom­bran cuando el resultado en las urnas favorece a Joaquín Balaguer, quien por primera vez es elegido por el sufragio popular para conducir los nuevos destinos de un país que clamaba por transformaciones urgentes. "Hombre de aus­teridad casi religiosa" asegura José Rafael Lantigua, "de un temperamento que aparentaba fragilidad y desapetito por el oro del poder". Juan Bosch, en cambio, resalta en Balaguer sus condiciones de gran orador y enfatiza que "nadie puede afirmar que Balaguer se enriqueció con Trujillo". Pero no es fácil describir un enigma cuando ni sus pocos íntimos podían conocer de antemano las cartas que guardaba para cada momento histórico.
La verdad es que había que reinventar el país y reformar a la nación dominicana. Estaban abiertas y frescas las graves heridas dejadas por la conflagración de abril y los niveles de pobreza eran muy elevados. Las contradicciones estaban al granel y, totalmente equivocados, muchos creyeron que el presidente elegido por el voto popular sería una nueva edición de lo que ya había caído. La primera necesidad, de acuerdo al pensamiento del nuevo gobernante, era imple­mentar un régimen de confianza que propiciara un clima de inversión mediante la realización de un amplio programa de obras públicas tendentes a rescatar al país del estancamiento que, en muchos niveles sociales, lo había dejado la dictadu­ra. Para la cristalización de ese propósito Balaguer tuvo que construir y conciliar simultáneamente (dos empresas muy diferentes), rebasar épocas y convertirse en un enigma para enfrentar el terror impuesto por militantes de totalitarismos entonces en boga, que muchas veces actuaban como ence­guecidos fanáticos de sectas religiosas. Fue el Nobel Albert Camus quien aseguró que "el terror es el homenaje que los rencorosos solitarios terminan rindiendo a la fraternidad de los hombres". De ahí la explicación de muchas situaciones que empañaron aquella magnífica obra de gobierno.



El LEGADO HISTÓRICO, MATERIAL Y ESPIRITUAL
De todos los gobernantes que ha habido en la República Dominicana, desde Pedro Santana hasta Leo­nel Fernández -incluidos próceres, civilistas y déspotas- solo a unos pocos les ha correspondido gobernar en tiempos tan difíciles y tan contradictorios. Joaquín Balaguer, el más cohe­rente y el más sagaz de los políticos dominicanos contempo­ráneos, pertenece a la estirpe de los últimos. Basta una ligera mirada al interior de nuestra sociedad y su proceso evolutivo­involutivo para comprobar las adversidades, las catástrofes y las desilusiones. Como Whitman, Balaguer es un cosmos, una totalidad que hace difícil, en apretado trabajo, juzgar la ines­timable contribución que hizo a la democracia dominicana y a la reconstrucción de la Cepública. Si Chateaubriand fue un hombre fronterizo como se ha afirmado, del nuestro se puede decir también entendiendo como hombre fronterizo el matiz crucial de las épocas que le correspondió vivir: una dictadura, una guerra, dos intervenciones y otras coyunturas históricas decisivas en un período en que se derrumba estrepitosamen­te un mundo que parecía consolidado y, de sus ruinas, nace otro mundo no menos injusto. San Agustín vivió una etapa histórica con algunas semejanzas: cuando caía una de las más formidables creaciones políticas del hombre -el Imperio Ro­mano- y nacía otra nueva desde las angustias de lo descono­cido, matizada por el Cristianismo y la entrada de los pueblos bárbaros en la historia europea. Como al político y escritor francés a Joaquín Balaguer le correspondió vivir y enfrentar tiempos de disolución, la encrucijada de varias épocas cuyos episodios históricos habrían de ser tan decisivos que, exacta­mente a cuatro años de su desaparición física, es el obligado punto de referencia. Épocas de cierre pero también de apertu­ras en las que el gobernante se fijó a sí mismo una filosofía del desarrollo basada en la aspiración a la modernidad y el esta­blecimiento de un sistema de salud y educación para mejorar los sistemas productivos indispensables para el crecimiento de la República. Aquel aristócrata del pensamiento, a veces con el rigor de Oxford, fue la excepción en cuanto a lo que afirma el propio Chateaubriand en el sentido de que la aristo­cracia tiene tres edades consecutivas:

la edad de la superioridad, la de los privilegios y la de las vanidades. Al salir de la primera degenera en la se­gunda y se extingue en la tercera.

Pero no hubo vanidad alguna en el gran enigma domi­nicano.
He citado varias veces al genial francés porque hubo en Balaguer circunstancias parecidas a las del ilustre galo. Fue un escritor y político solitario desde la juventud que, contra­rio a Talleyrand, no se creyó genio ni profeta; sí miró hacia atrás fue para no incurrir en los errores que otros usaron como armas mortíferas para masacrar al país, hundirlo en el atraso y disminuir la condición humana. Los seres humanos son hijos de su tiempo y son reaccionarios o cómplices en la medida en que transforman las sociedades o las confirman.
La obra de Joaquín Balaguer es, hasta prueba en con­trario, el más convincente instrumento para el desarrollo social que ha dejado en manos de la nación. Democracia es tolerancia y participación, expresión libérrima de todos los sectores dentro de un marco legal. Pero la democracia requiere autoridad y capacidad de oír, afán de renovación. Fue un visionario que al advertir la probabilidad de una ca­tástrofe ecológica creó un organismo para controlar la tala de árboles, y cuando observó el daño ecológico clausuró los aserraderos e inició políticas concretas para la conservación del medio ambiente. Muchos dirigentes políticos de oposi­
ión dijeron entonces que el Presidente de la República es­taba equivocado, pero el tiempo ha dicho lo contrario. Su obra es la confirmación de sus convicciones. Su brillantez intelectual y su incomparable astucia le permitieron asentar las bases de la democracia dominicana después de conciliar múltiples intereses y pasiones. En las grandes crisis se creció enfrentó todas las adversidades con inigualable ecuanimidad, lo que ayudó a crearle un aura mitológica única en la le .lítica dominicana. Su huella indeleble en la estructuración + e la sociedad de nuestro tiempo está cubierta por un manto + e certeros propósitos tras un conocimiento cabal de las ne­esidades y la decisión, siempre impostergable, de enfrentar los problemas con energía.
Las estadísticas y las fechas son el arma del investigador +ue, a la luz de los datos, habrá de establecer comparaciones le ara distinguir el objeto de su estudio, en este caso la con­ribución hecha por el doctor Balaguer a la formación y el desarrollo de la sociedad dominicana contemporánea. Claro -stá que establecer los aportes e influencia de una persona­lidad de su dimensión implica aplicar métodos y cifras muy alificados, entre los que están la línea de pobreza, el método de las necesidades básicas insatisfechas y el método integra­do de medición de la pobreza. El desarrollo, en cambio, ha de ser establecido mediante indicadores económicos medi­dos a través del Producto Interno Bruto o PBI por habitante, metodología utilizada por el Banco Central, así como el ín­dice de desarrollo humano, que es el que utiliza el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). El PIB, como la totalidad de todos los bienes y servicios producidos, permite definir todas las coberturas en el ámbito económico y por eso el autor habrá de auxiliarse de las cifras que sus realidades aportan. Si el PIB anda mal, pues el país también; lo mismo sucede cuando las importaciones son mayores que las exportaciones, o, en otras palabras, cuando los egresos son mayores que los ingresos.
Muchos de sus más significativos aportes empiezan en el año 1950 cuando es llamado del servicio exterior y designado titular de la Secretaría de Educación y Bellas Artes, y desde el cargo inicia un proceso de importantes transformaciones del sistema educativo de entonces. Él mismo reseña en sus Memorias que sus labores al frente de ese ministerio no fue­ron propiamente rutinarias, sino que puso gran empeño en lograr una mayor capacidad en el personal docente, ya que entendía la capacitación del maestro como el problema fun­damental de la escuela dominicana. "Entre otras iniciativas de carácter social", subraya Balaguer, "se crearon los liceos nocturnos para facilitar a la clase obrera el acceso a la edu­cación secundaria". El ahorro escolar fue instituido median­te Ley del Congreso Nacional y, por primera vez en el país, se organizó la Feria del Libro como evento regular que debía celebrarse todos los años. Los programas de estudios, sobre todo los concernientes a la educación primaria, fueron obje­to de cambios sustanciales y el viejo método Decroly para la enseñanza audiovisual de al lecto-escritura fue modificado y adaptado a nuestro medio dominicano, especialmente en las escuelas rurales. Bajo su tutela fueron creadas y oficializadas las denominadas escuelas-hogares, recibiendo éstas el apoyo económico de la cartera y el concurso pedagógico de los ser­vicios tecnológicos. Todas las reformas fueron completadas con la ejecución del Plan Bienal de Construcciones Escola­res, debido al cual fueron levantadas las primeras edificacio­nes físicas totalmente apropiadas para la enseñanza. Por ini­ciativa ciativa de su gestión fue construido el Palacio de Bellas Artes y la Orquesta Sinfónica pasó a ser una entidad al servicio de la educación artística. Fueron creados, además, los Premios Anuales en reconocimiento que en principio favorecían a los géneros de Educación, Poesía, Novela, Historia y Cuento.
Pero también son aumentados por primera vez los sueldos de los maestros y se inicia una gran campaña de ca­pacitación, es creada la Junta Pro Vivienda del Maestro y son construidas centenares de viviendas que son asignadas a profesores meritorios; se modificaron los sistemas hasta el momento existentes en el país para facilitar la misión de educadores y educandos; y son restablecidas las escuelas de artes y oficios y premiados, con altas distinciones honoríficas v jubilaciones privilegiadas, los maestros que demostraron poner mayor empeño en el cumplimiento de sus funciones.
El 1 de agosto del año 1953 el doctor Balaguer es de­signado Secretario de Relaciones Exteriores y, en esa cali­dad, participa de las discusiones que se llevan a cabo tanto en Roma como en esta ciudad para la suscripción del Con­cordato, el 16 de junio de 1954, con la Santa Sede. Pero en febrero de 1955, cuando nuevamente es designado secreta­rio de Educación y Bellas Artes, aprovecha para consolidar las reformas que había iniciado en su anterior gestión en dicha cartera y vuelve a poner énfasis en la formación del personal docente y, no obstante los magros recursos, logra realizar con éxito la primera campaña de alfabetización, que contó con la espontánea colaboración de todas las fuer­zas vivas de la nación.
En el postizo ejercicio de la Presidencia de la República:(la etapa más triste y más desairada de mi carrera política,dice Balaguer) se encuentra el 30 de mayo de 1961, cuando el ajusticiamiento de Trujillo, y ahora tiene por delante grande desafíos: democratizar al país restableciendo las li­bertades públicas y restituyendo los derechos humanos. Se inicia, en este trayecto histórico, un período de inestima­bles aportes a la República a pesar de que las pasiones se han desbordado, los mandos militares aún estaban en ma­nos en los principios remanentes del trujillismo. De manera que es el propio Balaguer quien, por encima de la voluntad de los miembros de la familia Trujillo que aún estaban en el país, anuncia el retorno a la democracia autorizando y le­gitimando las manifestaciones de la Unión Cívica Nacional (UCN) y de otras agrupaciones que habían permanecido en la clandestinidad, bajo la sola reserva de que se realizaran sus actividades pacíficamente, al tiempo que el gobierno se comprometía a respetar la expresión y difusión del pensa­miento. El 4 de enero de 1962 la Organización de Estados Americanos (OEA), por gestiones hechas por el presidente Balaguer, levanta las sanciones que habían sido impuestas al país y, como consecuencia, quedan restablecidas las re­laciones con los Estados Unidos, y esto produce una nueva apertura para el país y la economía dominicana. Asimismo son levantadas las sanciones impuestas por la Organiza­ción de las Naciones Unidas (ONU) y, ahora sí, se empieza un amplio programa de obras públicas que habría de ser determinante en los siguientes años.
La República Dominicana tenía entonces una pobla­ción de 4 millones de habitantes, de los cuales el 60% vivía en el campo y más del 70% de la población no sabía leer ni escribir. Pero la clase media que entonces estaba en proce­so sólo surgiría tras el gobierno que se instalaría después de unas elecciones arbitradas por la Organización de Estados Americanos (OEA), con la denominada Fuerza Internacio­nal de Paz que había invadido al país para salvar vidas. El naciente gobierno presidido por el doctor Balaguer, legiti­mado por las urnas, tendría entre otras responsabilidades la continuidad del proceso de industrialización que se había iniciado durante la Segunda Guerra Mundial y que con­tinuó hasta el año 1958 convirtiendo a la entonces Ciudad Trujillo en un centro manufacturero.
Sobre la participación de Balaguer en la entonces re­ciente historia dominicana, Juan Bosch destaca algunas condiciones. "Balaguer", dice "buen orador, pronunció mu­chos discursos a favor de Trujillo, pero no sirvió a Trujillo en cargos donde tuviera que tomar medidas represivas. Na­die puede decir que Balaguer se enriqueció con el favor de Trujillo". Balaguer no creyó más que en las ortodoxias del destino y permitió la libertad de culto, creyó en la tecnocra­cia cia y en los tecnócratas, y se ha dicho que manejaba el Pre­supuesto supuesto Nacional con la misma disciplina que se maneja un ventorrilo. Dos discursos tuvo él: el de la palabra y el de realizaciones.
El instrumento político para alcanzar una y otra vez la presidencia de la República en principio es el Partido Acción Social que, posteriormente, pasa a llamarse Partido Reformis­ta y, ya en los 80, tras fusionarse con un minúsculo partido tradicional, empieza a enarbolar la doctrina socialcristiana y su nombre experimenta otro cambio: ahora, y todavía, es el Partido Reformista Social Cristiano. Desde el principio el lema ha sido el mismo: "Sin injusticias ni privilegios". Para­petado en este instrumento, y en nombre de la justicia social, el doctor Balaguer -"el político dominicano que con más in­tensidad ha estudiado la historia de nuestro país"- asume de­cisiones extremadamente importantes. Anteriormente había creado la Dirección de Control y Recuperación de Bienes del Estado y promulgada una ley que estableciendo significativas rebajas de precios en todos los artículos de consumo, se re­parte las tierras y bienes que los Trujillo habían usufructuado; pasan al control total del Estado dominicano las empresas, se cumplen compromisos contraídos con el sector privado, cientos de vehículos son repartidos entre los trabajadores del volante y sindicatos de choferes recién creados. Asimismo son depositados en el Banco de Reservas cientos de millones de esos confiscados a los Trujillo y son pensionadas las viudas de los héroes que participaron en el ajusticiamiento, y someti­dos y condenados los asesinos de las hermanas Mirabal. Miles de personas de escasos recursos son provistas de triciclos y motonetas y es creado un fondo para proveer ayuda a los bi­lleteros y quinieleros. Es el principio de lo que muchos de sus acólitos denominaron la Revolución sin sangre.
Muchos de estos logros a favor del desarrollo nacional y del restablecimiento de la democracia encontraron escollos; fueron conquistas en las que, algunas veces, hubo incom­prensión de una parte de la ciudadanía y de algunos círculos intelectuales de presumida militancia izquierdista. El doctor Leonel Fernández, ya en ejercicio de la primera magistratu­ra del Estado, llegó a reconocerlo veinte años después:
Yo creo que hay una incomprensión del momento que estamos viviendo y, por consiguiente, se ha preten­dido reeditar una práctica que es como parte de la cultu­ra política nacional. Esto que está ocurriendo no es un hecho exclusivo, único, con el actual gobierno. Ocurrió con Balaguer en e166... aconteció con Balaguer del 66 al 78, y continuó con Balaguer del 86 al 96.
Es, en otras palabras, la gran piedra sobre la que está edificada la modernidad dominicana, el personaje central de una gran novela que aún no ha sido escrita.
Para verlo como totalidad, a este cúmulo de obras ma­teriales hay que añadir otro no menos importante: el de las obras de carácter intelectual en géneros diversos. Federico Henríquez Gratereaux escribe:
Balaguer trabajaba con admirable disciplina, a la manera de los monjes benedictinos. Escribía un discur­so, componía un libro, recibía a un extranjero, atendía un problema de partido, asistía a la inauguración de obras públicas. Siempre con el mismo ritmo.
En el año 1966 éramos como una provincia recién de­vastada por una guerra fratricida que costó miles de vidas Y causó los más grandes estragos morales y materiales. Una pequeña burguesía, que muchas veces quiso mimarse a sí misma porque, había muerto espiritualmente abatida en las calles de Santo Domingo, tal vez presintiendo que poco después surgiría otra pequeña burguesía -no pasto, no re­siduo-, más fuerte y vigorosa, más consumista, más osten­tosa, que posteriormente se haría acreedora de Los Beatt­les, Elvis Prisley y la guerra de Vietnam, y en esos mismos tiempos quiso adueñarse de "Natalie", el poema de Gilbert Bécaud que sonó en América en las voces de los Hermanos Arriagada y que narra la vida de un estudiante latinoame­ricano marxista en París. Natalie y"la Plaza Roja desierta", "la tumba de Lenin y el chocolate en el café Puskín" era la guía y la utopía, la moda y la quimera. Era el himno de una época mientras por otro lado, una monjita ahora recién fa­llecida decía que Dominique "quería ser tan alta como la luna". Todos quisimos ser ese estudiante y en cada una de las muchachas hermosas que salían en el Hablemos de El Caribe o en las páginas del Listín Diario, creímos ver el ros­tro de Natalie, ignorando que aquella muchacha sin rostro era sólo una metáfora.
Juventud nueva y consumista con un peso que estaba, prácticamente, a la par del dólar. La ciudad empezaba a lle­narse de cinematógrafos, bares, cafeterías, peluquerías y de­likatesen como cola de una modernidad de la que empezá­bamos a presumir. Una pequeña burguesía que empezaba a usar ropas de marcas, tenis Converse, perfumes Vetiver, after shave, pantalones Lee o Levi,s ropas deportivas.
Muchos de los sobrevivientes se instalaron en la calle El Conde como perros envenenados. Se sentaron en el Roxy Bar o en El Panarnericano, en El Mario; o bajaron hasta el Tres Rosas, o subieron hasta el Maxims o el Londres a beber cervezas frías y consumir chicharrón de pollo o chofán mix­to después de una renuncia colectiva porque ese día las cosas no estaban para ir donde Blanquini. Pero El Conde, con sus muchachas de minifalda y traje sastre, sus muchachos con afro y los artistas ociosos, se convirtió en el potro desbocado en que los jóvenes de algunos barrios quisieron montarse.
Todo era parte del crecimiento que el país empezó a ex­perimentar después de la guerra. Balaguer era el arquitecto del nuevo destino dominicano. Sobre él caían las culpas y las victorias que muchos le regateaban. Nada era óbice para él, hombre de baja estatura, habitualmente de traje oscuro, con un valor inigualable para enfrentar todas las situaciones con un talento descomunal e incomparable. El hombre callado y de sonrisa humilde aceptaba todos los escrutinios del tiempo y de las multitudes con la misma serenidad con que sonreía a algún dignatario después de la presentación de unas cartas credenciales o de la fiL taa de algún convenio. En su Manual de
Historia Dominicana el doctor Frank Moya Pons afirma que:
Trujillo recibió, en 1930, una sociedad tradicio­nal, biclasista, provinciana, atrasada y pobre, y dejó al morir una sociedad en transición pero subdesarrollada, con un capitalismo deformado por un crecimiento in­dustrial monopolista que, al poner el control de los re­cursos del país en manos de una familia absolutamen­te inescrupulosa, privó a la nación de la oportunidad de experimentar un desarrollo económico armónico, y dejó al país en una situación de singular semejanza -a escala diversa, claro está- con la de muchas de las so­ciedades latinoamericanas contemporáneas.
En una entrevista concedida al matutino Hoy en el año 1998, R. A. Font Bernard, siempre lacónico pero agudo y certero en sus juicios, afirma que Balaguer gobernó entre lo posible y lo conveniente y sacrificó al intelectual para con­vertirse en político a tiempo completo. "Nuestra nación es una ficción", afirma el intelectual sindicado como el ideólo­go de los 12 años, "donde los bárbaros han sido los protagonistas de la historia (... ) Balaguer era diferente, era todo. Era mecanógrafo, mensajero, presidente, para mí superior a Trujillo en cuanto al ejercicio del poder porque no tenía que llegar a la arbitrariedad para imponerse".
"Para mí", continúa Font-Bernard hablando de su leal­tad al amigo que acompañó al exilio, "aquel Balaguer era el intelectual no el político, uno es diferente al otro. Si él hubie­se andado con una flor como San José, no vence la conjura de Wessin o la oposición del general Imbert o la renuncia de los cuatro generales".
Los insultos y las infamias de los contemporá­neos dan a menudo con más frecuencia que los elogios la verdadera medida de los grandes hom­bres: a mayor altura del campeón, mayor saña en el improperio.
JUAN BOSCH
Para examinar la obra de Joaquín Ba­laguer hay que despojarse de los prejuicios y los estigmas ideológicos que, de tan mezquinos, han disminuido a mu­chos intelectuales que se consideran "progresistas". Nada se hace si no recurrimos a las estadísticas. Para el fundador del Partido Refonaista lo esencial era el progreso, insertar al país en la modernidad mediante la construcción de obras de infraestructura y el estímulo de la inversión nacional y de la extranjera.
A pesar de la abundancia de páginas escritas con el su­puesto propósito de analizar su obra y el legado de Joaquín Balaguer, se puede afirmar que el teorema de la vida fasci­nante de este hombre excepcional no ha sido realmente estu­diado con el rigor ni la precisión indispensables, fuera de las enceguecedoras y cadentes pasiones políticas. Para un hom­bre que se expresaba mediante símbolos y a quien contadas veces se le vio indignado en público debieron ser motivos de risa muchas de las páginas que con saña o con lisonjas escri­bieron sobre él, que confesó sentir como nadie la soledad del poder y que siempre pareció imperturbable, en verdad fue el cerebro mejor amueblado de su tiempo.
El hombre que, más que de carne y huesos, parecía un imán irresistible, el árbitro insustituible de una sociedad de la que fue el principal protagonista, conocedor como nadie de la historia dominicana y de los más significativos auto­res extranjeros de todas las épocas, instituye a su llegada al poder una política de convivencia frente a Haití, nuestro sia­més. Se detiene en el estudio del pensamiento erigido por algunos pensadores haitianos y en el análisis de las diver­sas constituciones que han normado la vida de nuestro ve­cino inmediato. Dice Ortega que un Ejército sólo se justifica cuando hay frontera; tal vez por eso siempre se preocupó de que el Ejército Nacional contara con armamentos modernos y la Fuerza Aérea con naves prestas a defender la soberanía nacional. La propia Policía Nacional, tan cuestionada con razón en los últimos años, era más exigente y ordenada y procuraba que los aspirantes a ingresar a ese cuerpo de or­den público fueran hombres probos.
Balaguer fue destinista y cristiano militante para quien Duarte (el que él mismo describió) era el ejemplo de prócer y honradez. Pero, sobre todo, fue un nacionalista moderado de la estirpe de don Américo Lugo y Peña Batlle.
Concomitantemente con la construcción de todas es­tas obras va en desarrollo una marcada política fronteriza -junto a Trujillo es el único gobernante que la ha tenido­tendente a tener bien claros los asuntos entre la República Dominicana y Haití. Balaguer, como todo buen gobernante, era celoso del territorio y las costumbres nuestras, y es, ade­más, un convencido que llega a afirmar que "no es reciente el ppeño de Haití por corromper el sentimiento religioso del pueblo dominicano".
Para Balaguer el haitiano ha significado siempre un pe­ligro para los dominicanos y en La isla al revés se detiene a examinar, a la luz de importantes documentos y estadísticas, las relaciones entre los dos países que comparten la isla y ~zerte opiniones definitivamente fuertes. Hay que evitar la desaparición del carácter nacional y ello constituye una em­presa de defensa de nuestras costumbres y caracteres étni­cos, lo que según él no debe ser visto con recelo de parte de nuestros vecinos porque ni atenta contra su seguridad ni se inspira en ningún sentimiento de aversión contra aquel pue­blo digno de mejor suerte.
En lo que concierne a nuestros vecinos de la parte occidental de la isla, es la nacionalización fron­teriza lo que en realidad consolida la independencia dominicana.
Tal vez como nadie, Balaguer tenía bien claras nuestras necesidades y la política a establecer con el vecino inmedia­to. No hay tampoco", escribió, "ninguna razón de humani­dad que se oponga a que un pueblo cierre herméticamente sus fronteras a inmigrantes capaces de provocar un descen­so del nivel de su moralidad".
Haití fue una preocupación tan constante que, ya en la senectud de su "memorioso otoño" dio a conocer una obra
i como La isla al revés, en la que, muchas veces de manera casi telegráfica reitera su actitud en torno al destino de ambos países. "El sueño imperialista de Toussaint Louverture y de sus sucesores", dice, "adopta, en las primeras leyes constitu­cionales haitianas, la forma de un principio general que con­sagra sagra la individualidad de la isla. En algunas de estas Consti­tuciones, como ocurre con la del 1806 y otras posteriores, el principio se disfraza bajo una fórmula nueva: La República de Haití es una e indivisible". Todo está dicho.
En sus Memorias de un cortesano de la "Era de Trujillo",
una obra más bien de confesiones y reflexiones dispersas, es­critas a destellos y ráfagas lacónicas de esas que sorprenden, jamás exento de conmovedora nostalgia, cuenta el doctor Ba­laguer cómo a los 12 años y tras la muerte de su madrina, la señora María Morel, a quien define como "una mujer dulce, de apariencia fina, que cantaba como una alondra y tocaba el piano admirablemente", se apoderó de él una pena inex­plicable, "como si aquella mujer, para mí casi desconocida, hubiera estado ligada a los hermosos sueños de mi infancia". Es la nostalgia del paraíso perdido y de las horas doradas.

Los días de mi niñeZ -escribe- en contraste con los de mi juventud, están llenos de horas felices. Nunca tuve en mis manos un tambor ni toqué una corneta, pero crecí sobre el lomo de un caballo.
Tal vez debido a eso conservó toda la vida la fotografía que reproduce en el libro y donde se consigna que entonces tenía 5 años de edad. El niño de la fotografía no sonríe como lo hará cualquier niño, sino más bien, cubierta la cabeza, parece enigmático y ausente como siguió pareciendo hasta el final de su vida longeva.
El niño es el padre del hombre, vociferó Freud a los cua­tro vientos y uno más, mientras otros, desde André Bretón hasta Paul Éluard, han difundido el concepto de que la ver­dadera patria del hombre es la infancia. La infancia, feliz o desgraciada, siempre se recuerda con nostalgia. Dejar la infancia es abandonar el paraíso y hasta el propio Adán se lamentó después de incurrir en el pecado. Fue en ese lapso de tiempo cuando se forjó el hombre reservado y proclive a escuchar más que a expresarse, impasible ante el devenir del azar. Nunca dejó de creer ciegamente en el destino. Todo obedecía a las leyes de la casualidad y conforme a esa creen­cia actuó. A esa edad ya estaba entregado a la contemplación de la naturaleza, ensimismado en la lectura de los grandes escritores y poetas, especialmente en el conocimiento de los clásicos. Así fue formándose el poeta romántico y moldeán­dose el helenista, aquel que muchos años después, casi al borde del sepulcro, recordaría la tez pálida de Fila Franco, y, años después, a otra tan lánguida, tan leve y tan sublime, en una pieza que, a mi entender, posee uno de los versos más impresionantes, la más hermosa lisonja que hombre algu­no ha dicho a una mujer: en una flor debió de haber nacido. Ese verso constituye, indudablemente, uno de los momentos más altos de la poesía dominicana.
A este finísimo estilista no le faltó conciencia de ac­tualidad. Le faltó voluntad, una voluntad a la que se negó conscientemente porque bebió en la fuente original y nos enseñó que las raíces son la plataforma, el río inevitable en cuyas aguas hay que zambullirse y beber sin temor al ahogo ni al agotamiento. En las muchas páginas que escribió, casi siempre robando tiempo al jefe de Estado o dirigente político, lo que no dice, dice más que lo que afirma. Es el suyo un decir que reside en el No-decir. Tal vez por eso no escribió sino sonetos, ese lujo no siempre posible para todos los poetas, y mediante esos sonetos ex­presó sus sentimientos más íntimos. Poeta romántico y tardío, dicen muchos, pero no se detienen a escudriñar en los aportes que hizo, tras su enorme conocimiento de los grandes clásicos, mediante la divulgación de éstos o en los estudios inigualables o en los textos que escribió, como el inigualable texto sobre rima y prosódica dedicado "a la juventud dominicana amante de las letras".
Desde esa declaración de principios que fue Tebaida lí­rica Balaguer era ya un concepto, un naciente mito, el más fascinante de todos cuantos hemos tenido; siempre apaci­ble, silencioso escudriñador del pasado. Creador al máximo. Para la mano de obra ociosa inventó las zonas francas, para el desarrollo turístico -al que llamó la industria sin chime­neas- construyó carreteras y actualizó las comunicaciones, y simultáneamente sembraba la ciudad de áreas verdes como símbolos de la majestuosidad y la solemnidad con las que concibió los asuntos del Estado). En esa misma me­dida, y con igual solemnidad, se inventó a sí mismo, se hizo mito, se hizo viento, se hizo estrella, se hizo astro.
El cristo de la libertad, Yo y mis condiscípulos, Grecia
eterna o La raza inglesa no son importantes por lo que dicen
o afirman, sino por lo que no dicen y que el autor, con prosa anclada a los mejores clásicos, deja, ex profeso, subyacer. Su mejor poesía está en las inigualables piezas oratorias, muchísimas veces improvisadas o escritas con la urgencia impostergable del presente, como el panegírico a Trujillo, la más alta oración fúnebre escrita y pronunciada por do­mínícano alguno.
Octavio Paz afirmó que:
la historia, que es madre de la sabiduría, es la hija del desengaño. Los hombres, seres duales y circunstan­ciales, cambian, avanzan, retroceden cuestionan sus acciones.
Balaguer no. En el año 1986, pocos meses antes de las elecciones presidenciales que ganó y tras cuyo triunfo retor­naba para gobernar al país durante diez años, confesó en una entrevista al vespertino El Nacional que "yo no he cambiado, soy el mismo; las que han cambiado son las circunstancias". Quiso excluirse de lo que Paz afirmó en El ogro filantrópico (es así como denomina al Estado moderno): "el filósofo en el poder termina casi siempre en el patíbulo o como tirano coronado". No existió realmente nada que en sus procedi­mientos el anacoreta de la Máximo Gómez 25 no haya adver­tido, y si existió estuvo velado por su condición de destinista. Creyó en el patriotismo pero no en el nacionalismo, porque ya en su tiempo lo sintió como una entelequia.
Enriquillo Sánchez, ya ido pero inolvidable por la gra­cia de su prosa, la audacia de sus conceptos y los momen­tos compartidos, supo que el oráculo de Navarrete resistiría
Es que los años las épocas y las generaciones, y que la pa­labra de aquel hombre era un dardo para escrutar la reali­dad. El político, el que amansaba a las grandes multitudes, era un hombre dominante, un psicólogo, el protagonista de voz suave que hablaba en el nombre de los humildes, los del montón salidos. Es un acontecimiento siempre actual, pero un acontecimiento de historicidad permanente, el más leal a sí mismo. Dominó al país y a sus adversarios con la palabra y los hechos aun en los días más terribles de sus dos primeros cuatrienios. Tras el ajusticiamiento de Truji­llo sintonizó las necesidades del pueblo y nos proporcionó lo que faltaba: una esperanza. Fue una conciencia y un hé­roe cuando quiso serlo. Inventó cuantos próceres escritores quiso, pero también se inventó a sí mismo, en apariencia inmune a la maldad humana. Este es uno de sus principa­les aportes: nos creó la ilusión del progreso, la ilusión del futuro que ahora parece muerta, y se hizo contemporáneo de todos los hombres, aun de sus adversarios.
La modernidad dominicana, si es que puede llamarse de esta manera a nuestra actualidad, empezó con él; primero se hizo griego, después egipcio y, finalmente, dominicano. Fue un visionario de conducta hechizante, un monarca que ajus­tó las ideologías y utilizó los conceptos, cortés y respetuoso como un caballero o monarca del siglo XVIII. Contrario a otros de sus contemporáneos, el de Balaguer es un legado intelectual pero también material, por más que los filisteos de la vida nacional quieran negar. Figura esencial de nuestra historia del siglo XX, vivió de cuerpo entero inmerso en su época. Su casa fue el santuario al que gobernantes y diri­gentes políticos, empresarios e ilusos iban a comulgar, y él los escuchó. Para el investigador serio es más que suficiente detenerse en los períodos 1966-1978 y, después, en su últi­ma gestión de gobierno, un lapso de 10 años que va de 1986 hasta 1996, tiempo en que las leyes del destino, siempre aza­rosas, no siempre ecuánimes ni justas, hicieron que se pro­dujera un recorte de dos años en un propósito dirigido por más que los años las épocas y las generaciones, y que la pa­labra de aquel hombre era un dardo para escrutar la reali­dad. El político, el que amansaba a las grandes multitudes, era un hombre dominante, un psicólogo, el protagonista de voz suave que hablaba en el nombre de los humildes, los del montón salidos. Es un acontecimiento siempre actual, pero un acontecimiento de historicidad permanente, el más leal a sí mismo. Dominó al país y a sus adversarios con la palabra y los hechos aun en los días más terribles de sus dos primeros cuatrienios. Tras el ajusticiamiento de Truji­llo sintonizó las necesidades del pueblo y nos proporcionó lo que faltaba: una esperanza. Fue una conciencia y un hé­roe cuando quiso serlo. Inventó cuantos próceres escritores quiso, pero también se inventó a sí mismo, en apariencia inmune a la maldad humana. Este es uno de sus principa­les aportes: nos creó la ilusión del progreso, la ilusión del futuro que ahora parece muerta, y se hizo contemporáneo de todos los hombres, aun de sus adversarios.
La modernidad dominicana, si es que puede llamarse de esta manera a nuestra actualidad, empezó con él; primero se hizo griego, después egipcio y, finalmente, dominicano. Fue un visionario de conducta hechizante, un monarca que ajus­tó las ideologías y utilizó los conceptos, cortés y respetuoso como un caballero o monarca del siglo XVIII. Contrario a otros de sus contemporáneos, el de Balaguer es un legado intelectual pero también material, por más que los filisteos de la vida nacional quieran negar. Figura esencial de nuestra historia del siglo XX, vivió de cuerpo entero inmerso en su época. Su casa fue el santuario al que gobernantes y diri­gentes políticos, empresarios e ilusos iban a comulgar, y él los escuchó. Para el investigador serio es más que suficiente detenerse en los períodos 1966-1978 y, después, en su últi­ma gestión de gobierno, un lapso de 10 años que va de 1986 hasta 1996, tiempo en que las leyes del destino, siempre aza­rosas, no siempre ecuánimes ni justas, hicieron que se pro­dujera un recorte de dos años en un propósito dirigido por una oposición mayoritaria que, desde el Congreso Nacional, impuso la disminución del período gubernativo separando, de esta manera, elecciones presidenciales y elecciones muni­cipales y congresuales.
Lo expresó don Pedro Henríquez Ureña, nuestro primer Phd:

El ideal de la civilización no es la unificación completa de todos los hombres y todos los países, sino la conservación de todas las diferencias dentro de una armonía.


LOS PRIMEROS DESTELLOS
DE LA IDEA DE MODERNIDAD DOCE CONFLICTIVOS AÑOS DE GOBIERNO (19Ó6-197Ó). EL ESTADO COMO AGENTE DE TRANSFORMACIÓN SOCIAL


Durante 12 años y 45 días, entre el 1 (sic) de julio de 1966 y el 16 de agosto de 1978, me tocó gobernar demo­cráticamente al país. No es a mí, sino a la historia, a la que corresponde enjuiciar ese período de la vida nacio­nal. La posteridad, para ser justa, tendrá que tomar en cuenta el estado en que recibimos el país el primero de julio de 1966 y el estado en que lo entregamos a nues­tro sucesor tras la consulta electoral del 16 de mayo de 1978. El mérito de esa labor de 12 años, si acaso tiene alguno, corresponde a todos los dominicanos, aún a nuestros propios adversarios, que contribuyeron siem­pre, con sus críticas implacables, a mantener vivo en mi espíritu el sentimiento del deber y a esforzarme en devolver a la Patria en dedicación y en servicios, lo que de ella recibí en testimonios de confianza y en honores.
JOAQUÍN BALAGUER
MEMORIAS DE UN CORTESANO DE LA "ERA DE TRUJILLO"

E1 país que el doctor Joaquín Balaguer encuentra cuando, después de ganar las elecciones con un 56%, asume el poder el 1 de julio de 1966, es un país de­vastado y dividido. Todavía la Nación estaba inmersa en las luchas y querellas que había heredado de los años in­medíatos al ajusticiamiento del dictador y, principalmente, de los efectos dejados por la guerra de abril cuyos muertos estaban aun tibios y, abiertas las heridas infligidas a una sociedad profundamente dividida en cuyo interior actua­ban múltiples del trujillismo. El conflicto bélico de abril había cerrado con un saldo de más de 5,000 víctimas y con hondas heridas en la economía y en la moral del pueblo dominicano, señala el propio Balaguer.
Existe la idea del partido para servir al pueblo y el lema Sin injusticias ni privilegios empieza a establecer una política de reconstrucción y desarrollo. Procurar de alguna manera el crecimiento físico del país, disminuir la tasa de empleo y acceder a la naciente tecnología. Para que sirvan de soporte a su magna obra de gobierno crea distintos organismos, con autonomía o sin ella, pero todos con responsabilidades suficientes bien definidas. Muchos de estos organismos, secretarías de Estado y direcciones generales, que ya existían, fueron modificados en el aspec­to jurídico para adecuarlos a las necesidades del nuevo rumbo. Y algo sumamente importante: por primera vez en toda la historia nacional la mujer pasa a ocupar importan­tes posiciones en el aparato estatal, y de esta manera cada provincia tiene una gobernadora.
A continuación destaco algunas de las instituciones y or­ganísmos creados para servir de apoyo a las iniciativas.
Mediante Ley 289 del 30 de junio de 1966, es creada la Corporación Dominicana de Empresas Estatales (CORDE). Su base jurídica modificada luego por la Ley 24 del 15 de septiembre de 1966, y luego el 2 de diciembre de 1967. Y su misión fundamental es servir de eje administrativo a las empresas confiscadas a la familia Trujillo que pasaron a manos del Estado dominicano a causa de la expropiación de bienes que siguió al derrumbe de la satrapía.
Es creado, mediante Ley No.7 del 19 de agosto de 1966, el Consejo Estatal del Azúcar, cuya función principal con­siste en dirigir, coordinar, fiscalizar e inspeccionar todos los ingenios propiedad del Estado dominicano.
El 11 de mayo de 1967 es modificada la Ley 288 del 30 de junio de 1966, mediante la cual quedó creada la Corporación de Fomento Industrial, con atribuciones ahora más claras y amplias llegando a ser una especie de banco de desarrollo del gobierno al servicio de la pequeña y mediana empresa.
La Dirección General de Foresta es creada mediante la Ley 5856 del 2 de abril del año 1967. A ésta se le asignan como función básica regular y controlar la conservación, restauración y aprovechamiento de la foresta nacional.
El 11 de diciembre del año 1969, queda establecido el Instituto Nacional de Estabilización de Precios por Ley No. 526, y se le asigna como función básica servir de comerciali­zador agropecuario con el propósito de sostener los precios de compra a los productores y regular los precios de venta a los consumidores.
En el año 1972, mediante Ley No. 412 del 27 de octubre, es creado el Banco de los Trabajadores Dominicanos cuya función básica era fomentar el ahorro entre los trabajadores, ofrecer créditos a los trabajadores y fortalecer las cooperati­vas y otras entidades organizadas.
La Autoridad Portuaria Dominicana queda establecida mediante la Ley No. 169 del 17 de diciembre de 1970, pero modificada en 1975. Su función básica consiste en dirigir, administrar, explotar, operar, conservar y mejorar los puer­tos marítimos de carácter comercial y aplicar la política de desarrollo portuario que determine la Presidencia de la República.
Mediante Ley No. 137 del 21 de marzo de 1971, modifi­cada por las leyes Nos.48 y 49, ambas del 23 de octubre de 1974, queda creado el Centro Dominicano de Promoción de las Exportaciones (CEDOPEX).
Mediante Ley No.67 del 5 de noviembre de 1974 es crea­da la Dirección Nacional de Parques, cuya función consiste en desarrollar, administrar y cuidar áreas protegidas, por razones recreativas, históricas, naturales e indígenas de la nación.
El Instituto Nacional del Algodón es creado mediante la Ley 416 del 3 de julio de 1976, y sus funciones básicas son reunir información y coordinar acciones para el mejora­miento del cultivo del algodón e incentivar su producción y propiciar su industrialización y exportación.
Es creado, asimismo, el Instituto Postal Dominicano (INPOSDOM) con el objetivo de ofrecer servicios de correos nacionales e internacionales.
Como la capital era ya el principal centro manufactu­rero llegan miles de dominicanos procedentes de las zonas rurales atraídos por la oferta de servicios, acueductos, ho­teles, hospitales, servicio telefónico, la radio y la televisión, escuelas y carreteras, entre otras facilidades. Toda migración produce un déficit habitacional y en el país es poca la banca hipotecaria. Como no hay muchas viviendas disponibles para el alquiler o el precio de los alquileres es demasiado elevado, comienzan a formarse los llamados cordones de miseria.
Para Balaguer lo primero era la modificación y moder­nización de los medios y modos de producción, sobre todo para la reciente industria manufacturera. Entonces se arma, en el año 1968, con la Ley 299 de Protección e Incentivo In­dustrial que él mismo había sometido al Congreso Nacio­nal, y pocos año después el 78% de los negocios protegidos por este instrumento jurídico funcionan en Santo Domingo; en 1976 más del 70% del gasto gubernamental se invertía en la capital. Pero en el lapso 1974-1975, e período de oro de la construcción, el sector privado se siente motivado y decide incursionar en ese mercado de manera más que sig­nificativa. En Santiago, por ejemplo, el gobierno del doctor Balaguer desarrollaba proyectos de crecimiento físico (que ahora serían llamados megaproyectos) como las avenidas Mirador del Yaque, Estrella Ureña y Central, un acueducto y la remodelación del centro urbano, diversos alcantarillados, mientras los promotores privados continuaban desarrollan­do proyectos de viviendas para diversos núcleos de la pobla­ción motivados por el aumento en los niveles de ingresos y el fortalecimiento de una nueva clase media.
Estimulado por los resultados de esta iniciativa y por la creciente necesidad de generar divisas, Balaguer somete al Congreso Nacional un sistema de leyes tendentes a lograr una mejor reorganización del Estado y proteger con mayor seguridad jurídica a capitales e inversiones. Crea fuentes de financiamientos para estimular el desarrollo agrícola y dis­pone vender el país como destino turístico para atraer las divisas necesarias para la importación de bienes y servicios. Para eso era necesario un clima de confianza al costo que fuera, pues los intereses de la nación debían estar por enci­ma de los particulares. El desafío es establecer un clima de armonía y reconciliación. De esta manera, sin socavar los fondos internos, el país podría hacer frente a las necesida­des básicas de determinados bienes de consumo de obligada exportación. Un dato importante revela de alguna manera la realidad del momento: "en el año 1967" -afirma Bosch auxiliado por algunos datos del Banco Central- "sólo entra­ron al país, por medio de firmas privadas, 10 millones 900 mil pesos; en el 1968 esta cifra aumentó a 30 millones, en el 1969, 35 millones 100 mil pesos, y en 1970 74 millones 100 mil pesos debido a las inversiones de la Falconbridge. En esos mismos años hubo una inflación de 5.1% y el ingreso per cápita era 287 pesos".
A pesar de todas las eventualidades y contradicciones del doctor Balaguer instauró un gobierno que podría deno­minarse de auténtica reconstrucción nacional y al ritmo de slogan Gobierno que trabaja/país que progresa, la Repúbli­ca emprendió el difícil camino de la reconciliación y el defi­nitivo despegue hacia la modernidad. Modernidad del país físico, pero también modernidad del aparato del Estado y de sus instituciones en el que sería el primero de tres perío­dos gubernamentales consecutivos. Difícil es, entre tantos aciertos, establecer las magnitudes de todo cuanto aportó al país para ensanchar el acervo nacional con obras de pro­greso y para enriquecer, en el orden político y en el social, el patrimonio de todos los dominicanos.
En el cuatrienio 1966-1970 el doctor Balaguer inicia un vasto plan de viviendas destinadas a las clases más nece­sidades y comienza, asimismo, la construcción de la Presa de Tavera, primera obra de ese género ejecutada en el país. Luego, en 1971, en el alba del segundo período, suscribe, con la empresa española Agromán, el contrato de construc­ción de la Presa Hidroeléctrica de Valdesia; en 1972 inicia la construcción de la Presa de Sabaneta y del canal José Joa­quín Puello en la provincia de San Juan de la Maguana. En 1973, en pleno segundo período, comienza la construcción de las presas hidroeléctricas de Sabana Yegua, costeadas totalmente con recursos propios del Gobierno dominica­no, en un programa de implementaciones que se extendería por varios períodos. De esta manera, en 1986, cuando re­torna a la Presidencia de la República cuya gestión esta vez habrá de ser ahora por diez años, reinicia de inmediato el programa de obras pendientes como las Presas de Jigüey y Aguacate, Acueducto Valdesia-Santo Domingo. Comienza, además, los trabajos hidroeléctricos del canal Nizaíto, obra de gran importancia social para la recuperación de las zo­nas fronterizas comprendidas entre Paraíso y Oviedo.
Pero no basta. Es activada la pujante industria de la construcción, lo que no fue muy difícil debido a la bonanza económica existente como consecuencia de los altos pre­cios del azúcar en el mercado internacional y de otros pro­ductos tradicionales de exportación como el café, el cacao, el tabaco y la paridad de la moneda dominicana frente al dólar. En ese lapso las exportaciones alcanzan uno de sus niveles más altos, y son creadas las Zonas Francas y se inyectan significativos capitales al Consejo Estatal del Azúcar
`Y el Banco Agrícola. No basta para el problema de las tie­rras el Instituto Agrario Dominicano y entonces es creada la Comisión de Aplicación de las Leyes Agrarias, y para que los alimentos de primera necesidad lleguen al consumidor
! a precios más bajos y estables nace el Instituto Nacional de Estabilización de Precios. Lentamente se va creando una economía de bienes y servicios. El sector de las comunica­ciones empieza un crecimiento inusitado. Balaguer recorre el país sembrando escuelas y centros deportivos y cultu­rales, nacen nuevas edificaciones, nuevas urbanizaciones, viviendas de interés social. La capital experimenta un cre­cimiento desmesurado.
Por el Sur Santo Domingo empalma con Haina, y ésta con San Cristóbal. Los Mina, el hoy populoso y muy po­blado blado sector, que era apenas un punto al Este de la ciudad, se convierte en una pujante ciudad paralela con cientos de comercios y entidades de servicios. El gobierno se ve obli­gado a instalar en el sector oficinas estatales, y toda la zona va llenándose de urbanizaciones y centros comerciales. Por el Norte la capital colinda con Villa Mella y ésta con La Vic­toria, el kilómetro 9 empalma con Los Alcarrizos, etc. Son muy pocos los poblados donde no hay crecimiento; para evitar la continuidad del éxodo masivo del campesinado a la ciudad son levantadas escuelas y centros deportivos co­munitarios, munitarios, servicios sanitarios, de agua, luz comunicacio­nes, etc. Esta expansión de la economía y el crecimiento de la inversión extranjera propiciando la implementación de instituciones de la banca comercial e hipotecaria. Grandes multinacionales como la Gulf and Western se establecen en el país amparadas por un sistema jurídico que ofrece garantías a la inversión, pero persiste en el doctor Balaguer un cierto orgullo nacionalista, aunque otros lo vieran en ese momento como una entelequia del sistema de partidos. Ya han sido creadas instituciones de educación superior como la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), Universidad Central del Este (UCE) eN San Pedro de Maco­rís, a las que el gobierno dominicano, por expresa disposi­ción de su presidente, asignó subvenciones al tiempo que se establecieron medidas impositivas con el propósito de cap­tar recursos que serían destinados al apoyo de estas institu­ciones. Hay que destacar, ahora, que fue durante la gestión del doctor Balaguer como secretario de Educación cuando por primera vez en el país fueron aumentados los sueldos de los maestros y se inició una campaña de capacitación; asimismo fue creada la Junta Pro Vivienda del Maestro v se asignaron viviendas a un gran número de profesores, se modificaron los sistemas existentes en el país para facilitar la misión del maestro y se dio apertura a los liceos noctur­nos para que jóvenes y adultos que trabajaban durante el día pudieran asistir en horas de la noche; se restablecieron las escuelas de artes y oficios y fueron premiados, con al­tas distinciones honoríficas y jubilaciones privilegiadas, los maestros que pusieron mayor empeño en sus funciones.
En el año 1971 es creado el Centro Dominicano de las Exportaciones (CEDOPEX) como necesario instrumento para la promoción de las exportaciones. Durante el decenio 1961-1971 la industria azucarera ha sido instituida como un monopolio privado-estatal, y crece, estimulada por el gobier­no, se instala en el país la Gulf and Western con el moder­no Central Romana. Simultáneamente van formándose los tecnócratas que el país requiere en áreas como la Planifica­ción Económica y Social, Planificación de Administración Pública Organización y Administración Pública, etc., me­diante programas apoyados por el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Organización de las Naciones Unidas, la Organización de Estados Americanos y la colaboración de gobiernos amigos como los de España y México.
Hasta ese momento la política estatal en lo referente a las tierras había sido sólo la distribución de las tierras a los campesinos dentro de lo establecido por la Ley sobre la Reforma Agraria. Luego es sancionado el Código Agrario, una recopilación de leyes relacionadas con las tierras y otras que fueron creadas para una más clara normativa en la le­gislación de tierras. La migración del campo a la ciudad se­guía en aumento y, ante esta realidad, el gobernante se pro­puso crear la Comisión de Aplicación de las Leyes Agrarias promulgadas en 1972 inspiradas en la necesidad de realizar mayores asentamientos en las tierras baldías al tiempo que aportaban mayores recursos técnicos y económicos, para que los campesinos explotaran esas tierras. De esta manera se produjeron asentamientos de parceleros en los proyectos Mogollón, en San Juan de la Maguana; Santa Elena de Ba­rahona; Maizal, Valverde, Pedro Sánchez en El Seibo; Limón del Yuna, provincia Duarte; El Carrizal, Santiago de los Ca­balleros; Caracol, La Vega; Pedro Corto, San Juan; La Piña y Angelína en Sánchez Ramírez; Haras Nacionales en el Distri­to Nacional. Hasta el año 1974 el gobierno había comprado más de 300 mil tareas de tierras con un valor aproximado de 18 millones de pesos, con lo que el patrimonio de la Reforma Agraria aumentaba sustancialmente.
Todos estos asentamientos estaban destinados a la producción de alimentos básicos y no a la ganadería como pretendía una clase, debido a la insuficiencia para satisfa­cer la demanda de diversos rublos, que en muchos casos serían de mayor calidad y llegarían mercado a precios muy por debajo de los que tenían los productos importados.
El descenso de la economía dominicana y el aumento de la mano de obra ociosa que se generó entre los años 1978 y 1986 dejaron en los ánimos de los dominicanos una especie de frustración y desesperanza. En abril de 1984 la crisis eco­nómica estalló y se convirtió en crisis política con un lamen­table saldo de muertos y heridos. El pregonado nacionalismo cayó por el suelo y el descenso de la producción, enlazado con el aumento de las importaciones y la incipiente debíli­dad de la moneda nacional, propiciaron la fuga de cientos de dominicanos hacia el exterior, principalmente hacia los Esta­dos Unidos, en principio, y después, hacia Europa, una fuga más bien de mujeres que salían al exterior con el propósito de producir los recursos con los cuales mantendrían a los fa­miliares que habían dejado en el país y muchos, tras ingentes esfuerzos para ahorrar, se harían de viviendas propias. Todo esto contribuyó a crear un sólido mercado de remesas. Nunca como en esos años (1978-1996) se ha apoderado del alma de los dominicanos tan grande necesidad de emigrar. Es cierto que la emigración produce importantes beneficios en muchos casos, pero en tantos otros se destruye la familia, mueren los afectos o se termina de la peor manera posible.
En el año 1974, mientras se hacen los preparativos para la tercera repostulación del presidente Balaguer fren­te al entonces poderoso "Acuerdo de Santiago", el legado del gobernante era de por sí ampliamente significativo, y registraba la acelerada construcción de numerosas vivien­das destinadas a personas de escasos recursos, así como de otras obras destinadas a empleados y particulares de la misma clase media que él había ayudado a levantarse para contribuir con la solución al problema habitacional, que fue una de sus principales preocupaciones. Entendió que, por encima de todo, los pobres merecían un techo. Fue así como miles de familias obtuvieron viviendas gracias a esa política de construcción con bajos iniciales y muy cómodas mensualidades financiadas por organismos como el Insti­tuto Nacional de Auxilios y Viviendas (SAVICA), el Instituto Nacional de la Vivienda (INVI) y la Dirección General de Bienes Nacionales (BN).
Populosos sectores de la ciudad capital como Guachu­pita, Lengua Azul, Los Mina, Villa Duarte, Cristo Rey, el ba­rrio La 40, Honduras, Matahambre, Los Jardines del Norte, entre otros, habían sido embellecidos con la construcción de prácticos y modernos edificios multifamiliares provistos de modernas avenidas, aceras, contenes, alcantarillados, sistema de agua potable y áreas verdes; pero independien­temente de la construcción de numerosas viviendas para personas de escasos recursos, muchas veces con fondos directos de la Presidencia de la República, fueron construi­dos elegantes barrios residenciales. En ese mismo tiempo la administración de la Lotería Nacional, interpretando la política habitacional del doctor Balaguer, levantó viviendas y barriadas residenciales para ser rifadas en adición a sus sorteos tradicionales.
Pero esa política de construcción para personas de ingre­sos modestos no se quedó en la capital, que fue aplicada en el interior del país y numerosas viviendas fueron levantadas en la región fronteriza y en el Sur, donde el gobierno financió vi­viendas en Pedernales, Oviedo, Azua, Jimaní, Barahona, Inde­pendencia, en su mayoría construidas contra huracanes. En ese momento el gobierno central había hecho inversiones en viviendas aisladas y multifamiliares que sobrepasaban los 46 millones de pesos que, por la paridad entonces con la moneda norteamericana, eran 46 millones de dólares. En octubre del año 1974, según fuentes de la Oficina Nacional de Presupues­to, la inversión en viviendas había sido de RD$62,961,410.52. En ese mismo año el Instituto Nacional de Auxilios y Vivien­das (SAVICA) realizó una de las mayores inversiones hechas desde su fundación. Construyó, por ejemplo, en el sector de Herrera, la urbanización "El Cristo de Las Palmas", consis­tente en 168 viviendas de tipos diversos, incluyendo iglesia, escuela, centro comercial, plaza, zonas verdes, acueducto, calles, aceras, contenes y alumbrado eléctrico por una suma ascendente a más de 3 millones y medio de pesos. A instancias del presidente Balaguer fue levantada "La ciudad de los mi­llonarios", unas 630 viviendas de distintos tipos por un valor global de 9 millones de pesos, sin incluir las redes eléctricas, acueductos, calles ni modernos zafacones. Estas se agregan a las 224 viviendas que hasta el año 1972 había construido SAVICA ubicadas entre las avenidas Sarasota y Anacaona y entre Sarasota y Bolívar. Estas urbanizaciones, incluyendo acueducto, calles, aceras, contenes y alumbrado eléctrico, se hicieron con una inversión global que excedió los 55 millones de pesos en ese momento.
Se consigna que en ese mismo año SAVICA donó 440 viviendas pertenecientes a la antigua Junta Pro-Viviendas de Maestros al servicio del Estado. Asimismo, inversiones que sobrepasaron los 8 millones de pesos fueron hechas por el Instituto Nacional de la Vivienda en seis proyectos de vívien­das ejecutados en Santo Domingo, Bonao y Jarabacoa. De esas inversiones la Presidencia de la República aportó fon­dos por la suma de RD$3,829,960.26.
Otro aspecto en el que hubo aportes inestimables es el sector de la educación. Balaguer fue consciente de los de­beres y obligaciones del Estado con el sector Educación y el avance en este sentido fue siempre una de sus metas fun­damentales. Fuera de los aportes que, en materia de edu­cación, hicieron organismos como la Oficina de Desarrollo de la Comunidad y la Acción Cívica de las Fuerzas Armadas y otros descentralizados, fueron construidas más de 5 mil aulas escolares con una inversión de más de 30 millones de pesos, suma que en ese tiempo era de un enorme significado. Al cierre del cuatrienio 1970-1974 el doctor Balaguer había puesto a disposición de la Secretaría de Estado de Educación 34 nuevas, confortables y modernas edificaciones escolares con una inversión que sobrepasaba los 4 millones de pesos. Entre ellas estaban 203 para la educación primaria urbana; 198 para la educación rural y 42 para la secundaría. Pero a todo esto necesariamente hay que agregar las reparaciones de escuelas y construcciones anexas como canchas depor­tívas, bibliotecas, etc. A la par el gobierno otorgaba becas a numerosos estudiantes y patrocinó seminarios y eventos y siguió equipando las escuelas con pupitres y pizarrones. El presidente Balaguer dispuso, asimismo, la instauración del escalafón magisterial y la elevación de los salarios y se pre­ocupó por la capacitación de los maestros y becas otorgadas para cursar estudios en el exterior y se construyó un barrio exclusivamente para los maestros.
En el aspecto deportivo, el gobierno balaguerista puso notable empeño en el levantamiento de importantes edificaciones, como las construidas para la celebración de los XII Juegos Deportivos Centroamericanos y del Caribe que culmi­naron con gran éxito. Ya el Palacio de los Deportes había sido construido porunvalorde RD$3,454,178.00, Estado Olímpico porRD$3,711,335.00, un Velódromo, RD$825,000.00, Piscina Olímpica RD$782,006.00, Centro Olímpico RD$182,485.00, Complejo deportivo San Francisco de Macorís por valor de RD$1,629,516.00, ampliación del Estadio Cibao, primera y segunda etapas RD$180,202.00 y RD$653,193.00, respecti­vamente, Complejo deportivo La Vega RD$1,445,434.00. En estas construcciones, conjuntamente con las otras hechas en numerosas escuelas en todo el país el gobierno central in­virtió la suma de RD$13,951,736.30, siempre de acuerdo a cifras de la Oficina Nacional de Estadísticas.
La construcción y remodelación de importantes edifi­cios públicos fue otra de las vertientes indudables de este gran jefe de Estado. Hasta el año 1975 se habían invertido en este sentido más de 4 millones de pesos. A modo de ejemplo, veamos: Dirección General de Rentas Internas, depósitos de Aduanas en Santo Domingo, Tribunal de Tierras, Catastro Nacional, Palacio Municipal de Santiago; Club de la Secre­taría de Estado de las Fuerzas Armadas, cuartel de Material Bélico en el kilómetro 25, Destacamento del Ejército Nacio­nal en Duvergé, Fortaleza de Sabana, Centro de Albañiles de Santo Domingo, Club de Billeteros, edificio de oficinas públicas en Sabana. Asimismo la Corporación de Fomentos Industrial, Mercado de Santo Domingo, Secretaría de Esta­do de Industria y Comercio, Mercado de Honduras, Mercado de Santiago, Edificio de Oficinas Públicas en la avenida 27 de Febrero, obras del Estado, Palacio Municipal de Santia­go, entre otras tantas.
En obras urbanísticas hubo también grandes inversio­nes. Construcción de la verja del Jardín Botánico, parqueo iluminado del Teatro Nacional, paseos en la avenida Las Américas, jardines de la Plaza de la Cultura, restauración de varias casas coloniales en la calle Las Damas, paseos del Jardín Botánico y la amplia verja del Centro Olímpico. También hay que destacar la construcción de lagos en el Jardín Botánico, un hostal en la calle Las Damas, los ca­minos peatonales del Jardín Botánico, edificios de plantas acuáticas, parqueo del Botánico, la zona verde y la avenida sur del mismo jardín.
En el mismo sentido, debemos destacar la construc­ción de un hotel en Sabana por parte del Estado, uno en Puerto Plata y otro en Cayo Levantado; un hotel en Val­verde, Mao, embellecimiento del parque Mirador sur José Contreras, varios bungalows. Construcción de cloacas y al­cantarillados por valor de más de 15 millones de pesos sin excluir préstamos internacionales; solo en la zona norte del país se construyeron acueductos y alcantarillados y cloacas por más de 3 millones de pesos, asimismo, fueron cons­truidos en las márgenes del río Ozama, Honduras, Haina, Abraham Líncoln, sistemas de cloacas y alcantarillados en Santo Domingo, la Villa Centroamericana, Los Mina, Cristo Rey, Higüey, San Francisco de Macorís, Arroyo Guacama­je, Montecristi, Puerto Plata, Gaspar Hernández, Samaná, Oeste de Arroyo Hondo en Santo Domingo.
Inestimables aportes jamás igualados por ningún otro gobierno, son los referentes a las instituciones culturales en las cuales fueron invertidos más de 12 millones de pesos, en­tonces moneda dura. Entre esas obras están el moderno Tea­tro Nacional que en ese tiempo costó 3 millones y medio de pesos sin incluir la compra de los terrenos, el mobiliario ni las decoraciones; la Biblioteca Nacional, Museo del Tostado, Museo de los Capitanes, Museo de Historia Natural, Museo del Hombre Dominicano, Museo de Arte Moderno, restaura­ción de Las Atarazanas, ambientación de los monumentos históricos de la Ciudad Colonial como la remodelación del Alcázar de Colón, muralla de Las Atarazanas, Museo Virrei­nal, Casa de Monjas e Iglesia en Honduras, consolidación de la Catedral Primada de América, Museo Botánico, Fuerte de San Felipe de Puerto Plata y la Casa Curial de Navarrete. Se destaca, además, el Jardín Zoológico, considerado uno de los más importantes del mundo, y el levantamiento de otras edificaciones en el interior del país.
El mantenimiento y construcción de edificaciones hos­pitalarias fueron otro aporte de extremada importancia. En Santo Domingo se hizo el Hospital Materno-Infantil, a un costo de más de un millón de pesos, Dispensario de la ur­banización Ramón Matías Mella, Dispensario Estadio Quis­queya, hospitales en Neiba, Los Mina, Tamayo, Loma de Ca­brera, La Romana, Las Matas de Farfán, Samaná, Las Matas de Cotuí, Valverde Mao y un subcentro en Esperanza con inversiones de aproximadamente millón y medio de pesos.
Asombrado ante los logros experimentados por el go­bierno del doctor Balaguer en sus tres períodos consecuti­vos, después de analizar -como citamos en principio- las condiciones de la sociedad dominicana tras el ajusticiamien­to de Trujillo, el historiador Moya Pons aduce (1961 un pa­norama desolador) que:
Como se ve, el punto desde el cual tenían que par­tir los dominicanos en 1961 presentaba un panorama tan desolador que hoy parece increíble que en 18 años la República Dominicana haya podido cambiar como ha cambiado. Por ejemplo, con la muerte de Trujillo se des­ataron todas las energías de la nación; los grupos medios que habían venido formándose empezaron a organizarse en una pléyade de instituciones, grupos de presión, gru­pos de intereses y asociaciones que han terminado dán­dole a la República Dominicana en el sector privado una fisonomía institucional que contrasta radicalmente con la hegemonía gubernamental y estatal (sic) que fue la norma de la vida dominicana desde Nicolás de Ovando (1502) hasta el Consejo de Estado (1962).
La palabra es confianza; esa confianza que el doctor Ba­laguer insufló en los sectores económicos y la manera como pudo apaciguar las pasiones que hasta entonces estaban dor­midas en una gran parte del alma nacional. El ilustre vegano que acabo de citar, refiriéndose -por la suma de los años, al gobierno que inició en 1978- agrega que:
la República Dominicana ha vuelto a endeudarse, lue­go de un período de I S años en que la deuda externa había sido prácticamente inexistente.
Entre 1968 y 1975 el alza de los precios del azúcar en el mercado internacional y el crecimiento industrial devolvie­ron al país una bonanza que muchos economistas e historia­dores consideraron ficticia.
La sociedad dominicana experimenta transformaciones indudables y, como nunca antes, el crecimiento económico es irrefutable, a pesar de que desde mediados de 1977 se ini­ció una estrepitosa caída en los precios de los principales productos dominicanos de exportación y desde fines de 1973 había comenzado el alza en los precios del petróleo y, con­secuentemente, el de los artículos industriales, las materias primas, los seguros, los pasajes, los fletes, etc. La baja en los precios de los productos que vendíamos al exterior co­incidió con el alza de lo que comprábamos en el extranjero. Pero nada de esto fue óbice para que Balaguer continuara sus obras de infraestructura.
En el año 2002 el actual presidente de la República, doctor Leonel Fernández, pronunció una conferencia en la Universidad Seton May, de West Orange, en Newark, New Jersey, Estados Unidos, y refiriéndose al doctor Balaguer y su gobierno expresó lo siguiente:
Desde el punto de vista económico el gobierno del doctor Balaguer de los 12 Años fue un gobierno ejem­plar. ¿Por qué razón? Porque el crecimiento de la eco­nomía en los 12 Años fue cerca de un 8 por ciento. Y hubo algo, entre 1968 y 1973 la economía dominicana creció a un 11 %, nunca visto antes en la historia domi­nicana (...). El gobierno pudo definitivamente consoli­darse en base a una serie de argucias como la reducción del gasto corriente para concentrar la atención en obras públicas, atraer inversiones extranjeras y la ayuda nor­teamericana. Y eso permitió que el doctor Balaguer, desde el punto de vista económico, llevara a cabo una acción que permitió que la economía dominicana se colocara en cerca de un 8% en doce años. Obviamente la sociedad dominicana se fue transformando, se creó una clase media que no existía antes, se incrementó la demanda, y empezó la Zona Industrial de Herrera, que procuraba un modelo para sustituir las importaciones. El modelo de zona industrial nació en ese período en La Romana, en 1969. El turismo, de alguna manera como modelo económico, empezó ahí también. Todo lo que es la base de la economía moderna empezó en el período de los 12 Años.
En un editorial del Listín Diario, en la edición corres­pondiente a 17-8-71, don Rafael Herrera enfatizaba:
... la convicción de que el gobierno está enfrentando resueltamente los problemas económicos de la nación. Y todo ello acelerará el nacimiento de un nuevo sistema monetario, que ha venido gestándose en las discusio­nes de los economistas, en acuerdos informales de los bancos, etc.
Otro editorial del mismo rotativo expresa, refiriéndose a la economía dominicana de esos tiempos:
Los problemas son problemas del exceso de cré­dito... Los bancos dicen que tienen falta de liquidez. Incierto. Están prestando mucho más allá de sus posi­bilidades normales, y por eso alegan falta de liquidez...pagan e112, el 14, el 16 por ciento anual, lo cual indica que sus operaciones son tan rentables que les permiten pagar esas tasas de interés... Todo el que quiere impor­tar consigue crédito... para adquirir bienes con dólares propios. Los créditos del Fondo FIDE, con frecuencia cubren cerca del ciento por ciento de la inversión para industrias y ampliación de industrias... Continuamen­te se constituyen sociedades financieras para el desa­rrollo. Su fuente de recursos. El Banco Central... Así se ha formado la enorme masa de dinero circulante en el país, destinado en gran parte a fines estériles... Se ini­ció un paulatino crecimiento de las exportaciones y en e1969 establecieron un nuevo récord... Desde entonces crecieron con alto porcentaje anual. En 1974 llegaron a unos 937 millones de dólares. El año pasado 894 millo­nes (Este fue el año en que se exportó el azúcar vendida a los altos precios de 1974)... La República Domini­cana tuvo frecuentes déficits en su balanza comercial, y otros permanentes en su balanza de pagos en cuen­ta corriente, con excepción del año extraordinario de 1975, que el propio Presidente de la República advirtió insistentemente que no podía considerarse un año pa­trón... El país ha demostrado tener un gran vigor en su economía... La economía dominicana tiene gran vigor, un creciente vigor...
Las elecciones de 1978 fueron, como se sabe, conflicti­vas. R. A. Font Bernard insiste en que Carlos Andrés Pérez, entonces presidente de Venezuela y prominente miembro de la Internacional Socialista, envió a la República Domini­cana importantes expertos en fraudes electorales que con­taron con el apoyo del presidente Jimmy Carter. Se conocen los esfuerzos hechos por importantes jerarcas militares de la época por desconocer lo que, de acuerdo al organismo rector de las elecciones, entonces fue denominado como "la voluntad popular".
El 16 de agosto de 1978, cuando traspasa el mando, concluido el gobierno de los doce años, Balaguer deja al país una deuda externa de apenas 1 mil 311 millones 610 mil dó­lares. Pero ésta sería abultada abusivamente y, en contra de la voluntad de los sectores más sensatos de la nación, se dio inicio a un festival de endeudamiento que, décadas después, aún sigue socavando a la economía dominicana en sus par­tes más sensibles.
Veinte años después, ya con los resultados a mano y he­cha la obligada disquisición, en una sesuda obra La lucha inevitable Miguel Guerrero anotaba lo siguiente:
... a partir de 1978 se observó un retroceso con respecto a muchos de los logros alcanzados hasta entonces. Un deterioro de las ciudades, a causa de una crisis en los servicios públicos -escasez de energía y agua, amonto­namiento de la basura, etc.,- contribuyó sensiblemen­te a ello. (... ) las conquistas en el marco político en dos décadas de ensayo democrático superan las obtenidas en el plano de la distribución del ingreso. Probablemen­te la inflación la caída de los mercados internacionales de los productos básicos de exportación del país y otros factores ajenos a la voluntad y la decisión de los domi­nicanos, ha entorpecido a contar de entonces el avance hacía un equilibrio más o menos aceptable de esta ba­lanza de las realizaciones.
El propio Guerrero, en la obra citada, señala que:
Hasta 1978 se prestó más relevancia al crecimien­to que a la equidad social, aunque justo es reconocerlo, hubo avances en materia de distribución del ingreso a partir de la promulgación del código de leyes agrarias. A partir de esa fecha, sin embargo, las políticas guber­namentales estuvieron más inclinadas al aspecto social que al crecimiento, con resultados mucho más escasos.
Con todas las contradicciones suscitadas por la época y sus luchas políticas, el país y la economía dominicana expe­rimentaron entre 1966 y 1978 crecimientos jamás vistos, que -como se ha citado- fueron reconocidos en e12002 en una conferencia en los Estados Unidos por el actual presidente de la República.
En aquellos años nos creíamos comprometidos con los llamados nuevos tiempos y empuñábamos las consignas como armas. Balaguer era ya una institución y un mito. Para él la patria era poesía y sus ídolos no estaban aquí sino en la antigua Grecia, la Grecia Eterna, en Roma, en la España Infinita, en la Raza Inglesa; aquí eran Duarte y Antonio Du­vergé, Máximo Gómez y hasta Pedro Santana (que vendió al país por un marquesado irrisorio). Pero ante todo siempre fue Martí, Martí el inmenso, el único latinoamericano que en vedad deslumbró a Rubén Darío. No era un profeta sino un visionario.
Balaguer se apoderó de la palabra y habló en nombre de todos, pero escribió en singular. Sus ataduras estaban en estas circunstancias, casi siempre tan filosas que él mismo ha llamado destino. Y sucede que el destino, como las leyes de Dios, es inapelable e inescrutable. Es probable que en la liturgia de sus ritos secretos (porque demasiado secreta fue su vida personal), en su obra no hay que leer las palabras sino el silencio, que es donde está el decir.
El protagonista principal de nuestro tiempo no es el hombre sino el deseo. El hombre es apenas una transeúnte eternidad y la pregunta sin respuesta; es el amo y el es­clavo, la víctima y el verdugo. Balaguer fue esa conciencia desvelada, ese muro de contención contra los extremismos y los totalitarismos; fue el árbitro y la prudencia, el ascua y el agua para apagar el fuego. La cantidad de sus obras materiales y su obra literaria, ponen al desnudo a todos los mortales. Ya lo dijo Ortega: un hombre se conoce mejor por sus ilusiones (porque la ilusión es más fecunda que el de­ber). Sobre esos predios anda la importancia de su obra de creación, su obra espiritual. Vio a Duarte como un Cristo y así lo dibujó; en la mujer sintió los alientos de la divinidad, la única terrenal. Se convenció de que la educación es el sendero de la libertad y el crecimiento humano, y sembró el país de escuelas y centros deportivos. Fue un teniente gene­ral en un ejército compuesto por muchos cabos y sargento y unos cuantos suboficiales. Para afirmarlo hay que despo­jarse de ideologías por más que afirmen que toda escritura postula una ideología. Hay que colocar la realidad así como el cirujano coloca sobre la mesa el cuerpo del enfermo.
La naturaleza histórica de la República obligaba: se estaba con Balaguer o se estaba contra Balaguer. No se po­día ignorar porque en sus manos la realidad había coloca­do los dardos y es casi un axioma que cobarde no va a la gloria. Entre El Cristo de la Libertad y el Faro a Colón no es mucha la distancia. Ambas obras son la confirmación de una práctica. Se creían portadores de la esperanza con todas las consignas pronunciadas de manera relámpago en el Altar de la Patria o en alguna esquina de la zona norte. Vociferaban: Patria o Muerte; pero una tarde, saliendo de la multitud de la calle El Conde, después que alguien in­currió en semejante pendejada, se oyó la voz de un poeta medialengua de mirada lánguida: "Un momento, compañe­ro" -dijo en voz alta- "¡Déjense de vainas, compañeros! Patria o Muerte no; ¡Patria o rasguños leves!" En ese mo­mento quedó enterrado para siempre aquel slogan que ha­bía sido escrito en tantas paredes de tantos mundos. Todo había sido pasión, un instante de ceguera como todas las pasiones. Prosista de elevado calibre que eligió quedarse en la raíz, instaurarse por una eternidad. Se alzó con la verdad como quien gana una batalla y nos legó apenas el rumor de una fuente a punto de agotarse, la complicidad sonora del agua entre las piedras.
Desde el momento en que la estatua ecuestre de Trujillo cayó desmoronada en San Cristóbal, nacía un hombre que había sido discreto proyecto. Horas después el hombre estaba allí, en la iglesia de Nuestra Señora de la Consolación, de traje oscuro, pronunciando la oración fúnebre como él mismo la llama, es decir, aquel panegírico memorable, sin duda el más grande que dominicano alguno haya escrito y pronunciado.
Los hombres de este tiempo estamos condenados por la memoria de Joaquín Balaguer. Aunque sus huesos están ' rígidos y fríos, o ya no quede ni uno porque se los han co­mido los gusanos. Tuvo lo que no tienen todos los hombres: perspectiva de futuro, espíritu de sacrificio, visión crítica para ver más allá de la historia y de la mar que nos rodea haciendo de la isla un habitáculo cualquiera. Visión y Ver­bo (así con mayúsculas) hubo en él. Recuérdese que Verbo es Carne y ésta habrá de ser gusano. Como nadie, sí, como nadie él pudo meterle el diente a la realidad en la que vivió zambullido, aun cuando escribía poesía.
Pero era tanto el respeto a la poesía que escribió:
Hay algo de que puedo sentirme halagado. Nun­ca escribí un verso en honor de Trujillo. En el libro que se publicó en 1946 (Editorial El Diario, Santia­go), donde aparecen las firmas de la mayoría de los poetas dominicanos de la época, no figura el nombre del suscrito. Siempre he creído que el medio más ex­celso de que dispone el hombre para exponer sus ideas e inquietudes es la poesía, y que ésta por pobre y des­lucida que sea, sólo debe usarse para expresar lo más puro y lo más noble del sentimiento humano. Preferí colgar la lira, como usualmente se dice, y mantener esa afición de mi juventud olvidada.

EL MEMORIOSO OTOÑO DE UN PATRIARCA.
DIEZ AÑOS DE GOBIERNO (1986-1996)
En agosto del año 1986, después de unas cerradas elecciones, el doctor Balaguer vuelve a la Presidencia de la República. En un discurso pronunciado al país afirma que su único compromiso es sólo con Dios y con la patria.
Pero el país ya no es el mismo. Desde 1978 la industria de la construcción ha caído en un punto muerto. La eco­nomía agropecuaria ha sufrido un progresivo proceso de
' deterioro como consecuencia de una política equivocada
; que nunca atacó de frente los problemas estructurales de la agropecuaria. La banca privada se ha debilitado. La indus­tria del azúcar ha sufrido bajas significativas y, contrario a otros tiempos, el país compra más y vende menos. La mo­neda dominicana se ha debilitado considerablemente frente al dólar y las instituciones están arropadas por un aura de creciente descrédito. Las Zonas Franca han caído en la iner­cia y el empresariado nacional exige leyes más rigurosas. Las drogas se han convertido en un negocio lucrativo, peligroso y maldito, y la juventud dominicana, en gran medida, como consecuencia del alto nivel de desempleo, ha perdido sus ilu­siones. Entonces se produce un éxodo hacia los Estados Uni­dos (que muy pocos años después será hacia Europa). Médi­cos, abogados, psicólogos, contadores públicos e ingenieros en diversas ramas pasan a ser taxistas, carniceros, conserjes y porteros en diversas ciudades de los Estados Unidos. En el país aparece "el cadena". Muchos parques industriales han desaparecido y falta coherencia en las políticas guber­namentales. La Ley de Inversión Extranjera No. 861, del 22 de julio de 1978, no ha surtido los efectos esperados. El mer­cado informal, que había crecido incalificablemente tras el estímulo del gobierno reformista que lo vio como sustituto del desempleo, ahora estaba sumamente debilitado.
El país tiene entonces 8 millones y medio de habitan­tes y ha sido sometido a profundas transformaciones eco­nómicas que registran un saldo negativo para las mayorías. La economía dominicana, que de 1968 a 1975 había crecido a un promedio de 8%, en el período 1978-1986 descendió apenas un 3%. La disminución de las reservas internaciona­les alcanzan un negativo valor de US$688.6 millones de dó­lares, y el déficit público pasó de un promedio de 0.15% en el período 1970-1978 a un 5.9% del 1978 a 1983. El nivel de desempleo ha alcanzado un 27.2%. La tasa de crecimiento económico desciende a un 3% y, sobre la economía domíni­cana gravitan males mayores como la caída del incremento del gasto público y la duplicación de los gastos corrientes y-gravísima- la triplicación de la deuda externa. A todo esto hay que agregar el sensible aumento de la tasa cam­biaria de 120% al pasar de 1.4 a 3.1 en 1985. Por si fuera poco la inflación alcanzó un 37.5%, hay una severa crisis económica por el aumento de los precios del petróleo y la contracción de las exportaciones agrícolas y el país está a la orden de los dictados de organismos crediticios interna­cionales. Retorna el dinamismo de los mercados por la re­cuperación de las exportaciones, la promoción de las zonas francas industriales, el desarrollo del turismo y el reinicio de su amplio programa de obras públicas.
En ese contexto, y vistas esas realidades hay que adop­tar urgente un programa tendente a la recuperación de la economía nacional y a alcanzar la desesperación de las ma­yorías. Hay que restituir la confianza perdida y para ello el doctor Balaguer vuelve con nuevos proyectos en carpeta y algunos nuevos colaboradores. Muchos no tienen ninguna experiencia, hombres y mujeres, pero son designados en po­siciones importantes.
Hay que reiniciar otro proceso de reconstrucción. Vuel­ve la política de desarrollo económico basada, otra vez, en la industria de la construcción y eliminar algunas penalizacio­nes a la agropecuaria que seguía con el problema de siem­pre: falta de financiamiento, de inyección de recursos frescos a tasas bajas y preferenciales, pero, como los ingresos del Estado por concepto de ITBIS y recaudaciones aduanales han sido muy buenas durante el primer semestre del año 1987, el grueso del gasto público, fuera de las cargas fijas, es destinado a la industria de la construcción que va recobran­do sus antiguos bríos.
La herencia del nuevo gobernante se traduce en una macroeconomía que hay que impulsar. La población domi­nicana anda por los 9 millones de habitantes, el promedio de vida supera los 70 años. No obstante, las realizaciones del doctor Balaguer hay déficit de aulas, de maestros y, el peor, deficiencia en la formación docente. Muy precaria es la aten­ción en los hospitales públicos y extremadamente alta en los centros privados.
Se puede afirmar que los noventas constituyeron un pe­ríodo de despegue de la economía dominicana con relación a la inestabilidad, los ajustes y las crisis de los ochenta. Según fuentes del Banco Central y de la Oficina Nacional de Estadísticas, en 1992 el crecimiento promedio se ha situado por encima del 5%. Pero los economistas y analistas insisten en que ese crecimiento sostenido no ha sido la única caracte­rística positiva de ese período; también hay que mencionar otros elementos positivos como la estabilidad macroeconó­mica traducida en una inflación promedio por debajo de los dos dígitos, un tipo de cambio estable en comparación con el dólar y un adecuado manejo de las finanzas públicas. Empie­za, además, un significativo crecimiento del Producto Inter­no Bruto (PIB), pese a un entorno internacional no del todo favorable. Ha crecido, entonces, en un 2.7% superando más de cinco veces el promedio de América Latina hasta alcanzar un 4.1 %, según datos de la Comisión Económica para Amé­rica Latina y el Caribe (CEPAL).
En su Resumen de comportamiento de la economía do­minicana el Banco Central indica que:
Para el período 1922-1995 se crearon unos 64,703 empleos pero la economía dominicana creció en un 5.1%.
Señala también que los sectores que experimentaron ma­yor crecimiento fueron el turismo, las comunicaciones y la construcción. Respecto a la tasa de desempleo, la misma se redujo de un 20.3% a un 15.8% en el período 1992-1995 y del 16.6% al 14.7% en el siguiente bienio. En resumen, el infor­me del Banco Central afirma que en el período 92-95 el creci­miento promedio del Producto Interno Bruto del 6% redujo la tasa de desempleo en 5.3%. Todo esto hizo que en los años siguientes la tasa de crecimiento del PBI fuera de un 8.3%, la que oficialmente fue calificada como una de las más altas del mundo. En esos mismos años los sectores de mayor creci­miento fueron la construcción con un 18.2%, comunicaciones con un 15.6%, hoteles, bares y restaurantes un 10.3% y comer­cio con 9.1 %. En los noventa el sector turismo experimentó un crecimiento de 10.6% y el sector construcción 9.6%.
El órgano de Examen de las Políticas Comerciales de la Organización Mundial del Comercio (OMC) realizó un examen de las políticas comerciales de la República Domi­nicana los días 14 y 15 de febrero de 1996, mediante el cual se elaboró una evaluación colectiva de las políticas prácti­cas comerciales de los países miembros. Refiriéndose a los noventa, es informe arroja el siguiente diagnóstico:
El desempeño económico de la República Do­minicana ha sido sobresaliente. El producto interno bruto ha tenido un crecimiento de promedio cercano al 6%, el más alto en toda la región latinoamericana... La política económica y las reformas instrumentadas a lo largo de los noventa han coadyuvado a mante­ner la estabilidad macroeconómica. La inflación ha descendido a niveles de un dígito (excepto en 1994), el tipo de cambio se ha estabilizado y se han logra­do avances importantes en el saneamiento fiscal. En el sector externo, el creciente déficit de la balanza co­mercial de bienes ha sido contrarrestado por los su­perávit de la industria de zonas francas, el turismo y las transferencias privadas, lo que ha mantenido el equilibrio de la cuenta corriente de la balanza de pagos en niveles razonables como proporción del producto... En efecto, a lo largo de los noventa se ha consolidado un sector moderno, dinámico y competitivo, repre­sentado por actividades como el turismo, las zonas francas, las telecomunicaciones, la construcción y ciertos servicios vinculados con los anteriores... Este panorama convierte a la República Dominicana en un caso interesante para un estudio amplio y pormenori­zado dirigido a analizar los factores que subyacen en los cambios experimentados en sus patrones de creci­miento, de inserción internacional y distributivo en las últimas décadas.
El proceso de crecimiento económico y social logrado por los gobiernos del doctor Joaquín Balaguer, que siguió a los programas de estabilización, se tradujo en una alta tasa de crecimiento económico, baja inflación y reducción de la deuda externa. El sector servicios continúa siendo la fuerza impulsora del crecimiento experimentado, turismo, zonas francas, construcción, comercio y telecomunicaciones re­presentaban en ese tiempo más del 60% del PIB en los últi­mos 5 años. Se favorecía, asimismo, en contraste con todo el ambiente competitivo, la innovación y los cambios tecnoló­gícos, la industria tradicional y la producción agrícola con­tinuaron operando dentro de un sistema de fuerte inversión del Estado. Los niveles de vida del dominicano promedio ex­perimentaron una significativa mejoría, principalmente por el sólido crecimiento per cápita y del impacto positivo de las remesas de los dominicanos en el exterior. Todo esto se debe a la confianza engendrada por el doctor Balaguer en los sec­tores productivos y la consecuente estabilidad política luego de superada la crisis de los ochenta.
En una rueda de prensa difundida por radio y televisión (que fue además publicada como libro impreso) durante el primer período de gobierno (1996-2000), el doctor Leonel Fernández afirmó:
En lo económico, procuramos continuar con la profundización de las reformas estructurales que se ini­ciaron en el año de (sic) 1990. Esa es la orientación del paquete de medidas que nosotros planteamos en diciembre de 1996 (... ) A partir de los meses de agosto y septiembre de 1990 se introdujo en la República Do­minicana un cambio sustancial en la conducción de la política económica, con el Pacto de la Solidaridad Económica, que llevó a una reforma arancelaria y a la reforma del Código de Trabajo, que planteó el debate sobre la reforma de la Seguridad Social.
¿De quién sino de Balaguer son estos logros enunciados por el presidente Leonel Fernández?
Es en este período cuando, con el apoyo del Progra­ma de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUDE) se despliegan los esfuerzos contenidos en el Plan Decenal de Educación, destacando los numerosos programas de forma­ción de maestros, los proyectos PRODEP y BID, formación de bachilleres en servicio, así como los programas de post grado en Educación, dirigidos a la formación del personal técnico y directivo del Sistema Educativo Dominicano. No se puede olvidar el programa de Participación Comunitaria y el trabajo realizado directamente con las asociaciones de padres y amigos de la escuela y su incorporación al sistema educativo. La calidad del personal docente del Nivel Básico, como consecuencia del Plan Decenal, experimentó una nota­ble mejoría nunca antes vista.
Y como si todo esto fuera poco, el año 1996, en el que gobernó hasta el 16 de agosto, cuando el crédito bancario al sector privado ha crecía en 56.8%, con el surgimiento de 10 mil nuevas empresas que crearon unos 200 mil empleos, las exportaciones de bienes y servicios de la República Domini­cana superaron los 84 mil millones de pesos. Ese mismo año el crecimiento del Producto Interno Bruto alcanzó el 8.2%.
Como puede comprobarse, los logros fueron tan diver­sos como múltiples.
La personalidad alucinante de aquel gigante noroesta­no, quien con su sola mirada o su presencia hacía temblar a los militares más temerarios; quien creía en la palabra como arma de combate y en el drama que imprimía a la dicción matizada, no barajó pleitos y aceptó todos los desafíos. Fue el arquitecto de una Nación y de una bonanza que se desplo­mó pocos después. Balaguer ha sido el modelo a seguir por la mayoría de los políticos dominicanos.
Hizo de su vida una religión y una institución; gober­nó al país en tiempos difíciles y ningún otro enfrentó ja­más una oposición tan vigorosa como él. Fue un destinista
convencido de las circunstancias. Fue esto y aquello, una pasión espléndida y un muro de contención que descubrió al dominicano y a"lo dominicano" penetrando a las zonas más profundas del ser nacional. Fue un luchador perma­nente y un gladiador. Habló con su silencio y durante algu­nos años lo hizo en las tardes dominicales desde el hueco de una tumba, junto a los restos de sus deudos.


A MODO DE CONCLUSIÓN
Durante el transcurso de los prime­ros tres períodos constitucionales (1966-1978) el doctor Balaguer favoreció la inversión extranjera, sobre todo la que provenía del capital estadounidense. De esa manera, de unos 155 millones de dólares que habían invertido en el país hasta 1965 ésta pasó a 600 millones en inversiones norteamericanas en 1977 distribuidas en las finanzas, las comunicaciones, el sector azucarero, el sector minero, el turismo, las zonas francas, etc. Entre las empresas que se instalaron o que aumentaron sus inversiones en esa época están la firma canadiense-norteamericana Falconbridge, dedicada a la explotación de ferroníquel; la Rosario Do­minícana, empresa de capital norteamericano dedicada a explotar los yacimientos auríferos; la Shell, la Nestlé, Gulf and Western y Phillip Morris.
Un total de 122 millones de dólares fue erogado por los Estados Unidos entre abril de 1965 y junio de 1966, con el propósito de evitar la paralización total del país, suma que fue aumentada en 133 millones de dólares anuales en los si­guientes tres años, mientras que, según la misma fuente, de junio de 1969 a junio de 1973 la ayuda fue de uno 78 millo­nes por año. Fueron fondos facilitados mediante donaciones y préstamos a largo plazo mediante la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID). Todo sucedía mientras el gobierno garantizaba la entrada de importantes cantidades de divisas debido a la cuota azucarera asignada por los Estados Unidos y los preferenciales del dulce en el mercado internacional.
Se puede afirmar, sin temor alguno, que la inversión pú­blica estuvo mayormente dirigida a la construcción de obras públicas como puertos, carreteras, acueductos, calles, escue­las, centros culturales e instalaciones deportivas, caminos ve­cinales, presas hidroeléctricas, entre otras. Una gran parte de esta inversión estuvo concentrada en la capital y en Santiago pero se puede afirmar que no hubo ningún pueblo que no fue­ra beneficiado con el programa de obras públicas. Este flujo de inversiones y ayudas contribuyó, de manera determinante, para dinamizar la economía nacional e hizo posible que en esos años el país obtuviera tasas de crecimiento macroeconó­mico que figuran entre las más altas de América Latina.
En buen remate se puede afirmar que hubo una coyun­tura favorable en los precios internacionales del azúcar, el auge del turismo, las inversiones privadas y los programas de obras públicas, junto al genio político de Balaguer, pro­dujeron en estos años una fase de expansión económica y la primera clase media sólida en la sociedad dominicana.
El 20 de febrero de 1996 (ante de la primera vuelta de las elecciones de ese año) el entonces candidato presidencial Leonel Fernández acudió a un desayuno organizado por la Asociación de Jóvenes Empresarios (ANJE) y concluyó en lo siguiente:
Un gobierno nuestro (del PLD), el sector de la construcción será privilegiado como elemento de reac­tivación económica y de evasión de empleos (... ). Es preciso afirmar que también seguiremos construyendo aquellas obras necesarias para la equidad social a que aspiramos todos los dominicanos. Nos referimos a es­cuelas, clínicas rurales, hospitales, acueductos rurales, caminos vecinales y avenidas, presas y canales de riego, instalaciones deportivas y culturales... en fin, obras de infraestructura elegidas atendiendo a un equilibrado programa de desarrollo.
A las claras está que el programa de gobierno esbozado por el entonces aspirante a la jefatura del Estado constituye un indudable reconocimiento a la obra que el doctor Joa­quín Balaguer había venido desarrollando a lo largo de los períodos presidenciales que agotó. Pero no basta, más ade­lante Fernández Reyna subrayaba:
Un proverbio francés muy conocido reza: Cuando trabaja el albañil labora toda la naci5n. Cuando trabaja el albañil se mueve no solamente la pierda y la arga­masa, s;no también toda la economía del país. (... ) El secíor construc,~ión durante el período 1974-1994 fue uno de los más dinámicos de la economía. Mientras el Producto Interno Bruto a precio constante del 1970, se duplicó, pasando de 2,166 millones de pesos en 1974, a 4,258 millones en 1994, el de la construcción casi se duplicó elevándose de 141 millones en el 1974 a 414 mi­llones en 1994. Otro dato que explica el dinamismo de este sector es el incremento de participación en el PIB, pasanao de un 6.5% en 1974 al 9.5% en el 1994. (...) Este comportamiento se explica fundamentalmente por la inversión pública en carreteras, viviendas, presas y obras monumentales como el Faro a Colón, en 1992, así como en la construcción de zonas francas.
Hay en todos los conceptos del entonces aspirante pre­sidencial del partido morado y la estrella amarilla todo un reconocimiento a la obra del doctor Joaquín Balaguer con clarísimos elementos de juicio.
La sociedad dominicana avanza o retrocede en la medi­da en que sus principales actores comprendan sus necesida­des y en esa medida aumentan o disminuyen las desigualda­des sociales.
Hace ya cuatro años que el doctor Balaguer no está en el mundo de los vivos, pero su legado es imperecedero, y la fuerza lírica y conceptual con las que se expresó, junto a su monumental obra material, sigue gravitando entre nosotros y es un inevitable punto de referencia.
La política, las humanidades y el poder fueron su pa­sión; ningún dominicano ha aportado tanto como él a nues­tro desarrollo y a la democracia. En su dilatado ejercicio del poder abrió un país cuando fue necesario e insufló confianza en todos los sectores; creó una vigorosa clase media y con­servó la fuerza de la moneda nacional. Era enemigo de los préstamos y las francachelas, y sembró millares de obras públicas en todo el territorio nacional: viviendas y centros deportivos, bibliotecas y museos, hospitales y policlínicas, caminos vecinales y carreteras, iglesias y acueductos, presas y áreas verdes, sistemas de regadío y oficinas públicas, etc. La obra de este dominicano excepcional está a la vista de todos en el alba de este siglo, que creyó en la utopía como médula de la realidad. Pero ya las utopías han muerto y algu­nos héroes no resisten el análisis de la historia.
"La muerte mide con sus pies iguales / las cenizas de todos los mortales", dijo él mismo. Sin embargo, es el único cadáver que tiene guardaespaldas.


OBRAS CONSULTADAS
JoAQUíN BALAGUER: Memorias de un cortesano de la "Era de
Trujillo", Editora Corripio, 2002.
La palabra encadenada, Editora Corripio, Santo Domingo, 1998.
Yo y mis condiscípulos, Editora Corripio, Santo Domingo, 1996.
La isla al revés, Haití y el destino dominica­no, Editora Corripio, Santo Domingo, 2002.
R. A. FONT-BERNARD: Crónicas elementales, Editorial Letra
Gráfica, Santo Domino, 2000.
FRANK MOYA PONS: Manual de Historia Dominicana, Univer­sidad Católica Madre y Maestra, Santiago, República Dominicana, 1977.
AMAURY JUSTO DUARTE: Filosofía de la crisis y el salto tecnológi­co, La sociedad dominicana y su futuro, Editora Búho, Santo Domingo, 2003.
FRACOIS-RENÉ DE CHATEAUBRIAND: Memorias de ultratumba, Editorial Origen, México, 1985.
OcTavio PAZ: El ogro filantrópico, Editorial Seix Barral S. A., Barcelona, 1990.
Tiempo nublado, Editorial Seix Barral, S.A., Barcelona, 1990.
El laberinto de la soledad. Posdata. Vuelta a El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Cconómica, México 1994.
Juarr Boscx: Crisis de la democracia de América en la Repúbli­ca Dominicana, Editora Alfa & Omega, Santo Domingo, República Dominicana, 1987.
Temas económicos,Tomo 1, Editora Alfa & Omega, Santo Domingo, 1994.
MIGUEL GUERRERO: La lucha inevitable, Amigo del Hogar, Sto. Dgo. 1996.
PEDRO HENRíQUEZ UREÑA: Ideario. Comisión Permanente de la Feria del Libro, Santo Domingo 2002.
FEDERICO HENRÍQUEZ GRATEREAUX: Un ciclón en una botella / No­tas para una teoría de la sociedad dominicana, segunda edición, Editora Alfa & Omega, Santo Domingo, 1999.
Pecho & espalda, Editora Alfa & Omega, Santo Domingo 2003.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET: La rebelión de las masas, Revista de Occidente en Alianza Editorial, Madrid 1992.
España invertebrada, Espasa-Calpe, Ma­drid 1989.
GEDEÓN SANTOS: El PLD frente a la pobreza y la globalización, Editora Impretur, Santo Domingo, 2000.
FRANCISCO Moscoso PUELLO: Cartas a Evelina, Editora Cole, Santo Domingo, 2000.
Dirección General de Información y Prensa de la Presiden­cia de la República: Diálogo con el Presidente (sin pie de imprenta).
LEONEL FERNÁNDEZ REYNA: Temas de campaña. Editora Alfa & Omega, Santo Domingo, 1996.
ANTONIO ZAGLUL: Mis 500 locos, Editora Taller, Sto. Dgo., 1975.
Apuntes, Editora Taller, Santo Domingo, 1982.